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sábado, 10 de octubre de 2009

Vértice


1

Cae una lluvia pertinaz, monótona. La ciudad se ha puesto su traje de otoño y durante los últimos diez días el agua se ha derramado sobre sus calles, incesante, cotidiana. Ricardo contempla el escaparate desde la acera de enfrente, protegido por un paraguas negro y abrigado con una chupa de cuero. A su espalda, una tasca de reducidas dimensiones alberga una nutrida clientela en la languidez de la tarde. Desde un ventanal abierto al exterior sirven, para los que van con prisa, bocadillos de calamares, perritos calientes y bebidas en latas, exhalando por la abertura bocanadas de vapor y humo que se deslizan provocadoras hasta el olfato de los viandantes para tentarlos con sus aromas de frituras. El luminoso de neón que corona la marquesina refleja su luz azulada sobre los charcos que se forman en las depresiones del asfalto. Es una calle transitada, de una sola dirección y un único carril para los vehículos, con pivotes para impedir el aparcamiento.
Pero toda la atención de Ricardo se centra en el escaparate, donde se exhiben con evidente armonía artículos de papelería y los ejemplares que más tirón de venta tienen. Conoce el interior, un amplio local con dos mostradores de cristal, estanterías y expositores de libros. Dos jóvenes veinteañeras atienden al público. Hasta ahí todo normal. La magia comienza en un estrecho pasillo que conduce a un desahogado y acogedor salón. Siempre que ha cruzado el pasillo, Ricardo ha rememorado aquel otro del colegió Gredos que separaba el edificio antiguo del nuevo, un mundo de entarimados resonantes y pupitres con cajoneras, de maderas desgastadas, de olores viejos, unido mediante un pasillo y un par de tramos de escalones sobre los que retumbaban las pisadas, y por donde apenas cabía una persona, a la aséptica estética de las tarimas de albañilería y los pupitres de conglomerado forrado de formica. Y la misma sensación embriagadora con la que accedía al edificio viejo le embarga cada vez que atraviesa el pasillo que conduce al amplio salón que alberga una cautivadora biblioteca forrando sus paredes, con una pequeña barra en el centro donde se puede uno servir café o té, y mesas a su alrededor para sentarse a leer o conversar sosegadamente. Este no es un espacio público, sino un universo privado al que Lola, la propietaria, invita a algunos de sus clientes.
Así comenzó todo, con una invitación y el destino elevando sus apuestas. Una adicción común, los libros que cobran vida más allá de la lectura, tejiendo una tela de araña a su alrededor, serpenteando entre sus emociones. Sonrisas de agua clara y miradas que se fueron tiñendo de deseo con el paso de las horas, creciendo en cada encuentro. Ambos tenían pareja y una relación desangelada, aunque no quisieron buscar culpables en la pátina de indiferencia con que la rutina había cubierto sus días. No hicieron nada por buscarlo, pero tampoco por evitarlo. Simplemente, se dejaron llevar. Y sucedió. No hicieron falta ojos lunares ni cuerpos sensuales para quedar atrapados en la red de la complicidad y el deseo, en el ansia por volverse a ver, les bastó saberse al uno pendiente del otro, deseados, compartiendo momentos mágicos que solo existían para ellos. Todo estalló en la pasión de un beso. Aquel fuego de sus labios, de sus bocas, arrastró tras de si a sus manos y sus cuerpos.
Comenzaron a mirar las horas, que pasaran rápido hasta el próximo encuentro, que el reloj volara para renovar la vorágine del deseo. Luego vinieron los sueños, de felicidad compartida en un futuro incierto. Como no, surgieron las dudas, y los remordimientos. Quien le pone el cascabel al gato de la vida. Soñaron entre beso y beso, entre gemidos extasiados en el sendero desesperado que recorrían sus cuerpos. Alguno debía dar el primer paso.
Ricardo contempla el escaparate, decidido. Fue él el que lo dio. Susana se ha quedado en casa, llorando. Tampoco esperaba que fuera fácil, pero no piensa volverse atrás. Una discusión empapada de llanto. No se reconoce en ese ser que tan fríamente ha reaccionado a los porques de Susana, a sus súplicas para concederse, ambos, una oportunidad de rectificar. Pero su amor ya no mora en la que hasta ahora ha sido su casa, sino tras el escaparate, al otro lado de la calle. Hubiese querido consolarla, o al menos hacerla entender que una vez apagada la llama, no se vuelve a encender. ¿O sería posible? Un mar de confusiones por el que navega, obstinado en alcanzar su destino. Ya esta hecho, no hay más. No debe de haberlo. Y se decide a cruzar.

2

Cachito pide una segunda copa de ginebra. Que absurdo, beber ginebra. ¿Cuánto hace que no la toma? Años. Muchos, desde cuando era jefe de equipo en un bibliobús en el que vendía una obra sobre relaciones sexuales que constaba de cuatro tomos. Una birria de obra, que no aclaraba nada, con cuatro páginas marcadas para enseñar a la gente y poder engancharla. Solo los enunciados, claro, porque mucho ruido y pocas nueces. Se tomaba las copas de ginebra para darse ánimos y poder sonreír mientras le comía el coco al personal. Paraban a la gente que pasaba por la calle y las subían al bibliobús, donde había mesitas ancladas al suelo con un asiento a cada lado para poder enseñar la obra. Enciclopedia, la llamaban, vaya broma. El solo paraba chicas, porque los tíos eran más atrevidos y algún sabidillo le había puesto en un compromiso haciéndole preguntas que no sabía responder. Las chicas eran más cortadas, y no solían hacer gala de sus conocimientos sexuales. O compraban o no compraban.
Pero se ligaba, vaya si se ligaba. De vez en cuando alguna se dejaba tirar los tejos. Entonces no tenía un duro y no se podía permitir el lujo de pagar un hotel, ni siquiera tenía coche, así que el bibliobús era un sitio ideal, cerraba las cortinillas y a darle al asunto. Como era el jefe de equipo era él el que tenía la llave, y cuando los otros se marchaban, era todo suyo. Una vez se lo montó junto a Fernando, otro jefe de equipo, con la mujer de un compañero, Rubén. No estaban casados, pero vivían juntos y tenían un niño. Muertita de hambre la tenia a la pobre chica, y eso que estaba como un quesito, pero él le daba a los porros y debía tenerla floja. Ella quiso repetir, pero se la endilgó a Fernando, porque no quería meterse en líos con Rubén.
Ya estaba casado por entonces con Daniela, así que solo se liaba con las que lo tenían clarito, un polvo o dos y que te vaya bien. En mala hora se acercó el novio de su cuñada aquel mediodía a verlo. Estaban las cortinas echadas, pero escuchó ruido dentro y asomándose entre los resquicios le pilló comiéndose los pechos en forma de pera de Laura, aquella rubita tan cachonda que decía que su novio era guardia civil. Vaya usted a saber si sería cierto. Pues le falto tiempo al muy mamón para ir y rajárselo a Daniela. Fue la primera bronca gorda que tuvieron. Pero le perdonó. Lo amaba, y él amaba a Daniela. Solo que no se sabía contener cuando le rondaba una chica cerca.
Pues desde entonces no había bebido ginebra. Cerveza si, y güisqui con agua, pero no ginebra. Pobre Daniela, si en el fondo lleva razón, siempre ha sido un bala perdida. Pero no se imagina vivir sin ella, ni sin los niños. Si no lo hubiese pillado en tantos renuncios….Aunque nunca fue ella directamente. La segunda vez fue su suegra. Por entonces trabajaba en el bingo, y Daniela hacía el turno de mañanas y llegaba sobre las cuatro. Se encontró con Paloma, que era la chica por la que su amigo Carlos bebía los vientos. Una morena guapa, con el pelo rizado y dos buenas tetas, normal que a Carlitos se le fuera la olla por ella. El bajó a la calle a comprar algo, no recuerda ya que, y se encontró con Paloma. El caso es que después de charlar un rato la invitó a subir a casa para tomar algo. Lo cierto es que quería hablarle de Carlitos, de que porque no le hacía caso con lo buen chaval que era, y que encima curraba en un banco. Se le había acabado la cerveza, pero tenía vermú, Martíni rojo, y entre charla y charla se echaron sus buenos tragos. Estaba preguntándola porque no hacía caso a Carlos cuando se le echó encima y empezó a morrearlo, y a ver quien dice que no en una situación así, que a nadie le amarga un dulce. Hasta ahí todo se podía haber quedado en agua de borrajas, pero a la tía no se le ocurrió otra cosa que ponerse a fregar los vasos que habían usado en pelotas, y justo en ese momento llegó su suegra, que tenía llave, y la pilló “in fraganti”. Menuda se armó. Pero Daniela, tras un par de meses sin dejar que la tocara, lo volvió a perdonar.
Desde entonces no había vuelto a subir a ninguna chica a su casa. Si le salía algún ligue, en el coche, o a un hotel si andaba bien de guita. Pero no hay dos sin tres. A pesar del cuidado que puso, le volvió a suceder. Esta vez con Marta, la amiga de su mujer. Pasó en el verano, hacía bien poco tiempo. Daniela estaba en casa de su madre con los niños y él se había quedado viendo una peli cuando llegó Marta, de la piscina, que venía toda dolorida porque se había quemado. Que si tenía crema para que le dejara. Mira por ahí, le dijo. La encontró, y ni corta ni perezosa se puso en topless y le pidió que se la untara. Pues masajito por aquí y masajito por allá se calentó la cosa y terminaron dándose un revolcón. Primero gloría y después paz, se suponía que no iba a irse de la lengua. Pero quince días después le entraron los arrepentimientos, o se cabreó con Daniela, y se lo soltó de sopetón.
Y ahora Daniela quiere dejarle, incluso ha ido a ver a una abogada que le está preparando los papeles. Joder, ya no le entra la ginebra como antes, si es que quema. Mucho mejor el güisqui, donde va a parar. Pues no lo permitirá. Con la que está cayendo, seguro que no habrá salido de casa, y los niños están en el chalet de su tía, que no tenían mañana clase y pasó a recogerlos al mediodía para que pasaran allí el finde. Y es que no ha estado fino ninguna de las veces que han hablado. Pero esta vez será distinto. Dos copitas de ginebra, lo justo, no más que luego se pone agresivo y se marcha de casa mosqueado para no escucharla. Esta vez se la camela, vaya que si. Y a ver si deja de llover, con lo guapo que había dejado el coche con esa cera que hace brillar su carrocería en blanco follador. La pena es que como trabaja por el centro tardará media hora en llegar a casa. Pero bueno. Y con un poco de suerte, como estarán solos, es capaz de echarla un kiki, que mira que sigue estando buena la Daniela. Todo es cuestión de trabajárselo. Quizás una última copa debajo de casa, para subir con el puntito.

3

Las dos empleadas ya se han marchado. Ricardo cruza la calle ensimismado, pensando en Lola, en su futuro, juntos, sin percatarse del coche que incorporándose desde una bocacalle avanza a bastante más velocidad de la permitida en la zona. El ruido de la lluvia apaga el del motor del vehículo. Solo cuando le atropella, llega a vislumbrar una cara sorprendida entre el remolino blanco de metal que acaba con su vida.
Cachito frena tarde, demasiado tarde, iba pensando en Daniela y no le ha visto cruzar con la jodida lluvia. Mientras esperan a la ambulancia y a la policía, escucha insultos que salen de la gente. Sabe que tiene un buen marrón por delante. El corazón se le acelera, y el grito de la mujer que sale de la papelería es lo último que escucha antes de desmayarse.

domingo, 20 de septiembre de 2009

En los albores del siglo veintidos


Espera al borde de la carretera. Le pesa todo el cuerpo, como si alguien hubiera estado sacándole los jugos interiores y apenas tuviera un pellejo sobre sus huesos. La cara le arde. No es extraño, con ese fiero sol rojo flagelándole. Piensa que no estaría mal quedarse inmóvil bajo una sombra, pero está en medio de ninguna parte y le acomete esa desagradable sensación de desarraigo.
En algún lugar, detrás, quedó el fresco bosque donde pasó la noche. Ahora solo le rodean piedras calcinadas por el sol y hierbas malas junto al asfalto, sobre un fondo de amarillos requemados. A veces pasan coches, suspiros que se pierden en el horizonte, difuminándose en la calima que difumina el lejano azul de cabellos dorados.
Ni siquiera se molesta en hacer auto-stop. Quizás en otro momento y en otro lugar, se atreviese. Pero los rostros que vislumbra a través de las lunas de los vehículos se le antojan amenazantes. O cuando menos, desconcertantes. Se supondría que debían ser los conductores los que recelaran de un tipo a pie de carretera, con rostro sin afeitar y aspecto desvencijado.
En algún momento de la mañana, pasaría el jodido autobús. Al menos eso le aseguró el viejo de la gasolinera que dejó atrás. ¿Cuántos kilómetros? ¿Tres? ¿Cinco? Imposible de calcular. Allí debieron poner la parada, no en medio de aquel desierto. Sin una marquesina para protegerse del calor. Con un letrero de latón descolorido por el sol, remachado a un poste oxidado que un día debió ser rojo.
Por fin llega. Nada que ver con los autobuses de la ciudad. Aunque claro, allí no habría podido esperar tres horas junto a la parada. Las bandas de depredadores lo habrían capturado. Echa de menos el revolver, pero tuvo que dejarlo para atravesar la frontera. Se lo dijeron clarito: “Puedes cruzar más adelante, nadie te lo impide, pero a los que encuentran armados no les hacen concesiones. Sin más, donde los encuentran, son ejecutados.” Y vaya si llevaban razón. Encontró a muchos a lo largo del camino, alimento para buitres, con dos tiros descerrajados.
Increíble. Todo el autobús parece crujir. Exhala un lamento como de huesos gastados. Y ni siquiera un sitio libre. Muchos chinos entre los viajeros. Aquí también es patente su numérica superioridad. Recorre los rostros que le rodean y solo encuentra semblantes vacíos. ¿Será el suyo uno más? Parece el tren de la muerte. Está seguro de que se dirigen hacia el mismo lugar. ¿No debería su rostro reflejar algo de esperanza? Debe ser al ambiente. El tórrido calor, sin aire acondicionado, el rancio olor de los cuerpos sudorosos.
Tiene algo de vieja película el momento, de destino perdido en un país exótico donde la civilización no fuera más que una caricia sobre arraigadas costumbres ancestrales. Quizás sea una forma de relax que los recibe, mitigando el desasosiego que los embargó al abandonar la enorme ciudad de los rascacielos. Desamparados ante lo desconocido. Aunque en las caóticas calles en las que nacieron, sobrevivir era una apuesta arriesgada que solía perderse.
El ajetreo que estremece las viejas chapas de la carcasa móvil se detiene. Atisba por las ventanillas, pero aún no ve nada. Aunque el firme de la carretera ha cambiado. Ahora es un asfalto pulcro y cuidado. Deben estar cerca. Busca en el bolsillo de su pantalón el frasco de pastillas. No quiere que pensamientos lúgubres lo acechen, otra dosis para enfrentar su destino.
Percibe el cambio en los rostros de los viajeros. Sigue su mirada y descubre un racimo de edificios blancos en la lejanía. No es como lo había imaginado. Un horizonte aséptico. Y pensar que aquel estado fue en el pasado el universo del juego. Si que había cambiado. Aunque permanecía lo fundamental, la sed de dinero. Se acercan cada vez más.
Piensa en Choni y las niñas. Tendrán su futuro asegurado durante cinco años más. Tiempo suficiente para que sus hijas se conviertan en adolescentes, hacia los doce. Dignas hijas de su madre, serán preciosas. Con un poco de suerte podrán encontrar empleo en uno de los lupanares de lujo para ejecutivos diferenciales, con horario de treinta horas semanales. Vida asegurada durante quince años. Después, si resultan previsoras, alcanzarán los cuarenta. No se puede pedir más. Si no se les cruzan en su camino las bandas de depredadores, una existencia plena.
Pero Choni…..pobrecilla, en mala hora se fijo en él. Más allá de los cinco años que ahora le puede asegurar, será difícil que sobreviva. ¿Se unirá a las bandas de depredadores? ¿O elegirá la muerte dulce? No hay estadística que pueda asegurarlo. La decisión no es previsible, el estrés que produce la proximidad de la muerte hace imposible cualquier vaticinio.
Recuerda el día en que rompió su papeleta de ingreso en el lupanar de lujo. Por amor a él. Con un porvenir de siete años tan solo. Que ciego es el amor.
Por fin llegan. Individuos vestidos con batas blancas de latex los reciben. Buscan sus nombres en las listas y los distribuyen en ordenadas filas. Dicen que el tiempo de espera es lo peor. Aunque el no conoció a nadie que regresara. Su precio, dos piernas, un ojo y un riñón. Las blancas fauces de la ciudad-hospital los aguardan. Le pondrán recambios artificiales. Sin garantías. Casi ninguno dura más allá de tres o cuatro meses, al agotarse la pila. Y hay que tener mucho dinero para poder recargarlas. Lo único que está garantizado es el ingreso del importe de la venta de organos en la cuenta estipulada.
Se conformaría con volver junto a Choni, y terminar con la muerte dulce entre sus brazos. Pero sabe que a la vuelta lo acecharán los tratantes piezas ilegales, para robarle las partes vitales de su cuerpo. Sobre todo el corazón, el hígado y los genitales. Y por supuesto, el otro riñón. Corre el rumor que son secuaces a sueldo de los hospitales. Nadie atraviesa con vida el territorio del estado hospitalario a su regreso, es una sentencia asumida en la ciudad. Y debe ser verdad, porque a ninguno que regresara había conocido.
Aunque la propaganda depredadora asegura que si, que tienen destacamentos rescatando a los que intentan volver para su engrosar sus filas. Pero también aseguran que han tomado una zona de ciudad-jardín de los ejecutivos. Y nadie les cree. Propaganda para la causa de los desahuciados. Sonríe sarcásticamente. No tardará en averiguarlo.
Se abren las puertas automáticas del hospital que le ha sido asignado. Toma el frasco de anfetaminas y se toma una buena dosis. Son inocuas para las operaciones, y se las dieron en la frontera. Alivian la espera hasta el momento de ser dormidos. Ordenadas camillas junto a máscaras de anestesia los esperan. Antes de subir a una de ellas un último recuerdo para Choni y sus hijas, a las que sabe que no volverá a ver. Después, quien sabe, quizás le aguarde la muerte, o la efímera existencia en una banda de depredadores.
Maldice a sus antepasados, que los embromaron con una herencia de climas alterados y superpoblación. Sus últimos pensamientos antes de embozarse la máscara del sueño son para ellas, para el dulce tiempo que las disfrutó, una mar de risas y besos con el que sueña mientras la oscuridad lo va engullendo.