Había quedado con Daniela en la
pastelería para untarla de nata con fresas en el descanso del mediodía y
enfilaba la M-30 cuando recibí la llamada de Melani, que aún continuaba en la
oficina esperando al novio de turno para ir a comer. Un tal inspector Rojas
preguntaba por mí, quería saber si conocía a Luciano Fernandez. Me sonaba el
nombre pero no sabía de qué, tampoco Melani cayó en la cuenta. Siempre se me
dio mal hablar por teléfono al volante.
—Pregúntale de qué se trata —le pedí a
Melani.
Y casi al instante supe por qué me sonaba
el nombre. Luciano Fernandez era Willy. Escuché un golpe seco al otro lado del
teléfono y al poco el llanto de Melani tras escuchar la noticia por boca del
inspector. Fue el propio inspector el que recogió el teléfono del suelo y me
comunicó que habían encontrado a Willy muerto, con dos balazos entre pecho y
espalda. Sin documentación, pero con una tarjeta de la agencia en el bolsillo
de su camisa.
—Tardo quince minutos —fue mi respuesta.
Daniela tendría que esperar. La expliqué lo
que ocurría mientras daba la vuelta, no fuera a sentirse abandonada y en
despecho se buscara a otro maromo para que la untara. A ella también le caía
bien Willy, le afectó la noticia. Quedé en llamarla en cuanto supiera lo
ocurrido.
Mientras regresaba a la oficina rememoré la
historia de Willy. Le había conocido en la fundación padre Carralta, con la que
colaboraba de vez en cuando encontrándole ovejas descarriadas. Conocía al padre
Carralta de su época en Palomeras y siempre había admirado su tesón y empuje en
la lucha por los desfavorecidos. Willy tenía encima un largo historial de
trapicheos con drogas y vacaciones en la penitenciaria, y un aviso de los
médicos para que cambiara de hábitos si no quería terminar como una pelota de
golf. Dos años bajo la tutela del padre Javier habían sido mano de santo, y
nunca mejor dicho, pero unos colegas de los viejos tiempos lo habían “secuestrado”
pretendiendo usar su red de contactos para pasar pastillas. Carralta me llamó
para que lo encontrara antes de que el asunto pasara a mayores, si reincidía en
prisión esta vez sería para largo. Y como devolverle ovejas al redil era mi
manera de colaborar con su causa me puse manos a la obra. Lo encontré tres días
después y con la ayuda de una identificación falsa de policía convencí a los
camellos para que lo dejasen en paz y se olvidaran de él. Había aguantado como
un jabato sin consumir y decidí que bien se merecía una oportunidad. El padre
Carralta estuvo de acuerdo en que era una forma de progresar como otra
cualquiera. Nada importante puesto que carecía de título, para que echara un
vistazo cuando tenía que ausentarme por un seguimiento o conducir el coche
mientras yo hacía las fotos. Le hice un contrato como chófer para darle visos
de legalidad. Willy había tocado fondo y agradeció la oportunidad, aunque no
terminaba de borrársele del rostro la expresión de perro apaleado. Le habíamos
tomado cariño y ahora estaba muerto.
El inspector Rojas empezaba a perder la
paciencia cuando llegué al despacho. Le expliqué la relación profesional que me
unía a Willy y trató de abrumarme con suposiciones. Que si podía perder la
licencia en caso de intrusismo profesional, que cuales eran los casos que me
ocupaban y, por supuesto, que ni se me ocurriera meter las narices en el
asunto. Dejé que se desahogara mientras imprimía los expedientes de los casos
en curso que atendía el despacho. Como quien no quiere la cosa le solté la
pregunta fundamental.
—¿Dónde lo han encontrado?
Rojas me clavó su acerada mirada zarca.
—En Vallecas, junto al muelle de carga del
mercado de la calle San Claudio. ¿Alguno de sus casos tiene que ver con esa
zona?
Suspiré aliviado, metafóricamente. Yo le
había dejado vigilando un chalecito por Fuente del Berro, nada que ver. ¿Había
vuelto a las andadas? No, estaba dispuesto a poner la mano en el fuego por él.
Pero que lo creyera el inspector me interesaba.
—Puede examinar mis expedientes, no tengo
ni idea de que podía hacer allí. Willy tenía antecedentes, no sé si ya lo habrá
averiguado. Lo conocí en la fundación del padre Carralta y lo contraté como
chófer, todos merecemos volver a empezar si nos descarriamos. ¿No habrán encontrado
las llaves del Saxo entre sus pertenencias?
— ¿Iba en coche? —espetó Rojas.
Así que no tenía ni idea. Que creyera que
colaboraba.
—Sí, en un Saxo de la empresa —di por
supuesto que no habían encontrado las llaves—. No recuerdo la matrícula, pero
ahora se la da Melani.
¿Por qué le habían quitado todo lo que
llevaba encima y solo le habían dejado la tarjeta de la agencia? ¿Un despiste,
o un aviso dirigido a mí para que no metiera las narices?
—Lo buscaremos —dijo Rojas—. Quizás tenga
huellas. Y si consumía puede que encontremos evidencias. Debería tener más
cuidado a la hora de contratar personal.
Ya sin agresividad. Reculaba, pero
seguramente fuera una pose para ganarse mi confianza. Jugábamos al gato y al
ratón pero los dos queríamos ser gato.
—La autopsia y el laboratorio despejarán
las incógnitas —la memoria de Willy merecía defensa, pero aún no era el
momento—. Colaboraré en todo lo que haga falta. Si quiere puedo acompañarle a
la escena para ver si está allí el coche. Y luego podemos pasarnos por
comisaria para firmar mi declaración, supongo que será necesaria. Cualquier
dato que necesiten sobre Willy y que esté en nuestros archivos pueden pedirlo.
Somos colegas, después de todo.
Esbozó una sonrisa a medio camino entre el
desprecio y la superioridad.
—Del gremio, claro —concedió socarrón—.
Pero deje la investigación en manos de la policía, ya sabe como va esto. Y no
hace falta que me acompañe, ya le avisaremos cuando puede pasarse para recoger
el vehículo, si es que lo encontramos. Para la declaración puede pasarse mañana
a las diez de la mañana por la comisaría de Vallecas y pregunta por mí —me
tendió su tarjeta—. Otra cosa más, este localizable, por si le necesitamos.
Finalmente pude quitármelo de encima. Eran las
cuatro de la tarde y aún no había probado bocado, tomar un whisky no era la
mejor de las ideas. Pero Willy bien merecía una copa. Consolé las lágrimas de
Melani y la envié a comer, que me trajera de paso un bocadillo de calamares y
un montado de entresijos para echarle grasa al bourbon. Luego me serví cuatro
dedos de Jim Beam, tomé el expediente de Blas Ortega y me senté en la mesa de
mi despacho. Llamé a Daniela y le expliqué por encima lo que había ocurrido. No
sabía si podría verla a última hora de la tarde, que la llamaría. A
continuación traté de poner en orden mis ideas.
Aunque no podía descartarse la posibilidad
de que la muerte de Willy tuviera que ver con su pasado era improbable y decidí
dejar esa línea de investigación para cuando hubiese descartado el resto. No
era una conducta profesional, lo sé, pero habían sido muchas las horas pasadas
con él en el coche y estaba convencido que permanecía limpio. Claro que eso lo
diría la autopsia y cuando Rojas lo supiera también él volvería la cabeza hacia
los expedientes de la agencia, no disponía de mucho tiempo. Blas Ortega era un
empresario dedicado a las máquinas tragaperras que sospechaba de su mujer, la
bella Laura, tal que así la llamaba, y nos había encargado un seguimiento para
comprobar si le era o no infiel. Un caso bastante simple que entraba dentro de
mis competencias.
El chalet de Fuente del Berro que Willy
vigilaba era propiedad del matrimonio Ortega, pero llevaba un par de años
vacío, desde que la madre de Blas, que lo ocupaba, falleció. La bella Laura
aparecía por allí cada cuatro o cinco días, abría las ventanas para airear la
casa, regaba las plantas y permanecía en el interior por espacio de una hora y
media o dos. Como era prácticamente el único lugar que visitaba ella sola, sin
la compañía de la cuñada o de la criada, barajé la posibilidad de que el amante
estuviera esperándola dentro y que se marchara después que ella. Por eso
encargué a Willy que controlara el acceso a la vivienda, pero hasta el momento
no habíamos obtenido resultados. En realidad estaba dejando pasar los días para
cargar un poco más la factura, convencido de que Blas Ortega me iba a poner
mala cara a la hora de pagar, cuando le confirmara que la bella Laura no se
veía con ningún amante. Él estaba convencido de que su esposa le ponía los
cuernos.
Y puede que al final llevara razón, porque
algo había ocurrido durante la vigilancia. Existía la posibilidad de que Willy
se hubiera topado con alguien de su pasado que se la tuviera jurada, pero era
improbable, de tener cuentas pendientes me lo hubiera comentado. Lo que fuera
tenía que ver con la bella Laura o con el chalet, sin duda. Me planteé la
posibilidad de pedirle ayuda al Jefe. El viejo avaro estaba seguro que ni
descuento me haría, pero iba a necesitar la colaboración de varios detectives
para abarcar los tentáculos del caso. Eso si aceptaba, que en cuanto se oliese
que investigaba un asesinato iba a negarse.
Melani abrió la puerta y se acercó hasta la
mesa, sin los bocadillos.
—Aquí hay un señor que pregunta por ti —y
acercándose, en tono más confidencial—, pero tiene una pinta un poco rara, ya
me entiendes —y me guiñó un ojo para apoyar su aseveración.
—Pues pregúntale que quiere —no estaba yo
de humor—. ¿Y los bocadillos?
Melani puso esa carita que tanto le gusta
para dar a entender que sabe en ese momento más que yo al respecto, los ojos
muy abiertos y el mohín de la nariz.
—Dice que viene de parte de Willy.
Sí que consiguió dejarme de piedra.
—Hazle pasar y cierra la puerta La de la
agencia también, si llega algún poli no quiero que lo encuentren.
—Vale, y mientras bajo a por los
bocadillos. Me subiré otro para mí.
Lo hizo pasar. Debía tener la edad de
Willy, en torno a los cuarenta. Tenía la piel del rostro apergaminada, muy
morena. Era adicto o lo había sido. Se escuchó el ruido de la puerta de la
calle al cerrase.
— ¿Dices que vienes de parte de Willy?
— ¿Sabe que le han matado? —me preguntó a
su vez.
—Acaba de irse la policía. ¿Cuándo le
viste?
—Poco antes de morir. ¿Es usted Darío Peña?
—Sí.
— ¿Puede enseñarme el carnet? Willy me dijo
que lo comprobara.
Vaya con el bueno de Willy, había pensado
en todo menos en su seguridad. Se lo enseñé.
—Vale —dijo después de comprobar que
coincidían nombre y fotografía. Sacó un pendrive del bolsillo derecho de sus
vaqueros y lo colocó sobre la mesa—. Dudo que lo que haya ahí valga la vida de
Willy.
—Desde luego que no —corroboré—. La verdad
es que no tengo ni idea de que ha podido ocurrir. ¿Y dices que fue a verte para
darte esto?
—El pendrive es mio. Descargó las fotos
desde su móvil a uno de los ordenadores del ciber y luego yo lo pasé al
pendrive. Se marchó enseguida, decía que le estaban siguiendo.
—Pues espera que lo pase al portátil y te
lo devuelvo —enganché el pendrive— ¿Quieres tomar algo? —dije señalando la
botella de Jim Beam.
—No gracias, hace tiempo que me quité de
todo lo fuerte. El único vicio que me queda es el tabaco.
—Pues fuma, por mí no te cortes. ¿Eras
amigo de Willy?
Encendió un Malboro.
—Colegas de hace mucho tiempo. Yo lo dejé y
perdimos el contacto. Volvió a verme cuando comenzó a trabajar aquí —inhalo una
larga bocanada y me miró a los ojos—. En una ocasión se comió un marrón de los
dos sin abrir la boca, estaba en deuda con él —y aproximando el cuerpo hacia
adelante bajó el tono de voz—. Ya no puedo pagarle de ninguna manera y no se
quien se lo habrá cargado, pero si necesita mi ayuda solo tiene que pedirla.
Conozco gente.
Me pareció sincero. El pendrive contenía
fotografías de un tipo entrando y saliendo de un chalecito parecido al de los
Ortega.
—Quizás te la pida, cuando sepa de que va
todo. A este no lo conozco ¿Y tú? —giré el portátil para que lo viera.
—Ni idea. Pero tiene pinta de madero.
— ¡Joder! Solo faltaba eso.
Examiné las imágenes con más detenimiento.
No se pueden sacar conclusiones por unas fotografías de una persona, pero
retuve el dato, los que han permanecido al otro lado de la ley tienen un sexto
sentido para detectar a la bofia.
—Por si acaso será mejor que te vayas, no
les vaya a dar por vigilar la agencia —le tendí mi tarjeta—. Apunta ahí tu
dirección y tu número de teléfono. Te llamaré si te necesito.
Nos despedimos y después que se hubo marchado
volví a pasar las fotografías. En una de ellas se podía ver el chalet contiguo,
era el de los Ortega. ¡Jodido Willy! Había sumado dos y dos. Así es como la
bella Laura se encontraba con su amante. ¿Pero era una infidelidad motivo
suficiente para matar a una persona? Me pareció absurdo. Y sí, perfectamente
podía ser un policía. Solo faltaba saber que pintaba allí, si era una cuestión
de faldas o de trabajo. ¿Me estaba metiendo en otro nido de serpientes?
Melani llegó con los bocadillos y me puse a
la faena. Luego anoté las horas en que habían sido hechas las fotografías para
ver si coincidían con las visitas de la bella Laura y las pasé a un pendrive
mio, borrando las que había introducido en el portátil. A la escena del crimen
no podía acercarme, pero si que podía hacer averiguaciones sobre el chalet del
que entraba y salía el tipo fotografiado.
En el registro encontré el nombre de la
propietaria y a continuación busqué su teléfono. Llamé y me contesto la criada,
que esperase un momento a ver si se podía poner la señora. Al rato se pudo una
anciana al teléfono. Le conté que era del ayuntamiento y que estábamos
inspeccionando las instalaciones de gas, que cuando podía visitar la vivienda.
—Pues no sé si podrá —contestó—. Hay unos
policías en la casa y me han dicho que no aparezca por allí. ¿Quiere que le de
su teléfono y los llama?
Le dije que bueno. Anoté el número y me
despedí dándole las gracias. En la calle no encontré ninguna cabina telefónica,
así que busque un bar con teléfono y llamé mientras tomaba un café. Me
contestaron desde las oficinas de la Unidad de Delitos Económicos y Fiscales.
Colgué y recordé a mi viejo amigo el inspector Muñoz-Seca, ascendido a
Inspector jefe con la llegada del nuevo gobierno. Un ascenso que en parte me
debía a mí. ¿Pero qué pintaba la UDEF en todo el asunto? Una forma de
averiguarlo era llamando a Muñoz-Seca, pero eran las siete de la tarde y dudaba
que estuviera en la oficina. Mejor dejarlo para el día siguiente, lo que
realmente me apetecía en aquellos momentos era abrazarme a Daniela, una
zambullida en su piel siempre me despejaba las ideas. Sonó el móvil, el número
de la oficina, supuse que Melani para decirme que se marchaba ya. Pero no.
—Aquí hay una señora que desea verte. Es
Laura Restrepo, señora de Ortega.
La bella Laura. Que interesante.
—Dile que voy para allí —no le dije que se
fuera a casa porque sabía que no lo haría hasta que llegara a la oficina. Le
añadiría un extra a final de mes.
Siempre había contemplado a la bella Laura
desde la distancia, y las fotos que nos entregó Blas Ortega para que la
reconociéramos no le hacían en absoluto justicia. Iba empaquetada en un vestido
rojo de seda con tirantes que bajaba hasta la mitad de unos muslos tentadores y
ceñía sus curvas epicúreas despertando el deseo, como un regalo esperando a que
alguien lo abriera. Nos dimos la mano y la invité a pasar a mi despacho. Melani
se despidió con gesto de su mano que vi de refilón, atento al culo de la rubia.
Tomó asiento en el sillón de los afligidos, como si estuviera en su casa. El
vestido se deslizó hasta arriba de sus piernas. No llevaba medias, no las
necesitaba. Me senté frente a ella.
— ¿En qué puedo ayudarte?
Unos ojos negros enmarcados por un
maquillaje apenas perceptible me contemplaron, inquisitivos. Tenía la nariz
recta y los labios pintados en rojo pasión, a juego con el vestido y los
zapatos de tacón alto. El rubio de su media melena ondulada era teñido.
—Sé que te ha contratado Blas —espetó, sin
más.
—Entonces comprenderás que esta
conversación puede llevarme a un conflicto de intereses —convenía aclarar las
cosas, su marido era mi cliente.
—Solo quiero que me escuches, no te
compromete a nada.
— ¿Quieres tomar algo? —goloseando los
perfiles de su piel había olvidado las reglas de la cortesía.
— ¿Qué tienes?
—Bourbon con agua, bourbon solo, bourbon
con hielo.
—Solo.
Era brava. Me levanté para preparar dos
copas.
— ¿Te importa que fume? —preguntó.
—Tanto como quieras —el líquido ambarino
irrumpió en el fondo del vaso.
De un pequeño bolso acharolado que aferraba
su mano izquierda, inevitablemente rojo, tomó un paquete de Camel y con
parsimonia prendió un cigarrillo. Exhaló la primera bocanada cuando llegué con
el whisky. Voluptuosa y seductora, había algo en ella que me recordaba a
Daniela.
—Gracias —dijo aceptando el vaso—. Bastante
antes de conocer Blas pasé una mala
racha, debía dinero. Durante unos meses ejercí la prostitución.
Observó mi reacción. Ignoro que conclusión
sacaría porque lo cierto es que pensé en Daniela y en sus semejanzas como un
acto reflejo. Esperé a que continuara.
—De lujo —especificó, como si aquel cuerpo
delicioso no mereciera otro tratamiento—. Tuve un problema con un cliente,
sufrió un amago de infarto y tuve que llamar a una ambulancia. Él se recuperó y
a mí me fichó la policía.
—El encargo de tu marido no está
relacionado con tu pasado —dije.
—Lo sé. Si Blas hubiera sido de otra manera
no se lo habría ocultado, pero es celoso, más parecido a un macho ibérico que a
un hombre sensato. No es como tú —intentó atraparme en la intensidad de su
mirada, pero el fuego de sus ojos carecía de calidez.
—No importa como yo sea —subrayé—.
Continúa.
—Hace unos meses me paró un policía por la
calle, quería hablar conmigo. Pasamos a una cafetería y nos sentamos, sabía que
nada bueno podía salir de aquella conversación. Creí que iba a pedirme dinero o
favores sexuales, pero me equivoqué. Andaban tras Blas por un asunto de
blanqueo de dinero y necesitaban mi ayuda. Intenté zafarme, pero sacó a relucir
mi pasado y amenazó con contárselo a Blas si no cooperaba.
Bien, ya sabía que pintaba la gente de
Muñoz-Seca en aquella historia. No me sorprendió lo de Blas, el negocio de las
tragaperras y el dinero negro siempre hicieron buenas migas.
—Ahora mismo no me interesa mucho ni tu
pasado ni el encargo de tu marido. Ha muerto un empleado mio y quiero saber
quien lo mató.
Echó el cuerpo hacia adelante y golpeó el
cigarrillo contra el cenicero de cristal para desprender la ceniza. Su generoso
escote se amplió mostrando el encaje de un sujetador negro que enfundaba unos
senos turbadores.
—De eso quería hablarte —precisó.
Bebí un trago de Jim Beam, dándome tiempo a
calibrar la situación. Para nada quería precipitarme.
— ¿Sabes quién lo hizo? —la pregunta fue
inevitable.
—Sé lo que ocurrió, aunque no presencié su
muerte.
—Cuenta.
—Ya sabes que mis visitas al chalet tienen
que ver con la policía. Ellos alquilaron el chalet de al lado a la propietaria
y allí me esperaba Julio, el policía que me abordó en la calle. Nos
comunicábamos por el jardín trasero y yo le informaba de cuando iba a
producirse la próxima entrega de maletines.
No quería saber nada de maletines sino
estaban relacionados con la muerte de Willy.
— ¿Y qué pasó esta mañana?
—Quedé con Julio como otras veces, la cita
siguiente se concreta en cada encuentro, no quiere comunicación telefónica.
Tampoco se necesitaban dos horas para pasar
la información. Supuse que el tal julio mezclaba placer y trabajo y de paso que
le sacaba la información se la beneficiaba. La bella Laura era toda una
tentación.
—Después de comunicarle la próxima entrega
adecentaba el chalet, para justificar mis visitas y por si a Blas se le ocurría
aparecer por allí —dijo como si adivinara mis pensamientos—. Julio debía
esperar a que yo me fuera para irse, sabía que me vigilabais. Pero esta mañana
olvidé unas compras de lencería y regresé al chalet.
“O te olvidaste las bragas”. Era una burda
suposición, pero seguía cabreado, Willy no merecía morir.
—Sigue —dije.
—En esos momentos salía Julio del chalet y
sorprendí a tu empleado sacando fotografías. Tuve que decírselo, no sabía lo
que iba a ocurrir. Julio se había despistado y creyó que ya no habría nadie
vigilando. Al fijarse en él dijo que le
conocía, de cuando estuvo destinado en otra brigada, y que necesitaba recuperar
las fotos para que la operación no se fuera al traste. Se fue tras él en el
coche y quedó en llamarme a un móvil que me entregó.
— ¿Qué dijo cuando te llamó?
—Que había sido un accidente, pensó que iba
a sacar un arma y disparó. Pero era el móvil lo que iba a sacar. Que había
borrado las huellas y tirado el arma, y que mantuviese la boca cerrada.
Y le había dejado desangrarse sin avisar a
una ambulancia. Mal asunto empapelar a un poli, con los antecedentes de Willy
Muñoz-Seca no lo iba a permitir. Aunque eso estaba por ver, no si yo podía
hacer valer mis recursos. El del 607 aún me debía un favor.
— ¿Y por qué has venido a contármelo?
Puso su mano derecha sobre mi pierna.
—Quiero salir de todo este embrollo.
Sabiendo a lo que se dedica Blas no sé cuál puede ser su reacción, tengo miedo.
Querías saber quién lo mató y ya lo sabes. Ayúdame.
—No creo que pueda. Si consigo sacar el
homicidio de Willy a la palestra te verás implicada.
Se echó hacia atrás y cruzó las piernas en
un movimiento que se me antojó lento y calculado. Relumbre fugaz de sexo
depilado y exhibición de piernas. Quizás no fuera tan descabellada la idea de
las braguitas olvidadas y que con las prisas siguieran en el chalet, acaso en
su bolso. Sus piernas atrapaban.
—Lo sé —dijo—. Pero cuando eso ocurra Blas
ya estará entre rejas, intervendrán después de la siguiente remesa. ¿Te has
enterado de lo de los chinos? ¿La operación emperador?
—Algo he leído.
—Pues el que se lleva los maletines es un
chino. No ese que han detenido, pero están relacionados. Lo único que te pido
es que no informes a Blas de nada. Cobra antes de que le detengan y déjalo
estar.
No difería mucho de lo que pensaba hacer a
primera hora de la mañana, antes de que mataran a Willy, pero las
circunstancias eran otras. La posible infidelidad de la bella Laura con el
policía estaba por confirmar, solo eran suposiciones mías. No pensaba estafar a
mi cliente, fuera o no delincuente, pero mientras descubría la verdad nada me
costaba conformarla. Siempre es bueno que confíen en uno.
—Que yo sepa no ha existido infidelidad. Lo
del blanqueo es otro asunto y no me concierne, no tengo de qué informar a tu
marido —consulté mi reloj, eran las nueve— Y ahora será mejor que nos vayamos,
no vaya a ser que llame Blas preguntando por tu paradero —me levanté del
sillón—. ¿Aún tienes el móvil que te dio Julio?
—En la gabardina —dijo mientras se ponía en
pie. Luego se acercó a mí y me besó en los
labios—. Gracias por ayudarme—. Su boca siguió allí, esperando mientras su mano
acarició mi entrepierna—. Blas viajó a Sevilla por unas licencias, no tengo
prisa —susurró.
Me dejé besar, lo hacía endiabladamente
bien, pero me retiré cuando sus dedos empezaron a bajar mi bragueta. La calidez
seguía ausente de su mirada.
—Mejor no mezclar placer con trabajo —me
excusé—. Esperemos a que todo acabe.
Parecía una promesa, no quería disgustarla.
Un velo de preocupación ensombreció su visión por breves instantes, para volver
después a reverberar con el brillo del deseo. Acarició mi mejilla.
—Me gustas. Mucho —recalcó antes de
abandonar el despacho. En el recibidor me entregó el móvil y desde la puerta de
la calle se despidió con una sonrisa cuajada de indicios.
Sí, se parecía a Daniela en su huida de la
miseria y en la lujuria que impregnaba su piel, pero hasta ahí llegaban las
semejanzas. Laura era ardiente, pero no cálida. Regresé a mi despacho y enfundé
mis manos con guantes de látex. En una bolsa de pruebas guardé la colilla de
Camel y en otra el vaso donde había bebido. No tenía motivos para creer que
mintiera, pero no estaba de más retener su ADN y sus huellas.
Antes de acabar la jornada decidí pasarme
por el chalet y echar un vistazo. Tenía la llave, Blas me la había entregado,
pero hasta entonces no tuve motivo para entrar. Fui directamente a la
habitación, a examinar las sábanas. Y allí estaban, las manchas de semen tal
como yo sospechaba. Además de información intercambiaban fluidos. Para mi
sorpresa también encontré unas braguitas de encaje negro, a juego con el
sujetador de la bella Laura. Esto era lo que había regresado a buscar cuando se
topo con Willy haciendo las fotos. Entonces, ¿por qué se había marchado sin
ellas?
Cuando llegué a casa de Daniela la encontré
adormecida sobre el sofá. Pero espabiló al contacto de mis labios y me llevó
hasta la cocina para preparar unas copas. Llevaba un camisón corto de satén
negro, sin nada debajo. No pude contenerme, deslicé mi mano entre sus piernas
mientras besaba su nuca. Empapé mis dedos en su deseo y doblando su cuerpo
hacia adelante la penetré desde atrás, con urgencia. Necesitaba sentir su
interior.
Al terminar se volvió hacia mí y clavó sus vetas verdes, el
lado felino de su mirada, en mis ojos.
—Ya conociste a la zorra —leyéndome como un
libro abierto.
Tremenda, Daniela. Aquella noche puso
especial empeño en borrar cualquier vestigio de los efluvios de la bella Laura.
Y vaya si lo consiguió, y encima sin untarme de nata con fresas.
