lunes, 9 de septiembre de 2013

9 Sangre de alas rotas. Dama.


  
  
 Prólogo
    Se acaban las vacaciones, retomamos la historia mientras sopeso con que cariz afronto los próximos meses, que rutinas variar y que proyectos encaro.


    Dama         
    Bermúdez

    Todo para nada. Roth le había dicho que su incursión en la mensajería había sido en balde, tenían la dirección de Almendros. Estaba muy cabreado y le prohibió cualquier tipo de acción hasta nuevas órdenes. Bueno, eran los riesgos de dejar al monstruo libre, que no pensaba con claridad, la sangre lo cegaba. Sí que había cedido al envío de dinero para borrar sus huellas, necesitaba un coche nuevo y documentación falsa para adquirirlo, que habían enviado a un apartado de correos. Del Kadett se había deshecho y circulaba en transporte público. Y desligarse momentáneamente de sus obligaciones con la Hermandad le favorecía, así podía dar rienda suelta al monstruo. Saciaría su sed y de paso se vengaría del detective. Cuando viera en lo iba a quedar convertida su amante seguro que se le quitaban las ganas de investigar. Pero tendría que andarse con cuidado para no dejar huellas que pudieran implicarlo, el monstruo sin riendas era irracional.
    Regresó al domicilio de la chica después de deshacerse del coche, no había dormido nada, se situó a una prudente distancia para que el detective no lo descubriese. A primera hora de la mañana la gente salía para sus trabajos y habría resultado sospechoso recurrir a los prismáticos. Primero salió él, parecía llevar prisa. Al rato salió ella, más calmada, supo que era ella porque momentos antes de bajar se había apagado la luz del salón del primer piso, también por el pelo trigueño, que fue en lo único en que se fijó la noche anterior, el resto de su atención la había acaparado su cuerpo desnudo. Iba sin prisas, le resultó fácil seguirla. Vestía abrigo negro, medias transparentes y zapatos de tacón a juego. Tampoco fue muy lejos, a una pastelería en la calle Abtao. Dos personas en la puerta esperándola, una chica joven y un tipo alto y fuerte, debían ser empleados porque fue ella la que abrió el cierre de seguridad, la siguieron al interior. Consultó el reloj, las ocho y media, seguramente abrían a las nueve y llegaban media hora antes para preparar la tienda. Necesitaba verla de cerca, esperaría. Hizo tiempo tomando café en el bar de al lado, escuchando las conversaciones sobre futbol de los empleados del cercano mercado de Pacífico. El monstruo acechaba, quería verla.
    La suerte estuvo de su parte, entró para pedir tres cafés con leche que el camarero comenzó a preparar en vasos de plástico. El monstruo rugió al verla, era ella, su presa. Daniela, así la había llamado el camarero al darle los buenos días. Reconoció el pelo ondulado y trigueño con reflejos dorados y las medias, había sustituido los zapatos de tacón por unos zuecos. La bata blanca de trabajo no enseñaba nada pero se le ceñía deliciosamente a piel y se notaba que solo llevaba la ropa interior debajo. Sus ojos eran grandes y felinos, de un marrón claro similar al del café con leche y veteados de verde, tenía la nariz recta y los labios carnosos tocados con un discreto toque de carmín rojo. El monstruo se relamió, anticipando el horror en su mirada.
    La guerra le llevó a las inmediaciones del Bosque de Ituri, el señor de la guerra quería cobrar el canon en las próximas excavaciones mineras. Un bosque lluvioso, mágico. Poblado por los mbuti, el pueblo pigmeo. Siempre había pensado que los bosques lluviosos serían una maraña impenetrable pero descubrió que no, la pugna se celebraba en lo alto, entre el dosel y las capas inferiores, allí batallaban por un poco de luz toda clase de epífitas, lianas y enredaderas, la sombra perenne que cubría el suelo permitía poca vegetación. Derrumbes, tormentas e incendios ocasionales creaban claros dispersos aprovechados por los mbuti para establecer sus poblados, compuestos de quince o veinte miembros. Al cabo de un tiempo los abandonaban para no esquilmar los recursos naturales. Utilizó estos poblados vacios para llevar a cabo sus rituales de muerte, buscaba vírgenes entre las poblaciones cercanas y las secuestraba, a nadie le extrañaban las desapariciones en medio de la guerra.
    Alejó los recuerdos del monstruo y contempló a Daniela saliendo de la cafetería. Tenía que descansar, necesitaba estar fresco para trazar un plan. Cuando despertase ya tendría la documentación y el dinero enviados por Roth en el apartado de correos.

    Aguirreche

    — ¿Entonces los códices no pertenecen a la biblioteca?
    Se habían desplazado desde la Hermandad a la mansión de Horacio Almendros para conocer la Biblioteca del Diablo, ante la insistencia de Aguirreche.
    El octogenario arqueólogo renqueaba un poco al andar, pero su intelecto se conservaba fresco.
    —No —contestó—. Los códices son ensayos elaborados por lingüistas de la Hermandad, retórica del lenguaje. Y también un por si acaso, idiomas en reserva por lo que pudiera ocurrir, fáciles de aprender. No hay nada de interés en la traducción del Manuscrito Voynich, fue el trabajo de una tesis universitaria. Lo que ahora nos ocupa sí que reviste interés. ¿Me ayudas? Mis fuerzas ya no son las mismas.
    Aguirreche empujó las altas puertas que daban acceso a la biblioteca. La fortuna de los Almendros permitía conservar la enorme sala en condiciones óptimas de temperatura y humedad. Albergaba veinte mil ejemplares, entre los que destacaba el espacio dedicado a la Biblioteca del Diablo. La caprichosa altura de sus libros, cincuenta y dos con tres centímetros, obediente a un sistema métrico desconocido, había obligado a modificar los estantes, construidos con madera de cerezo y uniones de sándalo sobre fondos de pino. Recordó las descripciones que Carbonell le hizo de la biblioteca de Salamanca y supo que Horacio la había construido a imagen de la de la mansión familiar. Fijó su vista en el suelo y comprobó que, como los salmantinos, eran de mármol rosado. Entre cuatro y cinco metros de altura calculó que tendría cada sección de la librería, unas cómodas escaleras ancladas a un riel en el suelo permitían alcanzar los estantes superiores. Varias mesas distribuidas por los anchos pasillos invitaban a la lectura en medio del sobrecogedor silencio. La iluminación, tanto directa como indirecta, provenía de unos focos estratégicamente dispuestos y de elegantes lámparas de pie decoradas con pantallas verdes.
    — ¿No resultan fríos estos suelos de mármol? —preguntó a Horacio.
    —Estos no, llevan un sistema de calefacción bajo ellos, si pones los pies en el suelo sientes el calor. Se construyeron para andar descalzos y que los ruidos de las pisadas no molestasen a los lectores —Horacio se detuvo, luego se adelantó un paso y señaló los altos lomos pardos— Aquí la tienes, la Biblioteca del Diablo.
    Aguirreche tomó uno de los ejemplares y acarició el forro, tal como le dijera Carbonell acharolado, como de reptil pero sin ningún tipo de estría o escama. Abrió el tomo y apreció en la otra cara el hueso que daba sustento a las tapas. La obra que albergaba, “la náusea” de Sartre, era lo de menos.
    — ¿Habéis averiguado a que animal pertenecieron estos huesos?
    —A ninguno conocido. Podrían coincidir con alguno de los grandes saurópsidos del mesozoico, antes de la aparición del hombre.
    — ¿Y entonces?
    —No lo sabemos, es un enigma que aún estudiamos. Nuestros químicos han encontrado huellas de la escritura que contenían los textos adherida a la superficie del hueso. No se ve a simple vista pero está ahí. Estamos recopilando los caracteres y relacionándolos con las palabras que forman, aunque como hay muchas palabras incompletas porque en el hueso la adherencia no es total es un proceso lento. Los caracteres no tienen semejanzas con ninguna escritura conocida, así que ni siquiera tenemos la certeza de lograr nuestro objetivo.
    —Que es traducir esa lengua.
    —Así es, querido colega —Horacio Almendros suspiró volviendo a colocar el ejemplar en su lugar—. Sería el culmen de mi carrera profesional. Pero me temo que moriré sin lograrlo, hasta ahora nuestros lingüistas no han conseguido gran cosa.
    Aguirreche estaba extasiado.
    —La escritura desconocida, el hueso, la piel de las tapas...las implicaciones son fascinantes —dijo entusiasmado.
    —O no, quien creara la biblioteca pudo utilizar los huesos de algún depósito acumulado por la naturaleza, un extinto pantano o algún lugar similar.
    — ¿Los habéis datado?
    Horacio Almendros sonrió.
    —Eso es lo más desconcertante de todo, no conseguimos mediciones precisas, están contaminadas. La datación nos proporciona una edad en la que esos animales estaban extintos, en los albores de la aparición del hombre. Seguimos realizando pruebas pero desconfiamos de los resultados, lo único que puede desvelar el misterio es la interpretación del lenguaje que emplearon.
    —Tienes que enseñarme lo que habéis conseguido hasta ahora —dijo Aguirreche.
    —Por supuesto, querido amigo, en cuanto volvamos a la Hermandad. Ojalá que Carbonell pudiera acompañarnos.
    —Eso también tendrás que explicármelo, hasta ahora he creído que fue la Hermandad la que acabó con su vida.
    —Y puede que sea cierto. No la Hermandad, pero sí alguien que pertenece a ella. Roth tendrá que dar cuentas, he elevado una petición al Consejo.
    — ¿El Director de Seguridad? —Aguirreche le había conocido a su llegada. Circunspecto y de mirada astuta, amable en su discurso.
    —Sí. Cada vez que hablo con él tengo la sensación de que no juega limpio, como si guardase un as en su manga. No es nada concreto, una intuición, pero he aprendido a fiarme de mis intuiciones, casi siempre son acertadas. Y la explicación que dio respecto a la muerte de Carbonell tenía lagunas, sonaba a farsa —tomó el brazo de Aguirreche—. Ven, mis piernas están cansadas. Vayamos a tomar algo mientras te cuento más sobre la Hermandad y sus vericuetos.
    Zaza

    La finca de Elio constaba de un chalet de dos plantas con jardines y piscina y un gran terreno circundante plantado de árboles, a la derecha del chalet se alzaba dos naves, la más pequeña estaba destinada a albergar herramientas, tanto las del jardinero que acudía todas las mañanas de ocho a doce como las del propio Elio, ordenadas en baúles y armarios provistos de candados. La otra nave fue desde el principio un misterio para ella, el único que traspasaba sus puertas era Elio. Tres mastines blancos custodiaban  la finca, rodeada de una alta alambrada, una vez que se familiarizaron con Zaza fue ella la que se encargó de alimentarlos. No prescindió de la señora de la limpieza que acudía todas las mañanas, la rutina impuesta por su mentor la mantenía casi todo el tiempo ocupada, aunque la ayudaba siempre que podía. Un profesor de inglés le daba clase por la mañana y otro de alemán por las tardes, mientras que dos universitarias se ocupaban de que prosperara en la ESO. En la casa siempre había efectivo para los gastos y ella fue la encargada de administrarlo, aparte de su sueldo podía gastar en ropa, cosméticos y todo lo que necesitara tirando de aquel dinero. Podía salir pero no llevar nadie a la casa y al principio apenas salía, excepto los viajes que realizaba a Barcelona para correrse alguna juerga con sus amigas y follar con Carlas, del que a medida que transcurrían los meses se fue distanciando. Comenzó a alternar los viajes a Barcelona con salidas a Madrid junto a las dos universitarias que le daban clases, donde conoció otro tipo de gente, nuevos ambientes que atrajeron su curiosidad y en los que disfrutaba aunque no terminara de integrarse en ellos, siempre contemplados desde cierta distancia.
    Elio iba y venía, a veces pasaba temporadas en la casa y otras las pasaba fuera. Siempre que estaba se encargaba de la cocina y mientras preparaba sus elaborados platos la sentaba a la mesa de la cocina y le preguntaba por todo lo que había hecho en su ausencia y por la gente que conocía, de paso le explicaba las recetas, ella  se manejaba bien en los fogones y no le costaba asimilar sus enseñanzas. Los fines de semana que ella no salía pasaban la mañana en la surtida biblioteca ubicada en la planta baja de la vivienda, leyendo. Cada cual según sus gustos, Zaza tenía además libertad para encargar aquellos libros que se le antojaran, y los leídos por ambos luego los comentaban durante sus sesiones culinarias. Por la tarde iban a Madrid a ver alguna película y luego solían tomar unas copas, él tenía un apartamento por la zona de Noviciado y en esas ocasiones solían pernoctar en él. Los antros a los que la llevaba solían ser originales, algunos de ambiente underground, otros oscuros y llenos de reservados. A veces iban a garitos de acceso restringido y clientela peculiar, entre la que predominaban los tipos de mirada torva y sonrisa cruel, los cínicos prepotentes y los sujetos taimados. Se hacían acompañar por mujeres atractivas que marcaban o exhibían generosamente sus encantos, era difícil sustraerse a su embrujo a primera vista, aunque en las distancias cortas la conversación con la mayor parte de ellas resultaba insulsa y aburrida. Las que aunaban atractivo y personalidad ejercían una marcada fascinación en Zaza, trababa conversación con ellas cuando Elio se ausentaba de la mesa para perderse en las dependencias interiores acompañado de alguno de aquellos individuos. Así fue como se enteró de que la clientela de aquellos antros no solía ser trigo limpio, hilando los frecuentes viajes de Elio en seguida sospechó que se dedicaba a blanquear dinero para aquella gente. Tal sospecha la llevó a la suposición de que lo que tan celosamente guardaba en aquella nave a la que solo accedía él era el dinero de sus clientes antes de darle salida a los paraísos fiscales.
    Durante dos años le preguntó por lo que albergaba aquella nave y él siempre se negó a revelárselo, decía que todavía era muy joven, que se centrase en los estudios. Pero al cumplir los dieciocho Zaza le pidió de regalo que le desvelara el secreto que encerraba la nave y Elio accedió. Donde ella esperaba encontrar maletines repletos de dinero descubrió una galería de tiro insonorizada y una extensa colección de armas, el enigma que encerraba la puerta que siempre permanecía cerrada resultó ser su afición a las armas. Le extrañó que algunos de los blancos fueran maniquíes de goma pero no le dio mayor importancia, sabía que la gente de dinero tenía aficiones peculiares y si como suponía Elio se dedicaba a blanquear dinero por fuerza tenía que estar estresado y aquella debía ser su forma de relajarse. Él se ofreció a enseñarla a tirar y ella aceptó, le pareció divertido. Que empezaran a hacer diferentes clases de ejercicios, especialmente de flexibilidad y aeróbicos, no la entusiasmó tanto, pero su cuerpo se benefició de ello. De la mano de Elio se convirtió en una excelente tiradora en el transcurso de los dos años siguientes.
    Entre unas cosas y otras tenía ocupado casi todo el tiempo, pero merecía la pena, comparando aquellos primeros años pasados junto a Elio con su vida anterior la experiencia era claramente positiva, se le exigían esfuerzos, sí, pero también se la recompensaba por ellos. A eso había que añadir la fascinación que sentía por su mentor, le quería como al padre que no tuvo y a la vez le amaba como hombre, aunque nunca se atrevió a hablar con él de ello tras su primera negativa. Pese a sus sentimientos entendía que una relación entre ambos podía dar al traste con todo lo demás y comprendía que no podía arriesgarse. No le faltaba sexo cuando salía y lo buscaba, así que soterró esa parte de sus sentimientos y se volcó en la afección paternal encareciéndola con un halo de sublimación. Pero todo su mundo se tambaleó cuando Elio le reveló la verdadera naturaleza de su cometido.

domingo, 18 de agosto de 2013

8 Sangre de alas rotas. Cálido despertar.



  Reincorporándome a mis hábitos y cambiando viejos por nuevos. Sigo sin tener claro el título pero avanzo hacia el final. Aqui incluyo la siguiente entrega de Zaza. Lo malo de releer lo escrito es que siempre lo encontramos mejorable. Está bien mejorarlo, pero en algún momento hay que parar el proceso y exponerlo o corremos el riesgo de terminar borrando la esencia que lo alimentó.



Aicha

    — ¿Entonces Houari está a vuestras órdenes? —preguntó Aicha, aún sorprendida por las revelaciones de Neville.
    —No exactamente, tiene voto como nosotros y cualquier decisión del Cónclave necesita de su aprobación. Pero puede decirse que los Assassins en conjunto sí que lo están, siempre que estas órdenes no contradigan las del Consejo, las del Mayor o las de su jefe inmediato, el Director de Seguridad. Recuerda que nuestras misión es preservar a la Hermandad de las amenazas exteriores, no la de interferir en sus decisiones.
    —Ya, por eso buscáis los miembros entre los estamentos superiores —su trayectoria política la había vuelto recelosa— ¿Forma Roth parte de esto?
    Neville apreció la sagacidad de la Mayor.
    —No, Chung y Barbosa son los otros miembros. Nunca se consideró la posibilidad de incluir a Roth, su tendencia a manipular para conseguir sus objetivos ya es un obstáculo, pero además no estamos de acuerdo con los métodos que emplea, que exponen innecesariamente a la Hermandad. Antes de la caída de las Torres Gemelas podíamos minimizarlos gracias a los Assassins, pero desde entonces pendemos de un hilo con sus decisiones, especialmente desde que se hizo cargo de la Dirección de Seguridad. Aun así nadie duda de su eficacia.
    Aicha preparó un mate mientras repasaba mentalmente a los miembros del Conclave. Albert Neville pertenecía al Consejo desde que ella tenía uso de razón, un inminente microbiólogo reclutado entre la efervescencia de Mayo del 68, sus opiniones siempre fueron ponderadas y su dominio de la retórica solía decidir al Consejo en favor de sus postulados. Yuang Chung tenía una mente brillante y dedicaba sus esfuerzos a la física cuántica, sus logros habían contribuido al avance de esa rama de la física aunque otros se llevaran los laureles, nunca lo hubiera imaginado en avatares políticos. La tercera integrante del Cónclave, Adriana Barbosa, era una experta genetista implicada en el proyecto de vida artificial de la Hermandad y tenía fama de tener el genio vivo, sus exabruptos eran famosos y si bien no pertenecía al Consejo participaba activamente en la Comisión de Presupuestos y siempre rugía para que se incrementasen los fondos. Respecto a Houari le costaba ser objetiva en ese momento, impregnada por los ecos de su relación.
    Neville esperó pacientemente a que terminara de preparar el mate, intuía lo que pasaba por la cabeza de Aicha y respetaba sus dudas y cavilaciones, un proceder precipitado sí que hubiera despertado su alarma.
    — ¿Y a qué se debe la ampliación de los miembros del Cónclave? —preguntó ella tras dar el primer sorbo.
    —Más bien se trata de una sustitución, la mía —hizo un gesto con la mano rechazando el mate, lo suyo era el café—. Mis huesos no dejan de protestar y no se puede improvisar un sustituto. Hubo una reunión y saliste elegida tú. Pero tendrás que demostrar tu valía enfrentándote a la crisis que nos ocupa.
    — ¿A qué crisis te refieres?
    —Una que mantiene varios frentes. Por una lado tenemos el empeño del consejero Oliveira, creemos que auspiciado por Roth, para que la ubicación de la sede de la Hermandad  nos lleve a Kazajistan. Es cierto que necesitamos de ciertos minerales para nuestras investigaciones, pero no los deseamos manchados de sangre. Mientras Roth fue Mayor los trajo del Congo y Kazajistan se nutre de la misma fuente. Es preferible la ubicación en los Cárpatos y el abastecimiento a través de fuentes legales, aunque para ello tengamos que recurrir a sociedades fantasmas, que pese a ser más costosas minimizan los riesgos. Es un frente en el que llevamos ventaja ya que los partidarios de Oliveira son minoría, pero nos vendría bien que te decantaras por nuestra causa más activamente.
    Aicha clavó su mirada en la de Neville.
    —Pero el que nos abastezcamos o no con minerales manchados de sangre es una decisión política de la Hermandad. ¿Por qué desea influenciarla el Cónclave?
    Era una pregunta con cebo. Neville aceptó el reto con una sonrisa aprobatoria, le gustaba aquella mujer.
    —No lo deseamos, pero la clase de personas con las que hay que relacionarse para conseguir el coltan proveniente del Congo si que suponen un riesgo evidente para la Hermandad, son delincuentes y su comportamiento es imprevisible, la prueba evidente es Bermúdez, la otra cara de la crisis. Así que está totalmente justificado el que tratemos de influir para que la sede se lleve a los Cárpatos. O al desierto australiano si fuera preciso, el caso es alejarse del riesgo que supone el Congo.
    — ¿Qué pasa con Bermúdez? —espetó Aicha—para ella también suponía un quebradero de cabeza el español.
    —Una elección totalmente desafortunada por parte de Roth. Solucionó el problema de Schuman eliminándolo cuando no era imprescindible, después descuartizó en Buenos Aires al periodista que lo entrevistó. Estamos convencidos de que fue él quien atropello a Carbonell, y por si eso fuera poco acaba de matar a dos empleados de una agencia de mensajería, una acción totalmente gratuita que ni siquiera consiguió el fin que perseguía, un detective estuvo preguntando en el despacho de abogados que representan los intereses de Horacio Almendros en España.
    Aicha sintió crecer su furia conforme digería las revelaciones de Neville.
    — ¿Y por qué no he sido informada? Se supone que soy la Mayor —aunque podía adivinar la respuesta.
    —Roth —contestó Neville—. Lo de Schuman ya lo conocías, fuiste tú la que le enviaste confiando en los consejos de Roth, de lo del periodista no podíamos informarte sin descubrirnos y aun no estaba decidida tu inclusión en el Cónclave. Respecto a Carbonell no hay prueba alguna, aunque ya lo sospechabas. Las noticias sobre la muerte de los dos empleados llegaron esta mañana,  si Roth no te ha hecho participe de ellas será porque trata de resolver a su manera el desaguisado. Siempre fue un elemento valioso, un tanto manipulador pero eficiente en el desempleo de sus funciones, pero el actual problema se le está yendo de las manos, ni controla a Bermúdez ni es capaz de borrar el rastro de Aguirreche.
    Aicha estuvo a punto de soltar un exabrupto pero se contuvo, se sentía traicionada, manipulada también. Se levantó y paseó de un lado a otro de la estancia, como una fiera enjaulada, estaba deseando poner en su sitio al Director de Seguridad. Neville dejó que el paseo aplacase  su ira.
    — ¿Me hubieseis elegido de no ser la Mayor? —Aicha casi mordía.
    —Roth lo fue durante mucho tiempo y jamás pensamos en él como miembro del Cónclave. Pero te mentiría si no dijera que tu cargo es un valor añadido a tus cualidades. Digamos que otras personas reunían también las condiciones, pocas, si eso lo que deseas saber. Hubiera sido estúpido no aprovechar todas las ventajas. Ahora mismo tú eres la única que puede solventar la crisis.
    ¿Que tenía en mente el viejo zorro? Una parte de ella se sentía utilizada y otra agasajada.
    — ¿Cómo? ¿Habéis trazado un plan?
    —Tan solo una idea, que tú tendrías que desarrollar, evidentemente. Nuestro brazo armado, por llamarlo de alguna manera, siempre fueron los Assassins. Sin ellos estamos en desventaja, pero desde los de las Torres Gemelas era un peligro hacerlos cruzar la aduana con documentación falsa. Afortunadamente es un inconveniente a punto de solucionarse. Pero no disponemos de tiempo, lo de España es urgente. Pensamos que podríais desplazaros Houari y tú como pareja y solucionarlo sobre la marcha. Con tu ropa occidental serías el cebo perfecto para que Houari pase desapercibido, añadiendo que los pasaportes incluyen parte de las mejoras y es casi imposible detectarlos. Como Mayor tomarás las decisiones y Houari asumirá las funciones propias de un Assassin, será tu brazo armado. También aportará su experiencia en lo que necesites. A grandes males, grandes remedios.
    Ella no lo hubiera planeado mejor, tenía que reconocer su idoneidad, por no hablar de lo atractivo que le resultaba un viaje en compañía de Houari, pero esa era otra historia.
    —Antes de marchar tendré que ponerle los puntos sobre las íes al Director de Seguridad —concluyó
    —Forma parte de tus obligaciones como Mayor. Va siendo hora de que alguien haga aterrizar a ese hombre.
    Había más preguntas, por supuesto, pero ya tendría tiempo de formularlas a la vuelta del viaje. La Hermandad era lo primero y la presunción de Roth la estaba exponiendo. Se despidió de Neville y caminó decidida hacia el despacho del Director de Seguridad.

    Peña

    Daniela tenía un sexto sentido para adivinar las jornadas que me traían desasosiego y una forma deliciosa de eliminarlo. La contemplé, desnuda y hermosa al amanecer, el pelo trigueño revuelto y la sonrisa lasciva, el caramelo de sus ojos incendiado en vetas verdes que refulgían con el placer. Arqueaba el torso al ritmo de sus caderas y sus pechos iban y venían en un vaivén goloso. Me arrastró a su danza cadenciosa...
    Mientras le preparaba unas tostadas le conté las vicisitudes del día anterior, me previno contra el asesino, no le gustaba el caso. A mí tampoco, pero eran gajes del oficio. Admirando sus curvas mórbidas asomando bajo la bata transparente tuve deseos de tomarla allí mismo, sobre la mesa de la cocina, pero era tarde y Muñoz-Seca impaciente, mejor no hacerle esperar. Me despedí con un beso y salí camino de la UDEF.
    No sabía cuanto habría dormido Muñoz-Seca, evidentemente menos que yo, pero allí estaba, al pie del cañón, exhibiendo su pose de artista de cine. El asesino se había escapado del asedio policial, pero teníamos el lugar donde habían ido a parar los documentos de Aguirreche, una villa a las afueras de Buenos Aires propiedad de Horacio Almendros. Así pues el arqueólogo solo había desparecido en parte, de cara al público, quizás a Aguirreche le hubiera pasado lo mismo.
    Aparentemente eran buenas noticias para mi cliente, siempre que fuese lo que parecía. Lo malo es que el único hilo que teníamos del que tirar era un despacho de abogados, mal asunto.
    —Este es el mismo despacho de abogados que paga los recibos de la comunidad de Aguirreche —le hice saber a Muñoz-Seca—. Los pensaba visitar esta mañana.
    —Hazlo después de ayudar con el retrato robot del sospechoso. Ya sabemos el coche en el que huyó de la escena, un Opel Kadett más viejo que Matusalén pero en buen estado, denunciaron su robo a primera hora. Nosotros de momento poco podemos hacer excepto buscarlo, no hay pruebas que lo relacionen con el despacho de abogados, solo suposiciones. Pero si después de visitarlos crees que merece la pena presionar me avisas.
    Una desagradable sensación me recorrió la espina dorsal. ¿No había visto de refilón la imagen de un Kadett en un giro de la noche anterior? ¿Me habría seguido hasta el domicilio de Daniela? Me entraron las prisas, le dije a Muñoz-Seca que estaríamos en contacto y me fui con el dibujante para ayudarle con el retrato. Después llamé a Melani y le dije que iba por la oficina, que necesitaba a Paco. La posibilidad de que el asesino tuviese algún plan para hacer  daño a Daniela era remota, así como el riesgo que correría Paco al vigilarla, pero en ese momento era la solución inmediata, ya se me ocurriría algo a lo largo de la mañana. Seguramente no existiera tal plan, pero la forma de ejecutar a los dos empleados de la mensajería daba que pensar, mejor no correr riesgos.


Zaza
    La llevo a caminar por la playa, estaba recién estrenada la primavera y aunque el ambiente era frio el sol lo mitigaba con su calidez. La resaca remitía  y apenas si quedaban restos, tendría que pedirle más pastillas de esas.
    — ¿Me vas a ofrecer un empleo? —le preguntó clavándole sus ojos verdes, para ella era importante.
    —Con algunas condiciones, pero sí. Piensa en los trabajos que puedes conseguir, se me ocurre que de camarera, de dependienta o de cajera en un supermercado. En la limpieza también podrías. ¿A eso es a lo que aspiras?
    —Si gano un sueldo podré independizarme, qué más da el trabajo.
    —Te propongo algo mejor. Yo necesito una asistente personal.
    —¿De qué me estas hablando, de una secretaria o de una chacha?
    —Un poco de todo. Tendrás que llamar a la lavandería para que recojan la ropa sucia y hacerme algunos recados, buscarme información en internet cuando te la pida. Puedes mantener limpia y ordenada la casa o llamar a una señora de la limpieza para que lo haga, eso me da lo mismo mientras siga las indicaciones que te daré. Mientras esté yo en casa me haré cargo de la cocina, soy un poco cocinillas, pero a menudo me ausento por negocios y entonces tendrás que apañártelas sola. Dispondrás de mucho tiempo muerto y quiero que lo emplees en estudiar, primero en terminar la ESO y luego aprendiendo idiomas. Tendrías que vivir en mi casa, pero salvo imprevistos los fines de semana serían tuyos para hacer lo que quisieras. Para empezar mil euros limpios de polvo y paja. ¿Qué me dices?
    —¿Dónde estaba la trampa? se preguntó Zaza. Dicho de aquella manera parecía canela en rama.
    —¿El trato incluye sexo? –una cosa es que le apeteciera tirárselo y otra que se convirtiera en obligación.
    —Para nada, el sexo te lo buscas por tu cuenta –le había contestado Elio, dando a entender que no sentía ningún interés hacia ella. Eso la hirió el orgullo.
    —Pensé que te gustaba, eso me pareció en el pub. ¿O es que no se te pone tiesa?
    —Solo es sentido común. Ya conoces el refrán, donde ganas la olla nunca metas la polla. Ni el coño tampoco. Pero si prefieres un polvo al trabajo que te estoy ofreciendo podemos ir al hotel.
    —Comprendió que su comentario había sido estúpido pero siguió recelando, sino era sexo qué pretendía, en alguna parte tenía que haber gato encerrado, la oferta era demasiado tentadora para ser real. A ver si era uno de esos que violan y matan a las mujeres y se la quería llevar a otra parte para no tener testigos.
    —¿Dónde vives? –le preguntó.
    —Ese será uno de los inconvenientes –contestó Elio-. En el valle del Tiétar, al sur de Gredos, tengo un chalet a las afueras de Santa Cruz del Valle. Tendrás que alejarte de tus amigos, aunque puedes juntar días libres y venir de vez en cuando, eso ya lo organizas como quieras.
    —Echaría de menos a Carlas, sí, pero no tanto como él se pensaba. Una cosa era estar borracha y otra contemplar los problemas en frio. Carlas no iba a cambiar, estar a su lado era como estar en punto muerto. Pero había dicho “uno” de los inconvenientes, o sea que había más.
    —Enumérame los inconvenientes, así terminamos antes.
    —Tampoco muchos, aparte del cambio de aires. Pero si quieres prosperar en mi empresa tendrás que dejar la bebida, si quieres ascender nada de alcohol. Y tendrás que ser discreta respecto a lo que hago, para la gente de allí soy un gestor de redes que realiza gran parte de su trabajo desde casa.
    De nuevo volvió el recelo. ¿Un traficante de drogas?
    —¿Y a qué te dedicas?
    Elio se detuvo y contempló el horizonte marino antes de contestar.
    —A nada de lo que estás pensando. Soluciono conflictos, soy freelancer y las empresas para las empresas para las que trabajo requieren absoluta discreción. Cuando piensan que eres un gestor de redes solo te preguntan por las redes, así no tengo que contestar con evasivas.
    —Pero te pueden pillar la mentira.
    —No creas, gran parte de mi trabajo se desarrolla en el extranjero, viajo a menudo, y las supuestas redes que gestiono están en el extranjero, tanto no indagan. Y si lo hiciesen tengo creado un falso perfil en Suiza.
    —Pensó que acaso blanquease dinero cuando mencionó Suiza, estaba convencida de que le mentía. A su modo había sido sincero, si se aplicaba una traducción literal al término freelancer, aunque eso solo lo sabría al cabo del tiempo. Con todo desechó sus temores más drásticos, encontraba en Elio un equilibrio y una seguridad en si mismo ajena a cualquier tipo de depravado sanguinario. Aceptó la oferta de empleo.