viernes, 28 de diciembre de 2012

La mujer de rojo ( 1 de 4)



Había quedado con Daniela en la pastelería para untarla de nata con fresas en el descanso del mediodía y enfilaba la M-30 cuando recibí la llamada de Melani, que aún continuaba en la oficina esperando al novio de turno para ir a comer. Un tal inspector Rojas preguntaba por mí, quería saber si conocía a Luciano Fernandez. Me sonaba el nombre pero no sabía de qué, tampoco Melani cayó en la cuenta. Siempre se me dio mal hablar por teléfono al volante.
    —Pregúntale de qué se trata —le pedí a Melani.
    Y casi al instante supe por qué me sonaba el nombre. Luciano Fernandez era Willy. Escuché un golpe seco al otro lado del teléfono y al poco el llanto de Melani tras escuchar la noticia por boca del inspector. Fue el propio inspector el que recogió el teléfono del suelo y me comunicó que habían encontrado a Willy muerto, con dos balazos entre pecho y espalda. Sin documentación, pero con una tarjeta de la agencia en el bolsillo de su camisa.
    —Tardo quince minutos —fue mi respuesta.
    Daniela tendría que esperar. La expliqué lo que ocurría mientras daba la vuelta, no fuera a sentirse abandonada y en despecho se buscara a otro maromo para que la untara. A ella también le caía bien Willy, le afectó la noticia. Quedé en llamarla en cuanto supiera lo ocurrido.
    Mientras regresaba a la oficina rememoré la historia de Willy. Le había conocido en la fundación padre Carralta, con la que colaboraba de vez en cuando encontrándole ovejas descarriadas. Conocía al padre Carralta de su época en Palomeras y siempre había admirado su tesón y empuje en la lucha por los desfavorecidos. Willy tenía encima un largo historial de trapicheos con drogas y vacaciones en la penitenciaria, y un aviso de los médicos para que cambiara de hábitos si no quería terminar como una pelota de golf. Dos años bajo la tutela del padre Javier habían sido mano de santo, y nunca mejor dicho, pero unos colegas de los viejos tiempos lo habían “secuestrado” pretendiendo usar su red de contactos para pasar pastillas. Carralta me llamó para que lo encontrara antes de que el asunto pasara a mayores, si reincidía en prisión esta vez sería para largo. Y como devolverle ovejas al redil era mi manera de colaborar con su causa me puse manos a la obra. Lo encontré tres días después y con la ayuda de una identificación falsa de policía convencí a los camellos para que lo dejasen en paz y se olvidaran de él. Había aguantado como un jabato sin consumir y decidí que bien se merecía una oportunidad. El padre Carralta estuvo de acuerdo en que era una forma de progresar como otra cualquiera. Nada importante puesto que carecía de título, para que echara un vistazo cuando tenía que ausentarme por un seguimiento o conducir el coche mientras yo hacía las fotos. Le hice un contrato como chófer para darle visos de legalidad. Willy había tocado fondo y agradeció la oportunidad, aunque no terminaba de borrársele del rostro la expresión de perro apaleado. Le habíamos tomado cariño y ahora estaba muerto.
    El inspector Rojas empezaba a perder la paciencia cuando llegué al despacho. Le expliqué la relación profesional que me unía a Willy y trató de abrumarme con suposiciones. Que si podía perder la licencia en caso de intrusismo profesional, que cuales eran los casos que me ocupaban y, por supuesto, que ni se me ocurriera meter las narices en el asunto. Dejé que se desahogara mientras imprimía los expedientes de los casos en curso que atendía el despacho. Como quien no quiere la cosa le solté la pregunta fundamental.
    —¿Dónde lo han encontrado?
    Rojas me clavó su acerada mirada zarca.
    —En Vallecas, junto al muelle de carga del mercado de la calle San Claudio. ¿Alguno de sus casos tiene que ver con esa zona?
    Suspiré aliviado, metafóricamente. Yo le había dejado vigilando un chalecito por Fuente del Berro, nada que ver. ¿Había vuelto a las andadas? No, estaba dispuesto a poner la mano en el fuego por él. Pero que lo creyera el inspector me interesaba.
    —Puede examinar mis expedientes, no tengo ni idea de que podía hacer allí. Willy tenía antecedentes, no sé si ya lo habrá averiguado. Lo conocí en la fundación del padre Carralta y lo contraté como chófer, todos merecemos volver a empezar si nos descarriamos. ¿No habrán encontrado las llaves del Saxo entre sus pertenencias?
    — ¿Iba en coche? —espetó Rojas.
    Así que no tenía ni idea. Que creyera que colaboraba.
    —Sí, en un Saxo de la empresa —di por supuesto que no habían encontrado las llaves—. No recuerdo la matrícula, pero ahora se la da Melani.
    ¿Por qué le habían quitado todo lo que llevaba encima y solo le habían dejado la tarjeta de la agencia? ¿Un despiste, o un aviso dirigido a mí para que no metiera las narices?
    —Lo buscaremos —dijo Rojas—. Quizás tenga huellas. Y si consumía puede que encontremos evidencias. Debería tener más cuidado a la hora de contratar personal.
    Ya sin agresividad. Reculaba, pero seguramente fuera una pose para ganarse mi confianza. Jugábamos al gato y al ratón pero los dos queríamos ser gato.
    —La autopsia y el laboratorio despejarán las incógnitas —la memoria de Willy merecía defensa, pero aún no era el momento—. Colaboraré en todo lo que haga falta. Si quiere puedo acompañarle a la escena para ver si está allí el coche. Y luego podemos pasarnos por comisaria para firmar mi declaración, supongo que será necesaria. Cualquier dato que necesiten sobre Willy y que esté en nuestros archivos pueden pedirlo. Somos colegas, después de todo.
    Esbozó una sonrisa a medio camino entre el desprecio y la superioridad.
    —Del gremio, claro —concedió socarrón—. Pero deje la investigación en manos de la policía, ya sabe como va esto. Y no hace falta que me acompañe, ya le avisaremos cuando puede pasarse para recoger el vehículo, si es que lo encontramos. Para la declaración puede pasarse mañana a las diez de la mañana por la comisaría de Vallecas y pregunta por mí —me tendió su tarjeta—. Otra cosa más, este localizable, por si le necesitamos.
    Finalmente pude quitármelo de encima. Eran las cuatro de la tarde y aún no había probado bocado, tomar un whisky no era la mejor de las ideas. Pero Willy bien merecía una copa. Consolé las lágrimas de Melani y la envié a comer, que me trajera de paso un bocadillo de calamares y un montado de entresijos para echarle grasa al bourbon. Luego me serví cuatro dedos de Jim Beam, tomé el expediente de Blas Ortega y me senté en la mesa de mi despacho. Llamé a Daniela y le expliqué por encima lo que había ocurrido. No sabía si podría verla a última hora de la tarde, que la llamaría. A continuación traté de poner en orden mis ideas.
    Aunque no podía descartarse la posibilidad de que la muerte de Willy tuviera que ver con su pasado era improbable y decidí dejar esa línea de investigación para cuando hubiese descartado el resto. No era una conducta profesional, lo sé, pero habían sido muchas las horas pasadas con él en el coche y estaba convencido que permanecía limpio. Claro que eso lo diría la autopsia y cuando Rojas lo supiera también él volvería la cabeza hacia los expedientes de la agencia, no disponía de mucho tiempo. Blas Ortega era un empresario dedicado a las máquinas tragaperras que sospechaba de su mujer, la bella Laura, tal que así la llamaba, y nos había encargado un seguimiento para comprobar si le era o no infiel. Un caso bastante simple que entraba dentro de mis competencias.
    El chalet de Fuente del Berro que Willy vigilaba era propiedad del matrimonio Ortega, pero llevaba un par de años vacío, desde que la madre de Blas, que lo ocupaba, falleció. La bella Laura aparecía por allí cada cuatro o cinco días, abría las ventanas para airear la casa, regaba las plantas y permanecía en el interior por espacio de una hora y media o dos. Como era prácticamente el único lugar que visitaba ella sola, sin la compañía de la cuñada o de la criada, barajé la posibilidad de que el amante estuviera esperándola dentro y que se marchara después que ella. Por eso encargué a Willy que controlara el acceso a la vivienda, pero hasta el momento no habíamos obtenido resultados. En realidad estaba dejando pasar los días para cargar un poco más la factura, convencido de que Blas Ortega me iba a poner mala cara a la hora de pagar, cuando le confirmara que la bella Laura no se veía con ningún amante. Él estaba convencido de que su esposa le ponía los cuernos.
    Y puede que al final llevara razón, porque algo había ocurrido durante la vigilancia. Existía la posibilidad de que Willy se hubiera topado con alguien de su pasado que se la tuviera jurada, pero era improbable, de tener cuentas pendientes me lo hubiera comentado. Lo que fuera tenía que ver con la bella Laura o con el chalet, sin duda. Me planteé la posibilidad de pedirle ayuda al Jefe. El viejo avaro estaba seguro que ni descuento me haría, pero iba a necesitar la colaboración de varios detectives para abarcar los tentáculos del caso. Eso si aceptaba, que en cuanto se oliese que investigaba un asesinato iba a negarse.
    Melani abrió la puerta y se acercó hasta la mesa, sin los bocadillos.
    —Aquí hay un señor que pregunta por ti —y acercándose, en tono más confidencial—, pero tiene una pinta un poco rara, ya me entiendes —y me guiñó un ojo para apoyar su aseveración.
    —Pues pregúntale que quiere —no estaba yo de humor—. ¿Y los bocadillos?
    Melani puso esa carita que tanto le gusta para dar a entender que sabe en ese momento más que yo al respecto, los ojos muy abiertos y el mohín de la nariz.
    —Dice que viene de parte de Willy.
    Sí que consiguió dejarme de piedra.
    —Hazle pasar y cierra la puerta La de la agencia también, si llega algún poli no quiero que lo encuentren.
    —Vale, y mientras bajo a por los bocadillos. Me subiré otro para mí.
    Lo hizo pasar. Debía tener la edad de Willy, en torno a los cuarenta. Tenía la piel del rostro apergaminada, muy morena. Era adicto o lo había sido. Se escuchó el ruido de la puerta de la calle al cerrase.
    — ¿Dices que vienes de parte de Willy?
    — ¿Sabe que le han matado? —me preguntó a su vez.
    —Acaba de irse la policía. ¿Cuándo le viste?
    —Poco antes de morir. ¿Es usted Darío Peña?
    —Sí.
    — ¿Puede enseñarme el carnet? Willy me dijo que lo comprobara.
    Vaya con el bueno de Willy, había pensado en todo menos en su seguridad. Se lo enseñé.
    —Vale —dijo después de comprobar que coincidían nombre y fotografía. Sacó un pendrive del bolsillo derecho de sus vaqueros y lo colocó sobre la mesa—. Dudo que lo que haya ahí valga la vida de Willy.
    —Desde luego que no —corroboré—. La verdad es que no tengo ni idea de que ha podido ocurrir. ¿Y dices que fue a verte para darte esto?
    —El pendrive es mio. Descargó las fotos desde su móvil a uno de los ordenadores del ciber y luego yo lo pasé al pendrive. Se marchó enseguida, decía que le estaban siguiendo.
    —Pues espera que lo pase al portátil y te lo devuelvo —enganché el pendrive— ¿Quieres tomar algo? —dije señalando la botella de Jim Beam.
    —No gracias, hace tiempo que me quité de todo lo fuerte. El único vicio que me queda es el tabaco.
    —Pues fuma, por mí no te cortes. ¿Eras amigo de Willy?
    Encendió un Malboro.
    —Colegas de hace mucho tiempo. Yo lo dejé y perdimos el contacto. Volvió a verme cuando comenzó a trabajar aquí —inhalo una larga bocanada y me miró a los ojos—. En una ocasión se comió un marrón de los dos sin abrir la boca, estaba en deuda con él —y aproximando el cuerpo hacia adelante bajó el tono de voz—. Ya no puedo pagarle de ninguna manera y no se quien se lo habrá cargado, pero si necesita mi ayuda solo tiene que pedirla. Conozco gente.
    Me pareció sincero. El pendrive contenía fotografías de un tipo entrando y saliendo de un chalecito parecido al de los Ortega.
    —Quizás te la pida, cuando sepa de que va todo. A este no lo conozco ¿Y tú? —giré el portátil para que lo viera.
    —Ni idea. Pero tiene pinta de madero.
    — ¡Joder! Solo faltaba eso.
    Examiné las imágenes con más detenimiento. No se pueden sacar conclusiones por unas fotografías de una persona, pero retuve el dato, los que han permanecido al otro lado de la ley tienen un sexto sentido para detectar a la bofia.
    —Por si acaso será mejor que te vayas, no les vaya a dar por vigilar la agencia —le tendí mi tarjeta—. Apunta ahí tu dirección y tu número de teléfono. Te llamaré si te necesito.
    Nos despedimos y después que se hubo marchado volví a pasar las fotografías. En una de ellas se podía ver el chalet contiguo, era el de los Ortega. ¡Jodido Willy! Había sumado dos y dos. Así es como la bella Laura se encontraba con su amante. ¿Pero era una infidelidad motivo suficiente para matar a una persona? Me pareció absurdo. Y sí, perfectamente podía ser un policía. Solo faltaba saber que pintaba allí, si era una cuestión de faldas o de trabajo. ¿Me estaba metiendo en otro nido de serpientes?
    Melani llegó con los bocadillos y me puse a la faena. Luego anoté las horas en que habían sido hechas las fotografías para ver si coincidían con las visitas de la bella Laura y las pasé a un pendrive mio, borrando las que había introducido en el portátil. A la escena del crimen no podía acercarme, pero si que podía hacer averiguaciones sobre el chalet del que entraba y salía el tipo fotografiado.
    En el registro encontré el nombre de la propietaria y a continuación busqué su teléfono. Llamé y me contesto la criada, que esperase un momento a ver si se podía poner la señora. Al rato se pudo una anciana al teléfono. Le conté que era del ayuntamiento y que estábamos inspeccionando las instalaciones de gas, que cuando podía visitar la vivienda.
    —Pues no sé si podrá —contestó—. Hay unos policías en la casa y me han dicho que no aparezca por allí. ¿Quiere que le de su teléfono y los llama?
    Le dije que bueno. Anoté el número y me despedí dándole las gracias. En la calle no encontré ninguna cabina telefónica, así que busque un bar con teléfono y llamé mientras tomaba un café. Me contestaron desde las oficinas de la Unidad de Delitos Económicos y Fiscales. Colgué y recordé a mi viejo amigo el inspector Muñoz-Seca, ascendido a Inspector jefe con la llegada del nuevo gobierno. Un ascenso que en parte me debía a mí. ¿Pero qué pintaba la UDEF en todo el asunto? Una forma de averiguarlo era llamando a Muñoz-Seca, pero eran las siete de la tarde y dudaba que estuviera en la oficina. Mejor dejarlo para el día siguiente, lo que realmente me apetecía en aquellos momentos era abrazarme a Daniela, una zambullida en su piel siempre me despejaba las ideas. Sonó el móvil, el número de la oficina, supuse que Melani para decirme que se marchaba ya. Pero no.
    —Aquí hay una señora que desea verte. Es Laura Restrepo, señora de Ortega.
    La bella Laura. Que interesante.
    —Dile que voy para allí —no le dije que se fuera a casa porque sabía que no lo haría hasta que llegara a la oficina. Le añadiría un extra a final de mes.

    Siempre había contemplado a la bella Laura desde la distancia, y las fotos que nos entregó Blas Ortega para que la reconociéramos no le hacían en absoluto justicia. Iba empaquetada en un vestido rojo de seda con tirantes que bajaba hasta la mitad de unos muslos tentadores y ceñía sus curvas epicúreas despertando el deseo, como un regalo esperando a que alguien lo abriera. Nos dimos la mano y la invité a pasar a mi despacho. Melani se despidió con gesto de su mano que vi de refilón, atento al culo de la rubia. Tomó asiento en el sillón de los afligidos, como si estuviera en su casa. El vestido se deslizó hasta arriba de sus piernas. No llevaba medias, no las necesitaba. Me senté frente a ella.
    — ¿En qué puedo ayudarte?
    Unos ojos negros enmarcados por un maquillaje apenas perceptible me contemplaron, inquisitivos. Tenía la nariz recta y los labios pintados en rojo pasión, a juego con el vestido y los zapatos de tacón alto. El rubio de su media melena ondulada era teñido.
    —Sé que te ha contratado Blas —espetó, sin más.
    —Entonces comprenderás que esta conversación puede llevarme a un conflicto de intereses —convenía aclarar las cosas, su marido era mi cliente.
    —Solo quiero que me escuches, no te compromete a nada.
    — ¿Quieres tomar algo? —goloseando los perfiles de su piel había olvidado las reglas de la cortesía.
    — ¿Qué tienes?
    —Bourbon con agua, bourbon solo, bourbon con hielo.
    —Solo.
    Era brava. Me levanté para preparar dos copas.
    — ¿Te importa que fume? —preguntó.
    —Tanto como quieras —el líquido ambarino irrumpió en el fondo del vaso.
    De un pequeño bolso acharolado que aferraba su mano izquierda, inevitablemente rojo, tomó un paquete de Camel y con parsimonia prendió un cigarrillo. Exhaló la primera bocanada cuando llegué con el whisky. Voluptuosa y seductora, había algo en ella que me recordaba a Daniela.
    —Gracias —dijo aceptando el vaso—. Bastante antes de conocer  Blas pasé una mala racha, debía dinero. Durante unos meses ejercí la prostitución.
    Observó mi reacción. Ignoro que conclusión sacaría porque lo cierto es que pensé en Daniela y en sus semejanzas como un acto reflejo. Esperé a que continuara.
    —De lujo —especificó, como si aquel cuerpo delicioso no mereciera otro tratamiento—. Tuve un problema con un cliente, sufrió un amago de infarto y tuve que llamar a una ambulancia. Él se recuperó y a mí me fichó la policía.
    —El encargo de tu marido no está relacionado con tu pasado —dije.
    —Lo sé. Si Blas hubiera sido de otra manera no se lo habría ocultado, pero es celoso, más parecido a un macho ibérico que a un hombre sensato. No es como tú —intentó atraparme en la intensidad de su mirada, pero el fuego de sus ojos carecía de calidez.
    —No importa como yo sea —subrayé—. Continúa.
    —Hace unos meses me paró un policía por la calle, quería hablar conmigo. Pasamos a una cafetería y nos sentamos, sabía que nada bueno podía salir de aquella conversación. Creí que iba a pedirme dinero o favores sexuales, pero me equivoqué. Andaban tras Blas por un asunto de blanqueo de dinero y necesitaban mi ayuda. Intenté zafarme, pero sacó a relucir mi pasado y amenazó con contárselo a Blas si no cooperaba.
    Bien, ya sabía que pintaba la gente de Muñoz-Seca en aquella historia. No me sorprendió lo de Blas, el negocio de las tragaperras y el dinero negro siempre hicieron buenas migas.
    —Ahora mismo no me interesa mucho ni tu pasado ni el encargo de tu marido. Ha muerto un empleado mio y quiero saber quien lo mató.
    Echó el cuerpo hacia adelante y golpeó el cigarrillo contra el cenicero de cristal para desprender la ceniza. Su generoso escote se amplió mostrando el encaje de un sujetador negro que enfundaba unos senos turbadores.
    —De eso quería hablarte —precisó.
    Bebí un trago de Jim Beam, dándome tiempo a calibrar la situación. Para nada quería precipitarme.
    — ¿Sabes quién lo hizo? —la pregunta fue inevitable.
    —Sé lo que ocurrió, aunque no presencié su muerte.
    —Cuenta.
    —Ya sabes que mis visitas al chalet tienen que ver con la policía. Ellos alquilaron el chalet de al lado a la propietaria y allí me esperaba Julio, el policía que me abordó en la calle. Nos comunicábamos por el jardín trasero y yo le informaba de cuando iba a producirse la próxima entrega de maletines.
    No quería saber nada de maletines sino estaban relacionados con la muerte de Willy.
    — ¿Y qué pasó esta mañana?
    —Quedé con Julio como otras veces, la cita siguiente se concreta en cada encuentro, no quiere comunicación telefónica.
    Tampoco se necesitaban dos horas para pasar la información. Supuse que el tal julio mezclaba placer y trabajo y de paso que le sacaba la información se la beneficiaba. La bella Laura era toda una tentación.
    —Después de comunicarle la próxima entrega adecentaba el chalet, para justificar mis visitas y por si a Blas se le ocurría aparecer por allí —dijo como si adivinara mis pensamientos—. Julio debía esperar a que yo me fuera para irse, sabía que me vigilabais. Pero esta mañana olvidé unas compras de lencería y regresé al chalet.
    “O te olvidaste las bragas”. Era una burda suposición, pero seguía cabreado, Willy no merecía morir.
    —Sigue —dije.
    —En esos momentos salía Julio del chalet y sorprendí a tu empleado sacando fotografías. Tuve que decírselo, no sabía lo que iba a ocurrir. Julio se había despistado y creyó que ya no habría nadie vigilando. Al fijarse en él  dijo que le conocía, de cuando estuvo destinado en otra brigada, y que necesitaba recuperar las fotos para que la operación no se fuera al traste. Se fue tras él en el coche y quedó en llamarme a un móvil que me entregó.
    — ¿Qué dijo cuando te llamó?
    —Que había sido un accidente, pensó que iba a sacar un arma y disparó. Pero era el móvil lo que iba a sacar. Que había borrado las huellas y tirado el arma, y que mantuviese la boca cerrada.
    Y le había dejado desangrarse sin avisar a una ambulancia. Mal asunto empapelar a un poli, con los antecedentes de Willy Muñoz-Seca no lo iba a permitir. Aunque eso estaba por ver, no si yo podía hacer valer mis recursos. El del 607 aún me debía un favor.
    — ¿Y por qué has venido a contármelo?
    Puso su mano derecha sobre mi pierna.
    —Quiero salir de todo este embrollo. Sabiendo a lo que se dedica Blas no sé cuál puede ser su reacción, tengo miedo. Querías saber quién lo mató y ya lo sabes. Ayúdame.
    —No creo que pueda. Si consigo sacar el homicidio de Willy a la palestra te verás implicada.
    Se echó hacia atrás y cruzó las piernas en un movimiento que se me antojó lento y calculado. Relumbre fugaz de sexo depilado y exhibición de piernas. Quizás no fuera tan descabellada la idea de las braguitas olvidadas y que con las prisas siguieran en el chalet, acaso en su bolso. Sus piernas atrapaban.
    —Lo sé —dijo—. Pero cuando eso ocurra Blas ya estará entre rejas, intervendrán después de la siguiente remesa. ¿Te has enterado de lo de los chinos? ¿La operación emperador?
    —Algo he leído.
    —Pues el que se lleva los maletines es un chino. No ese que han detenido, pero están relacionados. Lo único que te pido es que no informes a Blas de nada. Cobra antes de que le detengan y déjalo estar.
    No difería mucho de lo que pensaba hacer a primera hora de la mañana, antes de que mataran a Willy, pero las circunstancias eran otras. La posible infidelidad de la bella Laura con el policía estaba por confirmar, solo eran suposiciones mías. No pensaba estafar a mi cliente, fuera o no delincuente, pero mientras descubría la verdad nada me costaba conformarla. Siempre es bueno que confíen en uno.
    —Que yo sepa no ha existido infidelidad. Lo del blanqueo es otro asunto y no me concierne, no tengo de qué informar a tu marido —consulté mi reloj, eran las nueve— Y ahora será mejor que nos vayamos, no vaya a ser que llame Blas preguntando por tu paradero —me levanté del sillón—. ¿Aún tienes el móvil que te dio Julio?
    —En la gabardina —dijo mientras se ponía en pie. Luego se acercó  a mí y me besó en los labios—. Gracias por ayudarme—. Su boca siguió allí, esperando mientras su mano acarició mi entrepierna—. Blas viajó a Sevilla por unas licencias, no tengo prisa —susurró.
    Me dejé besar, lo hacía endiabladamente bien, pero me retiré cuando sus dedos empezaron a bajar mi bragueta. La calidez seguía ausente de su mirada.
    —Mejor no mezclar placer con trabajo —me excusé—. Esperemos a que todo acabe.
    Parecía una promesa, no quería disgustarla. Un velo de preocupación ensombreció su visión por breves instantes, para volver después a reverberar con el brillo del deseo. Acarició mi mejilla.
    —Me gustas. Mucho —recalcó antes de abandonar el despacho. En el recibidor me entregó el móvil y desde la puerta de la calle se despidió con una sonrisa cuajada de indicios.
    Sí, se parecía a Daniela en su huida de la miseria y en la lujuria que impregnaba su piel, pero hasta ahí llegaban las semejanzas. Laura era ardiente, pero no cálida. Regresé a mi despacho y enfundé mis manos con guantes de látex. En una bolsa de pruebas guardé la colilla de Camel y en otra el vaso donde había bebido. No tenía motivos para creer que mintiera, pero no estaba de más retener su ADN y sus huellas.
    Antes de acabar la jornada decidí pasarme por el chalet y echar un vistazo. Tenía la llave, Blas me la había entregado, pero hasta entonces no tuve motivo para entrar. Fui directamente a la habitación, a examinar las sábanas. Y allí estaban, las manchas de semen tal como yo sospechaba. Además de información intercambiaban fluidos. Para mi sorpresa también encontré unas braguitas de encaje negro, a juego con el sujetador de la bella Laura. Esto era lo que había regresado a buscar cuando se topo con Willy haciendo las fotos. Entonces, ¿por qué se había marchado sin ellas?
    Cuando llegué a casa de Daniela la encontré adormecida sobre el sofá. Pero espabiló al contacto de mis labios y me llevó hasta la cocina para preparar unas copas. Llevaba un camisón corto de satén negro, sin nada debajo. No pude contenerme, deslicé mi mano entre sus piernas mientras besaba su nuca. Empapé mis dedos en su deseo y doblando su cuerpo hacia adelante la penetré desde atrás, con urgencia. Necesitaba sentir su interior.
    Al terminar se  volvió hacia mí y clavó sus vetas verdes, el lado felino de su mirada, en mis ojos.
    —Ya conociste a la zorra —leyéndome como un libro abierto.
    Tremenda, Daniela. Aquella noche puso especial empeño en borrar cualquier vestigio de los efluvios de la bella Laura. Y vaya si lo consiguió, y encima sin untarme de nata con fresas.
 

sábado, 7 de noviembre de 2009

despertar


Hielos al amanecer
sobre la noche callada,
vinieronme a estremecer
con su cuchilla afilada.
Escarcha que ralentiza
el devenir de mis horas,
frágil y quebradiza
en su presencia invasora.
Reniego de su frialdad
y recurro a tu tibieza,
que despertar en mis besos
nunca te supo a pereza.
Trémula en mis caricias
tu pasión va despertando
y en la yema de mis dedos
tu piel se va alborozando.
Me deslizo por tu valle
y asciendo hasta tus cimas,
mi boca se pierde en tu talle
tus caderas se aproximan
ofreciéndome sus mieles
como manjar de ambrosía,
mis labios hechos acordes
buscando tu melodía.
El tiempo se va deslizando
sobre gemidos gozosos,
y los vamos alcanzando
en espasmos lujuriosos.
Después, retozas risueña
sobre el rebujo de almohadas
y sabiéndote mi dueña
me mandas a hacer tostadas

domingo, 1 de noviembre de 2009

Y aunque solo fuera un sueño


Y aunque solo fuera un sueño
de caricias tentadoras
pronto se hizo mi dueño
endulzandome las horas.
Esa mirada escondida
abriendose como una rosa,
tanto tiempo suspendida
y que sentí tan hermosa.
No hacían falta las palabras,
que me hablaba su mirada
ahuyentando mis zozobras
con su sonrisa encantada.
Vulnerables, ofrecimos
esperanza a la mañana
y entre besos, sucumbimos
a una lujuria temprana.
Fuimos mar y fuimos tierra
fundidos en la pasión
con la renuncia que encierra
desvelar una emoción.
El tiempo pasaba fugaz
desgranando la quimera,
sin máscaras ni antifaz,
bebiendonos la noche entera.
Senderos enardecidos
sobre la piel estasiada
de cuerpos estremecidos
y bocas apasionadas.
Quedamos en la memoria,
grabados en cuerpo y alma,
sabor de mieles y gloria
incendiandonos la calma.
Y aunque solo fuera un sueño
de caricias tentadoras
pronto se hizo mi dueño
endulzandome las horas.

sábado, 10 de octubre de 2009

Vértice


1

Cae una lluvia pertinaz, monótona. La ciudad se ha puesto su traje de otoño y durante los últimos diez días el agua se ha derramado sobre sus calles, incesante, cotidiana. Ricardo contempla el escaparate desde la acera de enfrente, protegido por un paraguas negro y abrigado con una chupa de cuero. A su espalda, una tasca de reducidas dimensiones alberga una nutrida clientela en la languidez de la tarde. Desde un ventanal abierto al exterior sirven, para los que van con prisa, bocadillos de calamares, perritos calientes y bebidas en latas, exhalando por la abertura bocanadas de vapor y humo que se deslizan provocadoras hasta el olfato de los viandantes para tentarlos con sus aromas de frituras. El luminoso de neón que corona la marquesina refleja su luz azulada sobre los charcos que se forman en las depresiones del asfalto. Es una calle transitada, de una sola dirección y un único carril para los vehículos, con pivotes para impedir el aparcamiento.
Pero toda la atención de Ricardo se centra en el escaparate, donde se exhiben con evidente armonía artículos de papelería y los ejemplares que más tirón de venta tienen. Conoce el interior, un amplio local con dos mostradores de cristal, estanterías y expositores de libros. Dos jóvenes veinteañeras atienden al público. Hasta ahí todo normal. La magia comienza en un estrecho pasillo que conduce a un desahogado y acogedor salón. Siempre que ha cruzado el pasillo, Ricardo ha rememorado aquel otro del colegió Gredos que separaba el edificio antiguo del nuevo, un mundo de entarimados resonantes y pupitres con cajoneras, de maderas desgastadas, de olores viejos, unido mediante un pasillo y un par de tramos de escalones sobre los que retumbaban las pisadas, y por donde apenas cabía una persona, a la aséptica estética de las tarimas de albañilería y los pupitres de conglomerado forrado de formica. Y la misma sensación embriagadora con la que accedía al edificio viejo le embarga cada vez que atraviesa el pasillo que conduce al amplio salón que alberga una cautivadora biblioteca forrando sus paredes, con una pequeña barra en el centro donde se puede uno servir café o té, y mesas a su alrededor para sentarse a leer o conversar sosegadamente. Este no es un espacio público, sino un universo privado al que Lola, la propietaria, invita a algunos de sus clientes.
Así comenzó todo, con una invitación y el destino elevando sus apuestas. Una adicción común, los libros que cobran vida más allá de la lectura, tejiendo una tela de araña a su alrededor, serpenteando entre sus emociones. Sonrisas de agua clara y miradas que se fueron tiñendo de deseo con el paso de las horas, creciendo en cada encuentro. Ambos tenían pareja y una relación desangelada, aunque no quisieron buscar culpables en la pátina de indiferencia con que la rutina había cubierto sus días. No hicieron nada por buscarlo, pero tampoco por evitarlo. Simplemente, se dejaron llevar. Y sucedió. No hicieron falta ojos lunares ni cuerpos sensuales para quedar atrapados en la red de la complicidad y el deseo, en el ansia por volverse a ver, les bastó saberse al uno pendiente del otro, deseados, compartiendo momentos mágicos que solo existían para ellos. Todo estalló en la pasión de un beso. Aquel fuego de sus labios, de sus bocas, arrastró tras de si a sus manos y sus cuerpos.
Comenzaron a mirar las horas, que pasaran rápido hasta el próximo encuentro, que el reloj volara para renovar la vorágine del deseo. Luego vinieron los sueños, de felicidad compartida en un futuro incierto. Como no, surgieron las dudas, y los remordimientos. Quien le pone el cascabel al gato de la vida. Soñaron entre beso y beso, entre gemidos extasiados en el sendero desesperado que recorrían sus cuerpos. Alguno debía dar el primer paso.
Ricardo contempla el escaparate, decidido. Fue él el que lo dio. Susana se ha quedado en casa, llorando. Tampoco esperaba que fuera fácil, pero no piensa volverse atrás. Una discusión empapada de llanto. No se reconoce en ese ser que tan fríamente ha reaccionado a los porques de Susana, a sus súplicas para concederse, ambos, una oportunidad de rectificar. Pero su amor ya no mora en la que hasta ahora ha sido su casa, sino tras el escaparate, al otro lado de la calle. Hubiese querido consolarla, o al menos hacerla entender que una vez apagada la llama, no se vuelve a encender. ¿O sería posible? Un mar de confusiones por el que navega, obstinado en alcanzar su destino. Ya esta hecho, no hay más. No debe de haberlo. Y se decide a cruzar.

2

Cachito pide una segunda copa de ginebra. Que absurdo, beber ginebra. ¿Cuánto hace que no la toma? Años. Muchos, desde cuando era jefe de equipo en un bibliobús en el que vendía una obra sobre relaciones sexuales que constaba de cuatro tomos. Una birria de obra, que no aclaraba nada, con cuatro páginas marcadas para enseñar a la gente y poder engancharla. Solo los enunciados, claro, porque mucho ruido y pocas nueces. Se tomaba las copas de ginebra para darse ánimos y poder sonreír mientras le comía el coco al personal. Paraban a la gente que pasaba por la calle y las subían al bibliobús, donde había mesitas ancladas al suelo con un asiento a cada lado para poder enseñar la obra. Enciclopedia, la llamaban, vaya broma. El solo paraba chicas, porque los tíos eran más atrevidos y algún sabidillo le había puesto en un compromiso haciéndole preguntas que no sabía responder. Las chicas eran más cortadas, y no solían hacer gala de sus conocimientos sexuales. O compraban o no compraban.
Pero se ligaba, vaya si se ligaba. De vez en cuando alguna se dejaba tirar los tejos. Entonces no tenía un duro y no se podía permitir el lujo de pagar un hotel, ni siquiera tenía coche, así que el bibliobús era un sitio ideal, cerraba las cortinillas y a darle al asunto. Como era el jefe de equipo era él el que tenía la llave, y cuando los otros se marchaban, era todo suyo. Una vez se lo montó junto a Fernando, otro jefe de equipo, con la mujer de un compañero, Rubén. No estaban casados, pero vivían juntos y tenían un niño. Muertita de hambre la tenia a la pobre chica, y eso que estaba como un quesito, pero él le daba a los porros y debía tenerla floja. Ella quiso repetir, pero se la endilgó a Fernando, porque no quería meterse en líos con Rubén.
Ya estaba casado por entonces con Daniela, así que solo se liaba con las que lo tenían clarito, un polvo o dos y que te vaya bien. En mala hora se acercó el novio de su cuñada aquel mediodía a verlo. Estaban las cortinas echadas, pero escuchó ruido dentro y asomándose entre los resquicios le pilló comiéndose los pechos en forma de pera de Laura, aquella rubita tan cachonda que decía que su novio era guardia civil. Vaya usted a saber si sería cierto. Pues le falto tiempo al muy mamón para ir y rajárselo a Daniela. Fue la primera bronca gorda que tuvieron. Pero le perdonó. Lo amaba, y él amaba a Daniela. Solo que no se sabía contener cuando le rondaba una chica cerca.
Pues desde entonces no había bebido ginebra. Cerveza si, y güisqui con agua, pero no ginebra. Pobre Daniela, si en el fondo lleva razón, siempre ha sido un bala perdida. Pero no se imagina vivir sin ella, ni sin los niños. Si no lo hubiese pillado en tantos renuncios….Aunque nunca fue ella directamente. La segunda vez fue su suegra. Por entonces trabajaba en el bingo, y Daniela hacía el turno de mañanas y llegaba sobre las cuatro. Se encontró con Paloma, que era la chica por la que su amigo Carlos bebía los vientos. Una morena guapa, con el pelo rizado y dos buenas tetas, normal que a Carlitos se le fuera la olla por ella. El bajó a la calle a comprar algo, no recuerda ya que, y se encontró con Paloma. El caso es que después de charlar un rato la invitó a subir a casa para tomar algo. Lo cierto es que quería hablarle de Carlitos, de que porque no le hacía caso con lo buen chaval que era, y que encima curraba en un banco. Se le había acabado la cerveza, pero tenía vermú, Martíni rojo, y entre charla y charla se echaron sus buenos tragos. Estaba preguntándola porque no hacía caso a Carlos cuando se le echó encima y empezó a morrearlo, y a ver quien dice que no en una situación así, que a nadie le amarga un dulce. Hasta ahí todo se podía haber quedado en agua de borrajas, pero a la tía no se le ocurrió otra cosa que ponerse a fregar los vasos que habían usado en pelotas, y justo en ese momento llegó su suegra, que tenía llave, y la pilló “in fraganti”. Menuda se armó. Pero Daniela, tras un par de meses sin dejar que la tocara, lo volvió a perdonar.
Desde entonces no había vuelto a subir a ninguna chica a su casa. Si le salía algún ligue, en el coche, o a un hotel si andaba bien de guita. Pero no hay dos sin tres. A pesar del cuidado que puso, le volvió a suceder. Esta vez con Marta, la amiga de su mujer. Pasó en el verano, hacía bien poco tiempo. Daniela estaba en casa de su madre con los niños y él se había quedado viendo una peli cuando llegó Marta, de la piscina, que venía toda dolorida porque se había quemado. Que si tenía crema para que le dejara. Mira por ahí, le dijo. La encontró, y ni corta ni perezosa se puso en topless y le pidió que se la untara. Pues masajito por aquí y masajito por allá se calentó la cosa y terminaron dándose un revolcón. Primero gloría y después paz, se suponía que no iba a irse de la lengua. Pero quince días después le entraron los arrepentimientos, o se cabreó con Daniela, y se lo soltó de sopetón.
Y ahora Daniela quiere dejarle, incluso ha ido a ver a una abogada que le está preparando los papeles. Joder, ya no le entra la ginebra como antes, si es que quema. Mucho mejor el güisqui, donde va a parar. Pues no lo permitirá. Con la que está cayendo, seguro que no habrá salido de casa, y los niños están en el chalet de su tía, que no tenían mañana clase y pasó a recogerlos al mediodía para que pasaran allí el finde. Y es que no ha estado fino ninguna de las veces que han hablado. Pero esta vez será distinto. Dos copitas de ginebra, lo justo, no más que luego se pone agresivo y se marcha de casa mosqueado para no escucharla. Esta vez se la camela, vaya que si. Y a ver si deja de llover, con lo guapo que había dejado el coche con esa cera que hace brillar su carrocería en blanco follador. La pena es que como trabaja por el centro tardará media hora en llegar a casa. Pero bueno. Y con un poco de suerte, como estarán solos, es capaz de echarla un kiki, que mira que sigue estando buena la Daniela. Todo es cuestión de trabajárselo. Quizás una última copa debajo de casa, para subir con el puntito.

3

Las dos empleadas ya se han marchado. Ricardo cruza la calle ensimismado, pensando en Lola, en su futuro, juntos, sin percatarse del coche que incorporándose desde una bocacalle avanza a bastante más velocidad de la permitida en la zona. El ruido de la lluvia apaga el del motor del vehículo. Solo cuando le atropella, llega a vislumbrar una cara sorprendida entre el remolino blanco de metal que acaba con su vida.
Cachito frena tarde, demasiado tarde, iba pensando en Daniela y no le ha visto cruzar con la jodida lluvia. Mientras esperan a la ambulancia y a la policía, escucha insultos que salen de la gente. Sabe que tiene un buen marrón por delante. El corazón se le acelera, y el grito de la mujer que sale de la papelería es lo último que escucha antes de desmayarse.