sábado, 8 de febrero de 2014

14 Sangre de alas rotas. Ataque de alfil negro





14 Ataque de alfil negro
    Peña
        Le vimos bajarse en Legazpi a través de las cámaras, seguro que en busca de un autobús o un taxi. Horas de trabajo perdidas, pero había que intentarlo. Cuando llegué al portal de Daniela Paco daba paseos para combatir el frío, se sentía responsable y no había querido vigilar desde el coche por si se quedaba dormido. Le agradecí su empeño y lo metí en un bar cercano, el único que aguantaba hasta tan tarde por la zona, para que entrara en calor, de paso le di una descripción lo más detallada posible del asesino. Puesto que ya conocía su existencia era absurdo que custodiara a Daniela desde la distancia, mejor de cerca, ya me encargaba yo de avisarla. Quedamos para la mañana siguiente, pagué la cuenta y lo dejé masticando un bocado del bocadillo de lomo que se pidió como cena, acompañado de una cañita de cerveza.
    Para mi sorpresa Daniela permanecía despierta, esperándome. En las inflexiones de mi voz adivinaba mis estados de ánimo, cuando la llamé para decirle que me retrasaría me notó la preocupación y decidió que el sueño bien podía esperar aquella noche. Ataviada con un pijama de algodón azul marengo ribeteado de malva me preparó unos huevos fritos acompañados de patatas, bien tostadas como a mí me gustaban. Aunque era yo el que solía trajinar por la cocina ella la usaba para sonsacarme, mientras me tomaba una copa de Rivera y la veía cocinar ella preguntaba como si de fruslerías se tratase, vaciándome de angustias. Me resistí más que en otras ocasiones porque esta vez el problema le concernía, el asesino no era alguien a quien se pudiera no tener en cuenta.
    —Paco me cuidará, no tienes que preocuparte.
    El aciago destino de Willy, mi anterior ayudante, se cruzó como una sombra entre su afirmación y la realidad.
    —Me sentiré más tranquilo si es la policía la que te vigila, a primera hora llamaré a Muñoz-Seca para que envíe a alguno de sus hombres. Yo tengo que ir al aeropuerto a recibir a esa abogada de la que te hablé.
    Nos sentamos a la mesa de la cocina.
    — ¿No quieres hacerte pastelero? Te ahorrarías un montón de preocupaciones —dijo sin mucha convicción.
    —Arruinaríamos el negocio en poco tiempo, siempre querría estar en la trastienda untándote de nata y chocolate —bromeé.
    Daniela rio.
    —La última vez casi nos pillan. Tengo la fondue preparada con chocolate negro, la calentaré en un momento —y observando mis ojos golosos añadió: —Las sábanas están recién cambiadas y son las que más me gustan, nada de chocolate sexual. Es para subirnos el ánimo, nos vendrá bien. Además, mira qué hora es, tienes que estar fresco para entrevistarte con esa lagarta.
    —Huevos fritos y chocolate, se me pondrá el colesterol por las nubes.
    —Ya lo bajaremos con ejercicio mañana por la noche. Te esperaré y no habrá excusas que valgan.
    Sonreí, ambos sabíamos que en mi trabajo no había manera de asegurar una cita cuando estaba plantado en medio de un caso, y mucho menos en uno de las características del que me ocupaba. Saboreamos lo que quedaba de las copas de vino y luego dimos buena cuenta del chocolate, aproveché para deslizar mi mano bajo su  pijama y acariciar su cintura. Dejamos la vajilla en el fregadero con agua y nos fuimos a la cama. Sentir su cuerpo desnudo junto al mío me excitó, pero me dormí mientras acariciaba su pelo.
    A la mañana siguiente me despertó con besitos y me llevó hasta la ducha, para que espabilara. Habían sido cuatro horas y media de sueño y agradecí el agua caliente. Desayuné tostadas con tomate, ajo y aceite, dos vasos de leche con nueces y dos tazas de café negro para despejarme. Ella volvió a la cama, era temprano aún.
    El vuelo llegaba a las ocho, así que tenía que darme prisa. Paco esperaba ya a pie de cañón, le dejé al cargo. Para mi sorpresa se me acercó un policía de paisano, Muñoz-Seca se me había adelantado y decidió que era conveniente mantener una discreta vigilancia para la seguridad de Daniela. Se lo agradecería cuando le diera cuenta de mi entrevista con la abogada.
    Son cansinos los aeropuertos, me tocó esperar tres cuartos de hora desde que el avión aterrizó para poder conocer a la emisaria de Almendros. ¿O podía decir de la Hermandad? Ya nada me extrañaba, ni las teorías más inverosímiles. Si he de decir que me sorprendió el porte de Aicha Lafitte, nada más verla pensé en la familia de mi madre, cordobeses de Villanueva del Duque. Sobre un metro sesenta y algo de altura una larga melena negra y acaracolada enmarcaba  grandes y almendrados ojos oscuros y una nariz pequeña y ligeramente respingona dejaba paso a una boca de labios carnosos. No parecía encontrarse cómoda dentro del conjunto de falda y chaqueta de color beis, aunque he de reconocer que perfilaba unas deliciosas formas. De no saber que había nacido en Argelia, así rezaba en su pasaporte, hubiera supuesto, como he dicho, su ascendencia cordobesa, hasta un aire se daba a una prima mía.
    Habíamos convenido en que me llamaría al llegar a Madrid, pero yo había preferido observarla antes de presentarme y Muñoz-Seca se encargó de averiguar el vuelo en el que llegaba. Al volverse y comentarle algo a un individuo que venía detrás caí en la cuenta de que venía acompañada. Sobre el metro noventa y peinando canas, fibroso de cuerpo y enfundado en un conjunto de pantalón y chaqueta azul oscuro con camisa blanca y sin corbata. También de tez morena, ojos verdosos y mirada decidida.
    Ella me reconoció al acercarme y me tendió la mano, sonriente.
    —Señor Peña, es un placer. Parece que decidió venir a recibirnos, para ser un detective su servicio de información tiene la mano larga.
    Su apretón fue firme.
    —Encantado, Aicha. Prefiero el tuteo, sino te importa —obvié su referencia a mis fuentes, no tenía por qué descubrir ninguna de mis cartas por el momento.
    —Como quieras —y volviéndose hacia el hombre que la acompañaba lo presentó.
    —Houari Bendjedid, me acompaña en el viaje —aunque no especificó nada acerca de su cometido.
    Una sonrisa de dientes blancos acompañó el apretón, acaso excesivo, de su mano. Un leve gesto de su cabeza indicando reconocimiento.
    — ¿Qué tal? —parecía seguro de sí mismo, nada taimado.
    Decidí ir al grano.
    —No muy bien, tenemos un asesino suelto y activo, y no parece que vaya a dejarlo.
    Ella se adelantó para tomar las riendas de la conversación.
    —Antes de abordar nada me gustaría darme una ducha, el vuelo ha sido largo
    En ese momento sonó su móvil. Consultó el número y contestó. La vi empalidecer conforme le hablaban desde el otro lado.
    —Luego te llamo —dijo, y colgó.
    — ¿Malas noticias? —pregunté.
    Houari también había notado su palidez y la observaba, preocupado.
    Aicha forzó una sonrisa.
    —Un caso que me ocupa al otro lado del océano, no pinta bien. Nos alojaremos en el hotel Agumar, junto a la estación de Atocha. Podemos quedar allí a media mañana, sobre las doce. ¿Te parece bien?
    —Por supuesto. ¿Queréis que os acerque?
    —No, gracias, tomaremos un taxi si no te importa.
    Nos despedimos. Pero decidí seguirlos, aunque parecía improbable no podía descartar un encuentro con el asesino. No lo hubo, aguanté el tedioso tráfico hasta el hotel. Después aparqué en el parking de la estación y me dirigí hacia El Brillante, me apetecía un bocadillo de calamares, una caña de cerveza y un aperitivo de berberechos. Llamé a Paco para cerciorarme de que todo marchaba bien y después a Melodi, tenía descuidada la oficina. Se quejó de mi ausencia, había dado largas a las citas con dos posibles clientes y se aburría, le dije que telefoneara al novio de turno para pasar el rato y me dijo que ya lo hacía. No quería alejarme del hotel, así que tras saciar mi apetito me di una vuelta por el Jardín Botánico. Lucía una mañana soleada pero fría,  disfruté paseando entre sus calles rectas bordeadas de plantas y árboles centenarios, de su tenue olor a verdes mojados y a humus, del sosiego de sus fuentes de piedra. Me gustaba lo que hacía, pero la muerte de Willy había dejado una especie de recelo contra mi trabajo, y ahora la amenaza que pesaba sobre Daniela picoteaba mi conciencia, no podría perdonarme si le ocurriera algo. La frialdad requerida para acabar con los empleados de la mensajería me prevenía contra el asesino, y ni siquiera la vigilancia de la policía me aseguraba su integridad. Me pregunté si no sería mejor enviarla lejos, de vacaciones, acaso a su tierra, Rumanía, sus empleados eran capaces de defender la tienda sin ella.
    Convencido de lo acertado de mi idea regresé hacia el hotel cuando se acercaban las doce. De lejos los vi salir, vestidos ambos con prendas más informales. Aicha parecía disfrutar del frio sol madrileño, Houari curioseaba los alrededores, a unos metros de ella. Cuando vi que aquel negro enorme se le acercaba mi instinto se puso alerta. Su paso era demasiado decidido y tenía la impresión de habérmelo cruzado en alguna parte.
    — ¡Houari! —grite.
    Al darse la vuelta también se apercibió del peligro, aunque no tuvo tiempo de reaccionar, tan solo de desviar la trayectoria fatal del cuchillo. Tuvo un leve estremecimiento al ser mordido por el frio acero, un gemido de sorpresa más que de dolor. Sus manos apretaron la herida mientras el agresor salía corriendo. Mi instinto me pedía que lo persiguiera, pero tenía nociones de primeros auxilios y opté por socorrer al herido. En mi carrera vi como Aicha se percataba de lo que había sucedido y sofocaba un grito mientras acudía a sujetar a Houari.
    Pasamos las siguientes dos horas sin apenas intercambiar palabras. La ambulancia no tardó en llegar para trasladar al herido al Gregorio Marañón. Avisé a Muñoz-Seca para que se hiciera cargo y refunfuñó, aunque finalmente aceptó. Después de lo ocurrido no me pereció conveniente dejarla sola, así que la llevé yo mismo hasta el hospital, se la notaba afectada. Me pregunté qué relación habría entre Houari y ella pero la dejé rumiar sus pensamientos, las únicas palabras que pronuncié en el camino fueron de ánimo tratando de consolarla. Contuvo sus sentimientos hasta que el doctor asomó para informarnos de que la herida no era grave, la reacción de Houari a mi grito le había salvado la vida, aunque estaría fuera de juego durante varios días. Convine con Muñoz-Seca en que dejara a un policía vigilando la planta y que un vigilante del hospital conocedor del personal le acompañara. Cuando regresé junto a Aicha estaba llorando, desahogándose. Tomé su mano y la miré a los ojos.
    — ¿No crees que es hora de que nos sinceremos el uno con el otro? El que agredió a Houari no es el asesino, de manera que no está solo. Creo que nosotros también debemos aunar nuestras fuerzas, pero antes tendrás que contarme de que va esto, necesitamos más datos sobre ese tipo para poder atraparlo.
    Su llanto se tornó silencioso y afrontó mi mirada, sin decirme nada me lo dijo todo. Intenté tranquilizarla respecto a Houari.
    —Un policía se quedará junto a la puerta. Los vigilantes del hospital tienen la descripción del agresor y conocen al personal, no dejarán que nadie ajeno al hospital se acerque a la habitación. ¿Te parece que vayamos a mi despacho?
    Se levantó para seguirme.

    Zaza
    —Esas personas están condenadas a morir irremediablemente, lo único que hago es sacar provecho de esa circunstancia. Solo soy un instrumento, aunque me negase su suerte ya está echada —Elio argumentaba su postura tratando de superar sus reticencias.
    Estaban sentados en la terraza acristalada de un restaurante con vistas al rio, contemplando el ir y venir de las barcazas mientras el crepúsculo daba paso a la noche. De primero habían tomado una sopa cremosa hecha con puré de patatas, setas y leche agria, Kulajda, de segundo acababan de servirlos un goulash de pato con muy buena pinta. El pequeño trauma que le supuso conocer el oficio de Elio no le había quitado el apetito. Ante la estampa arrebatadora del rio empapándose de ocaso la muerte perdía su fuerza y se convertía en una especie de entelequia, toda la magia de Praga parecía aliarse con su mentor para vencer sus reticencias. Sabía que matar era una aberración, por mucho que razonase no iba a convencerla de lo contrario, pero se sorprendió lo dispuesta que estaba a participar en ello con tal de poder disfrutar de momentos como aquel. La distancia que alejaba al francotirador de su objetivo de alguna manera lo separaba del drama que provocaba.
    —Pero incluso aunque sean culpables también tienen gente que les quiere, familia, padres, hijos, hermanos —objetó Zaza.
    —Hay muchas cosas con las que no estamos de acuerdo y transigimos con ellas. Si por mí fuera no existiría la mafia o la corrupción, ni las guerras. Pero ahí están. ¿Sabes cuántas personas mueren todos los años en conflictos armados? ¿Y cuántas son torturadas?
    —Había traído los deberes hechos y extrajo de su maletín una carpeta que documentaba sus afirmaciones. Datos espeluznantes acompañados de fotografías.
    —Todo eso existe y nada de lo que haga va a cambiarlo. Yo actúo como una escoba en manos de una limpiadora, nada puedo hacer para alterar su voluntad de barrer. Ella es la que decide y la que tiene la responsabilidad. ¿Es culpable el verdugo por las vidas que quita?
    Ella sabía que intentaba manipularla, que tergiversaba la realidad para ponerla de su parte, pero era fácil dejarse llevar pensando en el sufrimiento que el individuo que había ejecutado aquella tarde había infligido a las mujeres, en las que había asesinado. Y sobre todo se dejaba seducir por la distancia, que permitía apretar el gatillo como si de un videojuego se tratara, de alguna manera ajenos al drama que se desencadenaba después. La personalidad de Elio pesaba mucho en Zaza, lo idolatraba y se dejó envolver por sus falsos argumentos.
    A partir de aquel día empezó a acompañarle cuando que le encargaban un trabajo, la enseñaba el oficio. Él siempre fue muy hábil, tenía que reconocerlo, cada vez que se desplazaban procuraba que disfrutase lo más posible de todas las facetas turísticas del lugar que visitaban. Gastronomía, arte, espectáculos, paisajes, no se privaban de nada. Cuando no disponían de un enclave predeterminado por el cliente para efectuar el disparo hacían un seguimiento de la víctima hasta encontrar una pauta que pudiesen aprovechar, pero siempre dejando por medio un espacio  considerable, Elio aducía que la proximidad con el objetivo podía provocar empatía y entorpecer la operación. Zaza sabía que la diversión que incluían los viajes era un ardid psicológico de su mentor para vencer sus reparos, la golosina con la que la atraía poco a poco hacia el lado oscuro.
    Todo el encanto que mostraba mientras la enseñaba desaparecía al llegar a casa, donde se volvía distante y exigente con sus estudios, fue su presión la que le obligo a finalizarlos, porque ella intentó abandonarlos en el momento que decidió que sí, que seguiría los pasos de Elio. Él le explicó que eran otros tiempos, que necesitaba disponer de un plan alternativo si en algún momento decidía retirarse, algo que no había podido hacer él, y que si no continuaba estudiando perdería su confianza.
    Finalmente llegó la prueba de fuego, él la acompañaría pero sería ella la que planificase la operación y la que finalmente apretaría el gatillo. La ciudad donde residía el sujeto era Marsella, tristemente famosa por el arraigamiento de la delincuencia. Pero una cosa era contemplar como Elio disparaba y otra muy distinta hacerlo ella, desde que se enteró hasta que emprendieron el viaje entró en un estado de ansiedad. Tenía la certeza de que no todos los objetivos eran culpables, que a veces tan se trataba solo de individuos que no cedían a la extorsión o la corrupción y que estorbaban los planes de la familia mafiosa para la que Elio solía trabajar, en realidad su mayor cliente. Pero él le había prometido que ella podría elegir, y puso especial cuidado en que su primera víctima fuese un tipo particularmente deleznable, un criminal de la nueva hornada que no dudaba en usar la violencia y el asesinato para lograr sus propósitos, hasta el punto que el titular de Interior francés se había desplazado recientemente a la ciudad a causa del ensañamiento que caracterizaban sus ajustes de cuentas, anunciando el envío de fuerzas de la gendarmería para atajar la ola de crímenes. Para los Veronesi aquella escalada de la violencia perjudicaba al negocio, no querían usar a sus propios soldados por el temor a provocar una guerra de bandas, que solo generaría pérdidas, de modo que encargaron a Elio la eliminación del mafioso.

sábado, 11 de enero de 2014

13 Sangre de alas rotas. Cruzando la linea





Cruzando la línea
    Bermúdez
    Esperaba que alguien del despacho de abogados fuera a recibir a Aicha y al Assassin, fue toda una sorpresa encontrarse al detective en la terminal de Barajas. Ya tenía intención de ocultarse para que Aicha no lo reconociese, pero la presencia del sabueso le obligaba a extremar las precauciones ahora. Le pasó las fotografías a Vladimir después de señalarlo.
    —Ten cuidado con él porque no tiene un pelo de tonto. Yo estaré cerca, aunque fuera del alcance de su vista. Lo que nos interesa ahora es saber dónde van a albergarse —le tendió las llaves del coche— Síguelos, yo tomaré un taxi cuando sepas la dirección. Supongo que será el Agumar de Atocha, que es donde tienen la reserva, pero es importante asegurarse, no podemos correr el riesgo de perderlos de vista.
    Vladimir sonrió con suficiencia.
    —Descuida.
    —Tampoco te hagas muy visible, que los mulatos grandotes como tú llaman la atención y no quiero que el Assanssin se quede con tu rostro grabado en la retina. Menos aún el detective.
    El holandés era parco de palabras, asintió con un gruñido y fue a situarse en una posición ventajosa. Él se replegó a un extremo de la terminal. Mientras esperaban la llegada del vuelo elucubró los siguientes pasos. La presencia del detective podía favorecer sus planes, cuando Vladimir acabase con la vida del Assassin seguramente el detective acudiría, sería un buen momento para secuestrar a Daniela. Al monstruo se le hacía la boca agua pensando en ello, hacía mucho que no se alimentaba. Los goces de la selva ya quedaban lejos, aunque siempre presentes, pululando inquietos en su cerebro.
    El bosque de Ituri había sido su santuario, en plena guerra un oasis de paz donde llevar a cabo sus anhelos más oscuros. Recordaba con nitidez a su primera víctima, hija de un trabajador de las minas de coltan. Las circunstancias eran favorables, el padre solo regresaba a casa un par de veces al mes y la familia vivía en un poblado asentado en las inmediaciones del bosque, dedicados al comercio con los mbuti, a los que le compraban la miel. Ella tenía dieciséis años y era virgen, o al menos eso suponía su hermano, al que embriagó para sonsacarle. Ya era raro que no hubiera sido violada por una de las facciones en guerra, pero el poblado proveía de alimentos a los soldados y se hallaba algo apartado de las rutas principales, lo que le confería una tranquilidad relativa. Otra forma de verlo era que el monstruo llegó antes que los otros. El que fuera virgen obedecía a las influencias de un sacerdote italiano que recorría los asentamientos próximos a la selva, que la había reclutado para la fe de Cristo y convencido de que llegara impoluta al matrimonio.
    Un día por semana se internaba en el bosque, hasta el poblado de los mbuti, para cargar con la miel, el pago lo hacía su padre cuando regresaba de la mina. Una negrita preciosa, le pareció al monstruo, que estuvo acechándola mientras buscaba una ubicación para llevar a cabo sus planes. La encontró en un poblado abandonado de los mbuti, un lugar idóneo en el que darle vida  a su ritual. Un martes fue el día elegido. La esperó a medio camino, el lugar más alejado tanto del poblado mbuti como de su choza, con los colobos formando un griterío por encima de su cabeza como si quisieran advertirla del peligro, pero los colobos siempre gritaban ante cualquier extraño y ella no le dio importancia. Pudo observarla llegando por el camino desde su posición privilegiada, cubierta por una vestido de alegres colores anaranjados que le llegaba hasta las pantorrillas, sus jóvenes pechos aún enhiestos apretados contra la tela mojada por la lluvia reciente que se le pegaba a la piel y marcaba sus pezones. Cubierta la cabeza por un pañuelo amarillo que dejaba escapar los rizos negros de sus trencillas sobre la frente, el cuello y los pómulos, estos brillantes y tersos, estandartes de un rostro de labios gruesos y sensuales, la nariz chata, pequeña y graciosa, los ojos de un tizón encendido aureolados por la blanca esclerótica  y perdidos en alguna ensoñación indolente que se columpiaba sobre la cadencia de sus hombros desnudos. Caminando hacia la gloria del monstruo, aciago destino embromándola después de haber escapado de las garras de la guerra y su secuela de violaciones. No le dio tiempo a reaccionar cuando se le echó encima, dejó caer los recipientes en los que iba a guardar la miel y elevó los brazos intentando protegerse ante la sombra que se le abalanzaba pensando que pudiera tratarse de un animal, acaso un leopardo o un papión, iba a gritar cuando la mano con el pañuelo empapado de cloroformo se lo impidió.
    Tuvo que cargarla hasta el poblado abandonado porque no quería correr riesgos, transportarla consciente hubiera sido un incordio, habría tenido que maltratarla para silenciarla y no deseaba perder parte de la diversión durante el trayecto, quería que la sorpresa fuese total, degustar cada feromona de horror que su cuerpo exhalase.

    Roth
    El descubrimiento de la existencia del Cónclave había resultado toda una sorpresa, pero no iba a permitir que el trio de vejestorios le arruinara sus planes. De haberse hallado Houari cerca quizás se lo habría pensado, pero con él y Aicha en España tenía las manos libres.  Había estado hábil Neville interceptando sus comunicaciones, lo que no sabía el consejero es que él tenía dispuesta una trampa por si a alguien se le ocurría hacer algo así. La había colocado pensando en Aicha, cuando la nombraron Mayor, previniendo que sus caracteres terminaran friccionando, y había saltado ante la intromisión de Neville. Respondió interceptando las suyas y siguiéndole los pasos, en persona porque no podía confiar en nadie ni sabía los motivos del consejero. Y él le había llevado hasta el Cónclave, un departamento en la sombra encargado de proteger a la Hermandad de las amenazas exteriores, al que pertenecía también Houari en calidad de jefe de los Assassins, y al que pensaban incorporar a Aicha en sustitución de Neville. A él le habían descartado como posible miembro por considerarlo demasiado manipulador, sin considerar siquiera la eficacia de su trayectoria política.
    Se acomodó tras el árbol y esperó, sabía que no tardaría en pasar. Tenía que silenciar a Neville antes de que avisara a Houari y rescatar la grabación, que sabía llevaba encima. Tan confiado que salió a dar su paseo diario por la selva. Sin la grabación poco podrían hacer los otros, sabrían que había sido él, pero teniendo localizado el peligro atajaría cualquier plan que se les ocurriese. Eran gentes de la Hermandad y sus intenciones buenas aunque erróneas, no les haría daño a no ser que fuera absolutamente necesario. Lo de Neville era caso aparte, era un peso pesado dentro de la Hermandad y no se iba a amilanar, su muerte era inevitable. Desaparecido Houari el próximo jefe de los Assassins sería su confidente y le tendría al tanto de las intenciones del Cónclave, del que pensaba formar parte en el futuro, cuando las riendas estuvieran en sus manos. El otro obstáculo era Aicha, a la que sin duda informarían Chung y Barbosa. Esperaría a ver su reacción  cuando Neville y Houari salieran de escena, conociéndola esperaba dificultades. Se le había pasado por la cabeza que Bermúdez también se encargara de ella pero lo desechó, demasiadas muertes, el Consejo podía recelar. No, tendría que lidiar con ella cuando regresara, aunque con los Assassins bajo su control el peligro que representaba sería mucho menor, estaría controlada. Con ella emplearía algún tipo de ardid que la hiciera perder el favor del Consejo y acabara con su carrera política, ya se le ocurriría la manera de llevarlo a cabo.
    El anciano, que ya se acercaba, era la causa de todos sus males. Era él quien había puesto en su contra tanto a Houari como a Aicha, el verdadero adversario. Había pensado acercársele por detrás y terminar con su vida sin que se enterase, pero no pudo resistir la tentación de anticiparle su derrota saliéndole al paso.
    —Buenas tardes, consejero.
    Neville dio un respingo al reconocerlo.
    —Buenas tardes, Roth —su astuta mirada lo envolvió—. ¿Le gusta el cine?
    ¿A cuento de qué venía aquella pregunta?
    —Me entretiene alguna veces, pero tampoco soy ningún cinéfilo.
    Neville sonrió.
    —No hace falta serlo para haber visto La guerra de las galaxias.  ¿La viste?
    — ¿Y quién no? ¿Por qué lo dice?
    — ¿Recuerdas la escena en que Obi-Wan Kenobi baja su espada laser ante Darth Vader y permite que acabe con su vida?
    Esta vez le tocó a él dar el respingo. ¿Qué insinuaba Neville?
    — ¿Intenta decirme que me espera la derrota aunque acabe con su vida?
    —Puedes interpretarlo como mejor te parezca. La muerte ya me acechaba, solo adelantarás su llegada unos días, acaso unas semanas. Me voy en paz, a eso me refería.
    El jodido viejo solo intentaba desmoralizarle, se las sabía todas. Pero no iba a retroceder ante su semblante risueño. Nada más tenían que decirse, clavó el puñal en su corazón con una trayectoria certera. Una, dos y hasta tres veces. Neville se desplomó con un gemido. Se apresuró a registrar sus ropas en busca de la grabación.
     Buscó por todas partes sin encontrarla y bufó contrariado. ¿Cómo era posible? Había salido con ella de la reunión del Cónclave y se dirigió a la selva sin pasar por sus aposentos. ¿Dónde demonios estaba el pendrive? Lo intentó bajo su ropa interior, sin resultados. ¿Lo habría tirado al reconocerlo? No lo creía, estuvo pendiente de sus movimientos. Ocultaría el cadáver, no podía dejarlo allí, tenía que ponerlo al alcance de las fieras, para que lo devoraran, sabía el lugar idóneo, su cuerpo desaparecería antes de que comenzara su búsqueda. Después buscaría el dispositivo. Mientras arrastraba el cuerpo sobre el suelo de la selva le vino a la cabeza la escena de la película y maldijo a Neville. ¿Que había querido decir el jodido viejo?

sábado, 28 de diciembre de 2013

12 Sangre de alas rotas. Amenazas



     Prólogo
    Tuve que tomarme un tiempo de descanso, pasado el cual vuelvo a la cancha.



Amenazas
    Peña
    Después de comer con Daniela visité a mi cliente para ponerle al día, también para evitarle gastos superfluos. Dado el cariz que estaban tomando los acontecimientos dudaba que siguiera en el punto de mira del asesino, el escolta ya no era necesario.
    —Prefiero continuar con él —me dijo—. Ese desalmado no ha dudado en ejecutar a esos dos empleados de la mensajería, cualquiera sabe cómo funciona su cerebro. ¿Y dices que llegará mañana la abogada argentina? Estoy deseando saber que tiene que contarnos.
    —Quizás solo intente establecer una cortina de humo entre el asesino y su cliente, me pareció entender como si fuera algo que se les hubiera ido de las manos.
    Losada salió un momento y regresó con la botella de Jack Daniels y dos vasos.
    — ¿Hielo? —preguntó.
    —Así está bien.
    Sirvió tres dedos en cada vaso.
    —Hay que averiguar que ha sido de Aguirreche. Esa mujer seguro que lo sabe.
    Me alegró oírle decir aquello, significaba que estaba decidido a llevar la investigación hasta el final.
    —Una cosa es que lo sepa y otra que quiera contárnoslo —tenía mis serias dudas—. Es más, no me extrañaría que trajera algún documento firmado por el propio Aguirreche en el que diga que está bien y que le dejemos en paz.
    —No vamos a conformarnos con eso —dijo tajante—. Me da igual donde se encuentre, iré a verle allá donde esté. Solo le creeré si me lo dice en persona. Y si le ha ocurrido algo daremos cuenta a la policía. A la española, a la argentina, y a la que haga falta.
    —La policía ya está metida en el ajo. Pero tendremos que andarnos con pies de plomo, sean quienes sean los que están detrás de todo esto sin duda tienen recursos. Y pocos escrúpulos, puesto que alguno de ellos contrató al asesino.
    Losada me miró a los ojos, buscaba respuestas.
    — ¿No te vendrá esto demasiado grande? Sé a lo que os dedicáis los detectives en España y no quiero ponerte en peligro. Los asesinos son asunto de la policía.
    Me daba la oportunidad de salirme del caso, se le notaba que era buena gente aunque hubiese nacido en el seno de una familia poderosa. Pensé en Daniela y en su seguridad, pero siempre me gustaron los desafíos.
    —A cada cual, lo suyo. Con despachos de abogados de por medio nadie pondrá mucho empeño en encontrar a Aguirreche. Terminemos lo que comenzamos.
    Me dedicó una sonrisa agradecida, estábamos en el mismo barco. Allí había terminado por el momento y me despedí. Cuando salí a la calle llamé a Muñoz-Seca, por si había noticias, quiso estar presente en la entrevista con la abogada pero le convencí de que era mejor que se quedara como último cartucho en la retaguardia hasta que supiéramos un poco más del asunto. Según sus informes  la abogada estaba limpia, aunque su actuación profesional era discreta o no constaba. Pero además del título de abogada, que había conseguido por la universidad a distancia, tenía un doctorado en ingeniería ambiental, un dato harto curioso. La entrevista se prometía interesante.
    Cuando llegué a lo de Daniela la pastelería había cerrado. Ya había aparcado el coche y ni ganas de volver a cogerlo, caminé hacia su casa. Le divisé parado en el cruce de la Avd. Doctor Esquerdo, confirmando mis presagios. Ni a Daniela ni a Paco los pude ver, debían ir mucho más adelante. Estaba lejos de mí pero era él, sin duda, sus mismos andares y sus mismos gestos, en el oficio nos solemos fijar en esos detalles. Llevaba un gorro de lana cubriéndole la cabeza y un abrigo oscuro. Para mi sorpresa no se encaminó hacía la casa de Daniela, sino que al cruzar torció hacia la Avd. Ciudad de Barcelona. De pronto apresuró el paso y se perdió en la boca del metro. Intenté seguirle, pero me sacaba distancia y cuando llegué ya era demasiado tarde, me pateé andenes y pasillos sin resultados. Por mucha prisa que se diese Muñoz-Seca en montar un dispositivo sería inútil, pero puede que por las cámaras supiéramos su estación de destino. Seguramente se habría bajado en cualquier parada para tomar un taxi o un autobús, pero había que intentarlo. Le llamé para que hiciese las llamadas pertinentes y que me permitiesen visualizar las cámaras acompañado de un inspector y luego llamé a Daniela para decirle que también esa noche llegaría tarde a verla, pero que necesitábamos hablar. Otro telefonazo a Paco para que no abandonara la vigilancia hasta que llegase.
    Cónclave
    Estaba demasiado mayor para afrontar esa clase de problemas. Y ni siquiera estaba seguro de compartir lo que había descubierto con los otros dos miembros del Cónclave, podían acusarle de interferir en la política interna de la Hermandad. Ellos debían limitarse a defenderla de los peligros exteriores, pero su frontera era una línea difícil de delimitar. ¿No era Bermúdez un peligro exterior por mucho que actuase bajo las órdenes del Director de Seguridad? Además, Houari era miembro de pleno derecho del Cónclave, los jefe de los Assassins siempre lo habían sido aunque no participasen en todas las reuniones, cualquier decisión precisaba de su voto. Y la institución tenía el derecho de defenderse de cualquier peligro. En esta ocasión la amenaza tenía su origen en una decisión del Jefe de Seguridad, una cuestión en apariencia interna, pero Roth había ordenado a Bermúdez que eliminara a Houari cuando llegara a España. La injerencia del Cónclave estaba más que justificada para proteger la vida de uno de sus miembros, eso lo tenía claro. ¿Pero cómo justificar el espionaje al que había sometido las comunicaciones de Roth?
    Atravesó la puerta decidido a asumir sus responsabilidades. El aire acondicionado se había estropeado en aquel sector de las instalaciones y el calor era sofocante. Adriana Barbosa paseaba como una fiera enjaulada, ahuecando el vestido por el escote y abanicando tanto la cara como sus voluminosos senos.
    — ¿Tan importante era que no podía esperar a que arreglaran el aire? —le espetó apenas cruzó la puerta.
    Chung le sonrió, condescendiente con el mal humor de Adriana. Su cuerpo menudo flotaba en la holgada sahariana.
    —Me temo que sí, el asunto es de trascendental importancia —contestó Neville, contándoles a continuación lo que había averiguado.
    Tanto el rostro de Adriana como el de Chung reflejaron la gravedad de los hechos a medida que se iban enterando. Ella fue la primera en intervenir.
    —Hay que pararle los pies como sea, ese hombre se ha vuelto un peligro —su dedo acusador señaló a Neville—. Lo que no quita para que hayas contravenido las directrices del Cónclave, no tenías derecho a espiarlo. Esa no es nuestra función.
    —Depende de cómo se mire —Chung intervino, conciliador—. Bermúdez es un peligro exterior, aunque esté bajo las órdenes de Roth. Diría que el espionaje al Director de Seguridad está justificado.
    Adriana Barbosa frunció el ceño.
    —Ambos sabéis que no es así —no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer—,  pero vamos a dejar esa cuestión para más adelante. Ahora lo que debemos hacer es atajar el problema, tenemos que destituir a Roth como sea.
    —Exacto, hay que ponerle el cascabel al gato —dijo Neville.
    —Se puede presentar  una moción de censura al Consejo, aportando los datos que tenemos —sugirió Chung— ¿Habéis grabado la conversación entre Roth y Bermúdez?
    Neville asintió.
    —Y Aicha puede intervenir por videoconferencia —apuntó Adriana—. Eso le daría fuerza legal a la denuncia dentro del Consejo. ¿Pero quién presentará la denuncia? Nosotros no podemos, de ninguna manera podemos evidenciarnos públicamente, nuestra misión prevalece por encima de cualquier otra consideración.
    —Que lo haga Aicha —a Chung le pereció lo más consecuente.
    Neville sonrió a sus amigos.
    —Sé que tratáis de salvarme, pero es responsabilidad mía. Yo plantearé la denuncia ante el Consejo y renuncio a mi puesto en el Cónclave. Aicha me sustituirá cuando vuelva, así que ella tampoco intervendrá, no es conveniente. Me creo con suficiente fuerza moral dentro del Consejo como para presentarlo como una decisión personal, que al fin y al cabo es lo que fue. Diré que una persona de confianza escuchó una conversación sospechosa por causalidad y que por ello mandé intervenir las líneas del Director de Seguridad.
    —Pero te pedirán que reveles el nombre de esa persona —objetó Adriana.
    —Me negaré y asumiré las consecuencias. Si es preciso también renunciaré a mi puesto en el Consejo.
    —No puedes renunciar a tu puesto —Chung se mostró firme—. La ubicación de la sede de la Hermandad aún no se ha resuelto y darías ventaja a los partidarios de Kazajistan.
    —No creo que sea preciso, pero si lo fuera no supondría mayor problema. Fue Roth cuando ejercía como Mayor el que propuso la ubicación en Kazajistan, no me costará desprestigiar ese enclave tras su destitución, incluso aunque me viera obligado a dimitir.
    Dejaron de poner objeciones, sabían que llevaba razón.
    —Tu marcha es premonitoria de la nuestra —sentenció Adriana con deje melancólico.
    Neville hizo un gesto de rechazo.
    —Algún día, por supuesto, pero no ahora, aún os queda camino por recorrer. Tenéis cuerda para rato.
    — ¿Has avisado a Houari del peligro que corre? —Chung, menos dado a los impulsos sentimentales, matizaba lo importante.
    —En cuanto aterricen lo haré. Faltan un par de horas.
    Adriana se escabulló hacia la cocina y regresó con una botella de Caipiriña helada y tres vasos.
    —La guardo para las ocasiones especiales. Esta lo es, y mucho. Brindemos.
    Zaza
    Un domingo, faltando dos semanas para que comenzara el curso, le dijo que preparara la maleta, que a la semana siguiente viajaría con él, no le quiso decir dónde. Hacía seis meses que se había sacado el pasaporte a instancias de Elio y de alguna manera estaba esperando el viaje, aun así le excitó mucho la idea de poder viajar al extranjero y por la noche le  costó conciliar el sueño.  Viajaron en primer lugar a París y luego a Praga, Elio actuando de cicerone y ella extasiándose con todo lo que él le enseñaba, no solo los lugares emblemáticos que servían de reclamo para los turistas sino también los rincones mágicos y aquellos que rezumaban la esencia y la vida de las dos ciudades. Hasta que subieron a aquel quinto piso junto a una de las orillas del rio Moldava repleto de muebles viejos y llenos de polvo fue un viaje maravilloso. Pensó que la maleta que portaba Elio, que había recogido de una tienda de antigüedades, contenía dinero, seguía creyendo que se dedicaba al blanqueo de dinero y cuando le entregó los guantes para que se los pusiera antes de subir creyó que sería para no dejar huellas y que iba a presenciar alguna entrega de efectivo. La llave que utilizó para abrir la puerta era nueva y le costó encajarla en la gastada cerradura, el piso estaba vacío a excepción de aquellos muebles que habían conocido su esplendor hacía muchos lustros, olía a cerrado pero también a usado, e imaginó que sus últimos habitantes lo tuvieron que ser por mucho tiempo, dejando a su marcha su olor impregnado en las paredes. Por la falta de huellas en el polvo del suelo dedujo que pocas personas habían pisado su entarimado en las últimas semanas. Elio depositó la maleta junto a una ventana cubierta por una amarillenta cortina que en su día debió ser de color crema y atisbó el exterior sin descorrerla, después se arrodilló en el suelo y abrió la maleta, en su interior albergada uno de sus rifles de precisión desmontable en piezas que comenzó a ensamblar. Ella no pudo evitar un mal presentimiento pero se resistía a creerlo, trató de buscar una explicación en su mente que justificara la escena.
    —A esto me dedico, mató por dinero —la voz de su mentor disipó cualquier duda posible.
    La antigua Zaza habría tenido un ataque de pánico ante una revelación de tal calibre, pero él le había enseñado a controlar su cuerpo y sus emociones. Aun así no supo que decir.
    —A gente indeseable —continuó Elio— Si bien es cierto que los que me pagan no son menos indeseables. Sé cómo te sientes, es difícil de digerir, pero tampoco es tan terrible como parece. De no ser yo otro lo haría, solo soy un instrumento. Y a los que mato son criminales, el mundo está mejor sin ellos.
     No siempre era así, como averiguaría con el tiempo, pero en esos momentos se aferró a esa afirmación como si fuera su tabla de salvación, necesitaba una justificación para no huir echando a perder todo lo que él le proporcionaba. También era lo suficientemente lista para comprender que abandonarlo implicaba un peligro de muerte, no iba a dejarla marchar ahora que lo sabía. Y de alguna forma él lo había preparado en aquellos años que llevaban juntos, le había enseñado a valorar la vida que ahora llevaba y le había creado una dependencia de todo lo que él significaba para ella. No fue hasta que conoció a Noe que comprendió que la relación con Elio había sido insana, no solo por la naturaleza de su profesión y porque la hubiera arrastrado a emularlo, sino porque había deformado sus emociones y valores para adaptarlos a su realidad, como si ella fuera la discípula y el maestro en una especie de secta formada por ambos. Y ni el paso del tiempo ni su muerte habían conseguido que se librara totalmente de su influjo. Elio siempre estaba ahí en un rincón de su mente, era un cabronazo que la había mangoneado a su antojo pero también le había abierto la puerta a un mundo que nunca hubiese alcanzado por sí misma, aunque Noe se empeñara en lo contrario.
    Ahora podía verlo todo desde otra perspectiva, gracias a Noe, le estaba costando desprenderse de la herencia dejada por Elio pero poco a poco lo estaba consiguiendo, redefinía sus valores. Había conocido a más gente condicionada completamente por su entorno que asumían como verdadera una concepción de la vida parcial y tergiversada, existían muchas clases de sectas en la sociedad.
    El sistema empleado por Elio, aséptico y a distancia, contribuyó a que todo pareciese menos tortuoso. Mientras armaba su rifle en aquel piso de Praga le fue dando datos de su futura víctima. Se trataba de un tratante de blancas, un sádico que disfrutaba causándoles daño a las mujeres. Se le suponían varios asesinatos por ajustes de cuentas y se le achacaba la responsabilidad en la desaparición de al menos tres cuya última dirección conocida estaba vinculada a alguno de sus prostíbulos de lujo. Pero no era por eso que el contratista que había encargado su eliminación a Elio deseaba su desaparición, evidentemente ellos, pues se trataba de la familia Veronesi, solo pretendían quitar de en medio a un rival molesto en los negocios. Casi siempre se trataba de los Veronesi, una familia mafiosa, terminaría por conocerlos y hasta tuvo una especie de romance con el sobrino del capo, pero frente a la ventana del piso de Praga solo sabía que Elio se disponía a matar a un hombre y que no terminaba de digerirlo. Los preparativos le resultaron familiares, no diferían mucho de los que ensayaba con Elio en la nave cuando practicaban el tiro al blanco, y los maniquíes de goma sobre los que disparaban cobraban ahora todo su significado. Pasaron las siguientes horas en espera, Elio no insistió en tratar de justificar lo que hacía y trató de llevar la conversación como si estuvieran una tarde cualquiera en el salón de casa, era ella la que trataba de encontrar excusas en su mente para que su mundo no se derrumbara. Sin duda un sádico que torturaba y mataba mujeres se merecía la muerte, esa clase de gente no se reformaba, le preguntó a Elio si después de todo no iban a cambiar un lobo por otro y este le respondió que solo en el sentido de que seguirían vendiendo su cuerpo, pero que quien le había contratado enfocaba aquello como un negocio y no le gustaba maltratar la mercancía, que estarían mucho mejor bajo su protección. No insistió, por mucho que tratase de buscar razones no iba a encontrar un sentido moral a que él fuera un asesino a sueldo, se veía incapaz de denunciarlo después de todo lo que había hecho por ella y asumió que tras hacerla partícipe de su secreto no iba a dejarla marchar, se trataba de una política de hechos consumados que tendría que asumir hasta que decidiese que rumbo tomar, si es que encontraba fuerzas para asumir una decisión contraria a las intenciones de su mentor.
    En el transcurso de la tarde Elio la hizo mirar varias veces por la mira telescópica, que enfocaba un portal de la otra orilla. De alguna manera la distancia restaba dramatismo al hecho, no existiría conversación por medio con el objetivo ni tensión en el momento de abatirlo, al cabo parecería como uno de esos disparos efectuados en la pantalla de un videojuego, incluso menos emocionante. O así trato de interpretarlo para poder digerirlo. Y en cierta forma así fue, a las ocho de la tarde Elio tomó posición y no separó el ojo de la mira telescópica hasta media hora después, cuando su dedo apretó el gatillo. El ruido del disparo fue amortiguado eficazmente por el silenciador, a ella le recordó el restallido de un látigo, algo muy diferente al estruendo de un disparo libre. La habitación estaba a oscuras, no había manera que desde el lugar en que había caído batido el objetivo pudieran distinguir nada. Elio la hizo observar por la mira telescópica, el cuerpo apenas era visible porque los viandantes se iban acumulando a su alrededor, ni siquiera se apreciaba que hubiera una mancha de sangre a causa de la herida abierta por la bala, la lente establecía una especie de ajenidad con la escena colocándolos en una especie de realidad diferente, como si lo que estuviesen contemplando fuera una película. Elio la apartó del fusil y precedió a desmontarlo, apenas pronunciaría palabras hasta que volvió a desprenderse de la maleta sumergiéndose en el portal que había junto a la tienda de antigüedades, cerrada ya para el público. Luego se dirigieron a un restaurante donde tenían mesa reservada, sin duda Elio la había elegido pues estaba alejada de las otras mesas, lejos de oídos indiscretos. Fue en esa mesa donde defendió su modo de vida y trazó las líneas para embarcarla a ella en aquella faceta de su vida.