lunes, 7 de enero de 2013

La mujer de rojo (2 de 4)



    Daniela decidió despertarme al día siguiente de la manera más grata posible, gozaba yo de su boca cuando el Inspector Jefe Muñoz-Seca decidió llamarme, fiel a su costumbre de interrumpir nuestras libaciones. Y, como no, me esperaba en la puerta de la calle. Me adecenté lo más rápido que pude y bajé a recibirlo.
    —Aunque nuestros caminos se bifurquen terminan por rencontrarse —dije a modo de saludo mientras estrechaba su mano.
    —No por mi gusto, Peña. Lamento la muerte de tu chófer pero tenemos que hablar.
    No me pareció adecuado discutir nuestros asuntos en el domicilio de Daniela.
    —Tomemos un café entonces. Ahí en la esquina lo preparan bueno y podremos sentarnos —caminamos—. Así que Inspector Jefe, nada menos.
    —No me quejo —seguía pareciéndose a Rock Hudson pero con alguna cana más sobre el cuero cabelludo.
    Pedimos dos cafés solos y fuimos a sentarnos a una mesa del fondo, fuera de oídos indiscretos.
    —Tenemos un problema —dije mientras removía el azucarillo—. Uno de tus hombres es de gatillo fácil y se le fue la mano, mató a un inocente.
    Su gesto imperturbable reflejó por breves instantes la sorpresa ante mi acusación.
    —Ignoro quien ha acabado con la vida de Luciano Fernandez, pero puedo asegurarte que no fue Julio Alcocer. Algún sopapo que otro le atizó buscando las fotos, pero cuando le dejó asegura que estaba vivo.
    —Conflicto de intereses —objeté—. Lo mejor será que Asuntos Internos se ocupe del caso. Eres su jefe y como tal tengo que dudar de tu objetividad.
    —No me jodas, Peña.
    —Willy estaba limpio, te lo dirá la autopsia. Llevaba una vida normalizada y no tenía cuentas pendientes, me lo hubiera dicho. Fotografió a tu hombre saliendo del chalet y creo que ambos se reconocieron, de cuando tu inspector militaba en otra Brigada. Willy salió pitando y tu hombre tras él. Sabía que yo no estaba en la agencia y decidió refugiarse en su barrio, posiblemente pensando que allí le sería más fácil despistar al policía. Tuvo tiempo de pasar las fotos que me envió antes de que Julio le metiera dos balazos. Esa es mi versión y todas las circunstancias la apoyan. No se trata solo del caso que estáis montando en torno a Blas Ortega, ese dato no bastaría para explicar la conducta de tu inspector, pero resulta que se está tirando a la mujer de mi cliente y eso lo convierte en personal. Anoche tuve el placer de hablar con ella y se le da muy bien ronronear a la espera de un caballero que la rescate.
    No le dije que ella corroboraba mis suposiciones porque no estaba seguro de que a la hora de la verdad mantuviera la versión. Muñoz-Seca no se quedó de piedra porque tenía oficio, pero le acababa de marcar un tanto.
    — ¿Tienes pruebas o solo son suposiciones? —por si acaso era un farol.
    —Las sábanas de la dama están impregnadas del ADN de tu inspector. Tengo llave y permiso del propietario, antes de que lo preguntes —me estaba despachando a gusto.
    —Siguen siendo suposiciones, eso no demuestra que Julio lo matara —dijo Muñoz-Seca, aunque ya sin su convicción anterior.
    —Willy debió sorprender a los tortolitos haciéndose arrumacos, la dama solicitó la intervención de su caballero y este decidió que muerto el perro se acabó la rabia. Total, un ex-convicto más o menos a nadie iba a importarle. Solo que se equivocó. A mí sí me importa, y mucho.
    Le vi dudar.
    —Disculpa un momento —salió a la calle y habló durante unos minutos por el móvil, después regresó—. He retirado al inspector Alcocer del caso hasta que todo se aclare, pero no puedo pedir una orden para el chalet hasta cerrar el caso de Ortega. Una vez me pediste veinticuatro horas y te las concedí. Yo necesito cuatro días, seis como mucho.
    —Supuse que me saldrías por peteneras, como si fuera más importante tu caso de blanqueo que la vida de Willy. Por eso me tomé la libertad de coger la sábana como prueba de la infidelidad de la esposa de mi cliente, entra dentro de mis competencias. Más adelante me la requisarás como prueba en un caso de homicidio.
    —Ya veo que piensas en todo —dijo tras apurar el café.
    —La sábana solo es una prueba circunstancial. Necesitamos los casquillos y el arma, o algún testigo presencial. No creo que investigar eso afecte a tu caso, Ortega ni siquiera conoce a Willy y nada le he dicho de su muerte. Creo que fue a Sevilla.
    —Sí, allí está. Contra él tenemos pruebas suficientes, pero ha convencido a otros empresarios del sector para que blanqueen dinero a través del chino y algunos han accedido. Ortega fue a Sevilla a por el importe de esa remesa, la más importante hasta ahora. Cuando el chino acuda a recogerla los detendremos a todos.
    Muñoz-Seca sincerándose acerca de la operación, no lo podía creer.
    —O sea, que falta un último encuentro entre el inspector Julio Alcocer y la bella Laura —aventuré.
    —Enviaremos a otro inspector —dijo Muñoz-Seca.
    —No, que vaya Julio, que se confíen. Dudo que encontréis el arma o los casquillos, se habrá deshecho de ellos, y la presencia de un testigo es una cuestión de azar. Pongamos micrófonos en el chalet, mismo procedimiento que con la sábana. Yo los colocó y luego requisáis las grabaciones como prueba de homicidio, si es que grabamos algo sustancial —consulté mi reloj, eran las nueve y media—. Y ahora tengo que acudir a la comisaría de Vallecas para firmar una declaración, el inspector Rojas me está esperando.
    — ¿Quieres que le llame? —se ofreció Muñoz-Seca.
    —Para nada, es un tipo que me divierte mucho.
    Nos despedimos y yo caminé al encuentro de mi auto. El techo gris prometía lluvia y hacía frío. No es que tuviera ganas de encontrarme con Rojas pero me pillaba de paso, tenía la intención de inspeccionar la escena del crimen. No había arrancado el coche cuando me llamó Melani.
    —Darío, nos han entrado esta noche. Te has quedado sin portátil.
    Vaya, los tentáculos del inspector Alcocer se movían deprisa.
    — ¿Se llevaron algo más? —pregunté
    Me respondió un sollozo.
    — ¡Está todo revuelto! —añadió compungida.
    —No te preocupes, ordénalo poco a poco, sin prisas. No había nada importante que pudieran robar. Buscaban las fotos que nos trajo ayer el amigo de Willy y las tengo en mi poder.
    — ¡Y se han bebido el whisky! —hipaba
    —No, es que anoche la señora Ortega y yo le dimos un tiento.
    —Que no, que han abierto la botella nueva y solo han dejado un culín.
    —Si es que ya no quedan ladrones como los de antes, corazón. Anda, tómate ese culín que queda y ya verás como se te pasa el hipo. Y no te apures, tampoco es para tanto.
    —También se han meado en la alfombra.
    —Chao guapa, que no puedo hablar ahora —colgué antes de que me dijera que nos habían robado los muebles. Luego llamé al inspector Rojas diciéndole que me retrasaría y me pasé por el banco para depositar las pruebas en mi caja de seguridad. Solo me quedé las bragas y el teléfono.
    El inspector Rojas me recibió solícito y servicial, Muñoz-Seca no se había resistido a la tentación de ejercer su autoridad y lo había llamado. Incluso me brindó acceso al expediente de la autopsia. Tal como yo esperaba, Willy estaba limpio. Tenía señales de una bofetada en la cara y de un golpe en el estómago, seguramente un puñetazo. En la escena no se habían encontrado ni los casquillos ni el arma. Órdenes de dejar la investigación hasta nuevo aviso. Era de esperar, Muñoz-Seca querría lavar los trapos sucios en casa.
    Llovía cuando abandoné la comisaría. Siempre me ha gustado caminar bajo la lluvia, pero con paraguas. Cogí el que llevaba en el coche y paseé. Había dos aspectos del caso que no terminaban de encajarme, ¿Por qué había reconocido el inspector Julio Alcocer haber estado en la escena del crimen? Solo se me ocurría que algún testigo pudiera ubicarlo en el lugar. También me intrigaba el asunto de las braguitas. Si Laura había regresado a por ellas, ¿por qué después de marcharse Julio tras Willy no las había recuperado? Pudiera ser  que en realidad regresase a por lencería recién comprada  y lo de las bragas fuera un hecho circunstancial que había coincidido con mis suposiciones, pero... No, que va, nada de pajas mentales. Había regresado a por su prenda íntima y finalmente no la recogió. Acaso entrara en pánico cuando Julio fue a por Willy y salió pitando de allí. Era una explicación más plausible aunque tomada con pinzas. No, eran dos piezas que no encajaban en el puzzle y punto, y eso quería decir que el diseño de las piezas era defectuoso, alguien mentía. Pensé en interrogar a Julio Alcocer, pero en su terreno poco iba a conseguir y fuera de él no lo permitiría. La policía no iba a colaborar y la única posibilidad real pasaba porque algún testigo lo identificara. A él o a la bella Laura. Muy bien pudo acompañarlo en su persecución, explicaría que hubiese dejado las bragas en la habitación del chalet. Ella como testigo presencial del homicidio, que callaba por miedo a Ortega o para proteger a su amante. Con ella como testigo Julio no se salvaría, pero alegando la historia que me había endilgado la noche anterior no se sostendría como acusación porque era su palabra contra la de él. O sea que podían ser hasta cómplices. Pero a ella nadie me impedía apretarle las tuercas. Y si bien no disponía de efectivos para peinar la zona en busca de un testigo si que conocía a quien podía ayudarme, el amigo de Willy. Conozco gente, me había dicho. Pues era hora de que echaran una mano.
    Tenía el pie derecho mojado cuando regresé al vehículo. No sabía si por haber pisado un charco o porque el zapato estuviera roto. Arreciaba la lluvia y en las depresiones del asfalto se acumulaba el agua. Las once y media y un montón de cosas por hacer. Al sentarme al volante la pernera del pantalón se me pegó a la pierna, también estaba húmeda. Constipado a la vista, porque no podía ir a cambiarme aún. Llamé a Calín, así se llamaba el amigo de Willy, y quedé con él, el ciber estaba cerca. Antes de guardar las pruebas en la caja del banco había imprimido las fotografías del inspector Julio Alcocer en una copistería, y de las que tenía de Laura elegí una en la que aparecía con el vestido rojo. Vestido rojo, zapatos rojos, labios rojos, una rubia así queda en la retina de cualquiera. Le expliqué a Calín lo que pretendía y le entregué las fotografías junto con cincuenta euros para que sacara copias. También le pasé el número de mi móvil, que no importaba a la hora que me llamase. Después enfilé hacia la oficina, necesitaba cambiarme.
    Melani había puesto orden en los destrozos de la agencia y apenas se notaba nada. Me jodía lo del portátil pero se lo pensaba cargar a Ortega, al que por cierto me interesaba cobrar la mayor cantidad posible antes de que le trincaran. Tendría que exhibir algún cebo para que soltara la pasta. Le llamé, estaba en la estación del AVE de Sevilla, de regreso a casa. Debía estar pletórico y con las maletas repletas porque accedió a desprenderse de un suculento anticipo que cubriera los gastos y las pruebas de ADN de la sábana que le propuse, pruebas que en todo caso iba a realizar la policía y cuyo coste no saldría de mi bolsillo. Quedé en pasarme a última hora de la tarde. Antes tenía que ver a su mujer, aunque eso no se lo dije. Sonó el teléfono.
    —La señora de Ortega al teléfono —dijo Melani.
    Hablando de la reina de Roma...
    —Diga.
    —Hola detective. Tenemos que vernos.
    — ¿Y eso?
    —Necesito ponerme en contacto con la policía, la entrega será mañana.
    — ¿Desde dónde llamas?
    —Desde un bar.
    — ¿Te apetece que comamos juntos?
    — ¿Y si alguien nos reconoce?
    — ¿Qué tal en mi casa?
    —Dame la dirección.
    Se la di y nos despedimos. Tendría que pasarme por el mercado.

    Esta vez se presentó de negro, un vestido corto de vuelo que más bien parecía un camisoncito, dejaba al descubierto uno de los hombros y tenía un escote en forma de uve que exhibía no solo el nacimiento de los senos, sino también su pubertad. Un diminuto sujetador de encaje negro con lacitos rojos los mantenía enhiestos. Medias de rejilla y liguero que asomaba por debajo del vestido,  con tacones de aguja.
    — ¿Así vas por la calle? —pregunté mientras colgaba su gabardina en el perchero y cerraba la puerta.
    —Tengo un vestido en el bolso para ponerme cuando me vaya, pero quería que apreciaras lo que te estás perdiendo.
    —Ya te dije que cuando todo esto termine, ahora tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos. ¿Te gusta el cordero? He traído unas chuletas de lechal y unas setas de cardo, que se hacen en un momento.
    —Otra cosa me apetece comerme —se acercó, lasciva.
    Retiré su mano de mi entrepierna.
    — ¿A qué vienen tantas prisas? Me refiero a la entrega del dinero.
    —Esta vez es mucho y no es de Blas, sino de sus amigos. Quiere desprenderse de él cuanto antes,  en esta operación solo se lleva una comisión. Ha quedado mañana por la tarde con el chino.
    — ¿Y cómo lo sabes? He hablado hace un rato con tu marido y estaba en la estación de Sevilla esperando el tren.
    —Yo también hablé con él, Blas me lo cuenta todo.
    — ¿Irá a tu casa el chino por el dinero?
    —No, llamará a última hora de la tarde para concertar el encuentro, como siempre.
    Preparé una plancha y una sartén en el fuego y piqué unos ajos. En la plancha eché un poco de sal gorda y un chorro de aceite de oliva virgen, cuando calentó coloqué las chuletas. Otro chorro de oliva fue a parar a la sartén.
    —Te he traído el teléfono para que te pongas en contacto con Julio.
    — ¿No lo van a detener?
    —Sin arma ni casquillos va a ser difícil de probar. Me jode mucho pero estuve hablando con su jefe y el asunto de los maletines es una operación muy importante para la policía. Cuando concluya veremos que se puede hacer. Pero antes de que tu marido y el chino estén entre rejas no van a mover un dedo. Me toca esperar, aunque por lo que me cuentas no será mucho.
    En la sartén eché unos ajos para que se dorasen.
    —Me da miedo encontrarme a solas con Julio —objetó Laura.
    —No eres ningún peligro para él. Aunque testificaras sería tu palabra contra la suya acerca de una conversación telefónica. No es lo mismo que si lo hubieses presenciado —añadí las setas y tomándola del talle la miré a los ojos. Oscuros, fogosos, pero desamparados— ¿Lo presenciaste?
    —No, ya te conté como pasó —mentía.
    Di la vuelta a las chuletas y removí las setas.
    — ¿Tienes vino? —preguntó
    Señalé un mueble.
    —En la puerta de abajo. Saca una botella de Hacienda Monasterio, es un Rivera muy rico. En ese cajón de ahí está el sacacorchos.
    En vez de agacharse dobló la cintura, el vestido subió y disfruté de unas vistas preciosas, unas braguitas negras de encaje adornando un culo fabuloso. Me vino una erección y centré la atención en la comida. Salé las setas y añadí medio vaso de jerez, luego tapé la sartén. Me debatía entre la obligación y el placer, solo el recuerdo de Daniela me contenía, aunque ninguno de los dos habíamos prometido fidelidad. Sirvió dos copas de vino y yo preparé la mesa de la cocina, menos tentadora que la del salón. Pero que tonterías estaba pensando, con la travesuras que nos montábamos Daniela y yo en la cocina. La comida ya estaba lista, serví los platos.
    —Tengo algo tuyo —dije.
    —Pues dámelo.
    —Luego. Ahora come, que se enfría.
    —Pero luego quiero postre.
    Obvié la indirecta.
    — ¿Qué piensas hacer cuando detengan a tu marido? Seguramente embargarán todas sus cuentas.
    —Lo sé. Tengo algo ahorrado, aguantaré hasta que salga algo.
    Treinta y pocos le calculé, con aquel cuerpo no le costaría encontrar otro primo.
    —Blas te habrá presentado a mucha gente, no te faltarán pretendientes.
    — ¿Me estás juzgando, detective? No sabes nada de mi vida —me clavó sus ojos negros, esta vez gélidos.
    —Para nada —volví a llenar las copas de vino—. Me limitaba a constatar un hecho, sin emitir juicio alguno. Eres hermosa.
    —Gracias. ¿Y por qué no te paso la dirección de la entrega a ti y tú se la pasas a la policía? Me pondré nerviosa cuando vea a Julio y me lo notará.
    —Ya es un riesgo habernos encontrado aquí, como lo fue que ayer te presentaras en la agencia. No sabemos quién vigila a quién. Es la última entrega, hasta ahora todo fue bien, haz lo que hiciste las otras veces y no tientes a la suerte.
    —Como quieras —me guiñó un ojo.
    No dejó de coquetear mientras terminábamos de comer. Saqué unos tiramisús del congelador.
    —En el sofá —me dijo—. Está más blandito. ¿Tienes whisky?
    —Tras el postre café, sin café no soy persona. Espera en el salón mientras lo preparo todo.
    Se alejó contoneándose, prendidos mis ojos en su figura. Estaba tremenda.

viernes, 28 de diciembre de 2012

La mujer de rojo ( 1 de 4)



Había quedado con Daniela en la pastelería para untarla de nata con fresas en el descanso del mediodía y enfilaba la M-30 cuando recibí la llamada de Melani, que aún continuaba en la oficina esperando al novio de turno para ir a comer. Un tal inspector Rojas preguntaba por mí, quería saber si conocía a Luciano Fernandez. Me sonaba el nombre pero no sabía de qué, tampoco Melani cayó en la cuenta. Siempre se me dio mal hablar por teléfono al volante.
    —Pregúntale de qué se trata —le pedí a Melani.
    Y casi al instante supe por qué me sonaba el nombre. Luciano Fernandez era Willy. Escuché un golpe seco al otro lado del teléfono y al poco el llanto de Melani tras escuchar la noticia por boca del inspector. Fue el propio inspector el que recogió el teléfono del suelo y me comunicó que habían encontrado a Willy muerto, con dos balazos entre pecho y espalda. Sin documentación, pero con una tarjeta de la agencia en el bolsillo de su camisa.
    —Tardo quince minutos —fue mi respuesta.
    Daniela tendría que esperar. La expliqué lo que ocurría mientras daba la vuelta, no fuera a sentirse abandonada y en despecho se buscara a otro maromo para que la untara. A ella también le caía bien Willy, le afectó la noticia. Quedé en llamarla en cuanto supiera lo ocurrido.
    Mientras regresaba a la oficina rememoré la historia de Willy. Le había conocido en la fundación padre Carralta, con la que colaboraba de vez en cuando encontrándole ovejas descarriadas. Conocía al padre Carralta de su época en Palomeras y siempre había admirado su tesón y empuje en la lucha por los desfavorecidos. Willy tenía encima un largo historial de trapicheos con drogas y vacaciones en la penitenciaria, y un aviso de los médicos para que cambiara de hábitos si no quería terminar como una pelota de golf. Dos años bajo la tutela del padre Javier habían sido mano de santo, y nunca mejor dicho, pero unos colegas de los viejos tiempos lo habían “secuestrado” pretendiendo usar su red de contactos para pasar pastillas. Carralta me llamó para que lo encontrara antes de que el asunto pasara a mayores, si reincidía en prisión esta vez sería para largo. Y como devolverle ovejas al redil era mi manera de colaborar con su causa me puse manos a la obra. Lo encontré tres días después y con la ayuda de una identificación falsa de policía convencí a los camellos para que lo dejasen en paz y se olvidaran de él. Había aguantado como un jabato sin consumir y decidí que bien se merecía una oportunidad. El padre Carralta estuvo de acuerdo en que era una forma de progresar como otra cualquiera. Nada importante puesto que carecía de título, para que echara un vistazo cuando tenía que ausentarme por un seguimiento o conducir el coche mientras yo hacía las fotos. Le hice un contrato como chófer para darle visos de legalidad. Willy había tocado fondo y agradeció la oportunidad, aunque no terminaba de borrársele del rostro la expresión de perro apaleado. Le habíamos tomado cariño y ahora estaba muerto.
    El inspector Rojas empezaba a perder la paciencia cuando llegué al despacho. Le expliqué la relación profesional que me unía a Willy y trató de abrumarme con suposiciones. Que si podía perder la licencia en caso de intrusismo profesional, que cuales eran los casos que me ocupaban y, por supuesto, que ni se me ocurriera meter las narices en el asunto. Dejé que se desahogara mientras imprimía los expedientes de los casos en curso que atendía el despacho. Como quien no quiere la cosa le solté la pregunta fundamental.
    —¿Dónde lo han encontrado?
    Rojas me clavó su acerada mirada zarca.
    —En Vallecas, junto al muelle de carga del mercado de la calle San Claudio. ¿Alguno de sus casos tiene que ver con esa zona?
    Suspiré aliviado, metafóricamente. Yo le había dejado vigilando un chalecito por Fuente del Berro, nada que ver. ¿Había vuelto a las andadas? No, estaba dispuesto a poner la mano en el fuego por él. Pero que lo creyera el inspector me interesaba.
    —Puede examinar mis expedientes, no tengo ni idea de que podía hacer allí. Willy tenía antecedentes, no sé si ya lo habrá averiguado. Lo conocí en la fundación del padre Carralta y lo contraté como chófer, todos merecemos volver a empezar si nos descarriamos. ¿No habrán encontrado las llaves del Saxo entre sus pertenencias?
    — ¿Iba en coche? —espetó Rojas.
    Así que no tenía ni idea. Que creyera que colaboraba.
    —Sí, en un Saxo de la empresa —di por supuesto que no habían encontrado las llaves—. No recuerdo la matrícula, pero ahora se la da Melani.
    ¿Por qué le habían quitado todo lo que llevaba encima y solo le habían dejado la tarjeta de la agencia? ¿Un despiste, o un aviso dirigido a mí para que no metiera las narices?
    —Lo buscaremos —dijo Rojas—. Quizás tenga huellas. Y si consumía puede que encontremos evidencias. Debería tener más cuidado a la hora de contratar personal.
    Ya sin agresividad. Reculaba, pero seguramente fuera una pose para ganarse mi confianza. Jugábamos al gato y al ratón pero los dos queríamos ser gato.
    —La autopsia y el laboratorio despejarán las incógnitas —la memoria de Willy merecía defensa, pero aún no era el momento—. Colaboraré en todo lo que haga falta. Si quiere puedo acompañarle a la escena para ver si está allí el coche. Y luego podemos pasarnos por comisaria para firmar mi declaración, supongo que será necesaria. Cualquier dato que necesiten sobre Willy y que esté en nuestros archivos pueden pedirlo. Somos colegas, después de todo.
    Esbozó una sonrisa a medio camino entre el desprecio y la superioridad.
    —Del gremio, claro —concedió socarrón—. Pero deje la investigación en manos de la policía, ya sabe como va esto. Y no hace falta que me acompañe, ya le avisaremos cuando puede pasarse para recoger el vehículo, si es que lo encontramos. Para la declaración puede pasarse mañana a las diez de la mañana por la comisaría de Vallecas y pregunta por mí —me tendió su tarjeta—. Otra cosa más, este localizable, por si le necesitamos.
    Finalmente pude quitármelo de encima. Eran las cuatro de la tarde y aún no había probado bocado, tomar un whisky no era la mejor de las ideas. Pero Willy bien merecía una copa. Consolé las lágrimas de Melani y la envié a comer, que me trajera de paso un bocadillo de calamares y un montado de entresijos para echarle grasa al bourbon. Luego me serví cuatro dedos de Jim Beam, tomé el expediente de Blas Ortega y me senté en la mesa de mi despacho. Llamé a Daniela y le expliqué por encima lo que había ocurrido. No sabía si podría verla a última hora de la tarde, que la llamaría. A continuación traté de poner en orden mis ideas.
    Aunque no podía descartarse la posibilidad de que la muerte de Willy tuviera que ver con su pasado era improbable y decidí dejar esa línea de investigación para cuando hubiese descartado el resto. No era una conducta profesional, lo sé, pero habían sido muchas las horas pasadas con él en el coche y estaba convencido que permanecía limpio. Claro que eso lo diría la autopsia y cuando Rojas lo supiera también él volvería la cabeza hacia los expedientes de la agencia, no disponía de mucho tiempo. Blas Ortega era un empresario dedicado a las máquinas tragaperras que sospechaba de su mujer, la bella Laura, tal que así la llamaba, y nos había encargado un seguimiento para comprobar si le era o no infiel. Un caso bastante simple que entraba dentro de mis competencias.
    El chalet de Fuente del Berro que Willy vigilaba era propiedad del matrimonio Ortega, pero llevaba un par de años vacío, desde que la madre de Blas, que lo ocupaba, falleció. La bella Laura aparecía por allí cada cuatro o cinco días, abría las ventanas para airear la casa, regaba las plantas y permanecía en el interior por espacio de una hora y media o dos. Como era prácticamente el único lugar que visitaba ella sola, sin la compañía de la cuñada o de la criada, barajé la posibilidad de que el amante estuviera esperándola dentro y que se marchara después que ella. Por eso encargué a Willy que controlara el acceso a la vivienda, pero hasta el momento no habíamos obtenido resultados. En realidad estaba dejando pasar los días para cargar un poco más la factura, convencido de que Blas Ortega me iba a poner mala cara a la hora de pagar, cuando le confirmara que la bella Laura no se veía con ningún amante. Él estaba convencido de que su esposa le ponía los cuernos.
    Y puede que al final llevara razón, porque algo había ocurrido durante la vigilancia. Existía la posibilidad de que Willy se hubiera topado con alguien de su pasado que se la tuviera jurada, pero era improbable, de tener cuentas pendientes me lo hubiera comentado. Lo que fuera tenía que ver con la bella Laura o con el chalet, sin duda. Me planteé la posibilidad de pedirle ayuda al Jefe. El viejo avaro estaba seguro que ni descuento me haría, pero iba a necesitar la colaboración de varios detectives para abarcar los tentáculos del caso. Eso si aceptaba, que en cuanto se oliese que investigaba un asesinato iba a negarse.
    Melani abrió la puerta y se acercó hasta la mesa, sin los bocadillos.
    —Aquí hay un señor que pregunta por ti —y acercándose, en tono más confidencial—, pero tiene una pinta un poco rara, ya me entiendes —y me guiñó un ojo para apoyar su aseveración.
    —Pues pregúntale que quiere —no estaba yo de humor—. ¿Y los bocadillos?
    Melani puso esa carita que tanto le gusta para dar a entender que sabe en ese momento más que yo al respecto, los ojos muy abiertos y el mohín de la nariz.
    —Dice que viene de parte de Willy.
    Sí que consiguió dejarme de piedra.
    —Hazle pasar y cierra la puerta La de la agencia también, si llega algún poli no quiero que lo encuentren.
    —Vale, y mientras bajo a por los bocadillos. Me subiré otro para mí.
    Lo hizo pasar. Debía tener la edad de Willy, en torno a los cuarenta. Tenía la piel del rostro apergaminada, muy morena. Era adicto o lo había sido. Se escuchó el ruido de la puerta de la calle al cerrase.
    — ¿Dices que vienes de parte de Willy?
    — ¿Sabe que le han matado? —me preguntó a su vez.
    —Acaba de irse la policía. ¿Cuándo le viste?
    —Poco antes de morir. ¿Es usted Darío Peña?
    —Sí.
    — ¿Puede enseñarme el carnet? Willy me dijo que lo comprobara.
    Vaya con el bueno de Willy, había pensado en todo menos en su seguridad. Se lo enseñé.
    —Vale —dijo después de comprobar que coincidían nombre y fotografía. Sacó un pendrive del bolsillo derecho de sus vaqueros y lo colocó sobre la mesa—. Dudo que lo que haya ahí valga la vida de Willy.
    —Desde luego que no —corroboré—. La verdad es que no tengo ni idea de que ha podido ocurrir. ¿Y dices que fue a verte para darte esto?
    —El pendrive es mio. Descargó las fotos desde su móvil a uno de los ordenadores del ciber y luego yo lo pasé al pendrive. Se marchó enseguida, decía que le estaban siguiendo.
    —Pues espera que lo pase al portátil y te lo devuelvo —enganché el pendrive— ¿Quieres tomar algo? —dije señalando la botella de Jim Beam.
    —No gracias, hace tiempo que me quité de todo lo fuerte. El único vicio que me queda es el tabaco.
    —Pues fuma, por mí no te cortes. ¿Eras amigo de Willy?
    Encendió un Malboro.
    —Colegas de hace mucho tiempo. Yo lo dejé y perdimos el contacto. Volvió a verme cuando comenzó a trabajar aquí —inhalo una larga bocanada y me miró a los ojos—. En una ocasión se comió un marrón de los dos sin abrir la boca, estaba en deuda con él —y aproximando el cuerpo hacia adelante bajó el tono de voz—. Ya no puedo pagarle de ninguna manera y no se quien se lo habrá cargado, pero si necesita mi ayuda solo tiene que pedirla. Conozco gente.
    Me pareció sincero. El pendrive contenía fotografías de un tipo entrando y saliendo de un chalecito parecido al de los Ortega.
    —Quizás te la pida, cuando sepa de que va todo. A este no lo conozco ¿Y tú? —giré el portátil para que lo viera.
    —Ni idea. Pero tiene pinta de madero.
    — ¡Joder! Solo faltaba eso.
    Examiné las imágenes con más detenimiento. No se pueden sacar conclusiones por unas fotografías de una persona, pero retuve el dato, los que han permanecido al otro lado de la ley tienen un sexto sentido para detectar a la bofia.
    —Por si acaso será mejor que te vayas, no les vaya a dar por vigilar la agencia —le tendí mi tarjeta—. Apunta ahí tu dirección y tu número de teléfono. Te llamaré si te necesito.
    Nos despedimos y después que se hubo marchado volví a pasar las fotografías. En una de ellas se podía ver el chalet contiguo, era el de los Ortega. ¡Jodido Willy! Había sumado dos y dos. Así es como la bella Laura se encontraba con su amante. ¿Pero era una infidelidad motivo suficiente para matar a una persona? Me pareció absurdo. Y sí, perfectamente podía ser un policía. Solo faltaba saber que pintaba allí, si era una cuestión de faldas o de trabajo. ¿Me estaba metiendo en otro nido de serpientes?
    Melani llegó con los bocadillos y me puse a la faena. Luego anoté las horas en que habían sido hechas las fotografías para ver si coincidían con las visitas de la bella Laura y las pasé a un pendrive mio, borrando las que había introducido en el portátil. A la escena del crimen no podía acercarme, pero si que podía hacer averiguaciones sobre el chalet del que entraba y salía el tipo fotografiado.
    En el registro encontré el nombre de la propietaria y a continuación busqué su teléfono. Llamé y me contesto la criada, que esperase un momento a ver si se podía poner la señora. Al rato se pudo una anciana al teléfono. Le conté que era del ayuntamiento y que estábamos inspeccionando las instalaciones de gas, que cuando podía visitar la vivienda.
    —Pues no sé si podrá —contestó—. Hay unos policías en la casa y me han dicho que no aparezca por allí. ¿Quiere que le de su teléfono y los llama?
    Le dije que bueno. Anoté el número y me despedí dándole las gracias. En la calle no encontré ninguna cabina telefónica, así que busque un bar con teléfono y llamé mientras tomaba un café. Me contestaron desde las oficinas de la Unidad de Delitos Económicos y Fiscales. Colgué y recordé a mi viejo amigo el inspector Muñoz-Seca, ascendido a Inspector jefe con la llegada del nuevo gobierno. Un ascenso que en parte me debía a mí. ¿Pero qué pintaba la UDEF en todo el asunto? Una forma de averiguarlo era llamando a Muñoz-Seca, pero eran las siete de la tarde y dudaba que estuviera en la oficina. Mejor dejarlo para el día siguiente, lo que realmente me apetecía en aquellos momentos era abrazarme a Daniela, una zambullida en su piel siempre me despejaba las ideas. Sonó el móvil, el número de la oficina, supuse que Melani para decirme que se marchaba ya. Pero no.
    —Aquí hay una señora que desea verte. Es Laura Restrepo, señora de Ortega.
    La bella Laura. Que interesante.
    —Dile que voy para allí —no le dije que se fuera a casa porque sabía que no lo haría hasta que llegara a la oficina. Le añadiría un extra a final de mes.

    Siempre había contemplado a la bella Laura desde la distancia, y las fotos que nos entregó Blas Ortega para que la reconociéramos no le hacían en absoluto justicia. Iba empaquetada en un vestido rojo de seda con tirantes que bajaba hasta la mitad de unos muslos tentadores y ceñía sus curvas epicúreas despertando el deseo, como un regalo esperando a que alguien lo abriera. Nos dimos la mano y la invité a pasar a mi despacho. Melani se despidió con gesto de su mano que vi de refilón, atento al culo de la rubia. Tomó asiento en el sillón de los afligidos, como si estuviera en su casa. El vestido se deslizó hasta arriba de sus piernas. No llevaba medias, no las necesitaba. Me senté frente a ella.
    — ¿En qué puedo ayudarte?
    Unos ojos negros enmarcados por un maquillaje apenas perceptible me contemplaron, inquisitivos. Tenía la nariz recta y los labios pintados en rojo pasión, a juego con el vestido y los zapatos de tacón alto. El rubio de su media melena ondulada era teñido.
    —Sé que te ha contratado Blas —espetó, sin más.
    —Entonces comprenderás que esta conversación puede llevarme a un conflicto de intereses —convenía aclarar las cosas, su marido era mi cliente.
    —Solo quiero que me escuches, no te compromete a nada.
    — ¿Quieres tomar algo? —goloseando los perfiles de su piel había olvidado las reglas de la cortesía.
    — ¿Qué tienes?
    —Bourbon con agua, bourbon solo, bourbon con hielo.
    —Solo.
    Era brava. Me levanté para preparar dos copas.
    — ¿Te importa que fume? —preguntó.
    —Tanto como quieras —el líquido ambarino irrumpió en el fondo del vaso.
    De un pequeño bolso acharolado que aferraba su mano izquierda, inevitablemente rojo, tomó un paquete de Camel y con parsimonia prendió un cigarrillo. Exhaló la primera bocanada cuando llegué con el whisky. Voluptuosa y seductora, había algo en ella que me recordaba a Daniela.
    —Gracias —dijo aceptando el vaso—. Bastante antes de conocer  Blas pasé una mala racha, debía dinero. Durante unos meses ejercí la prostitución.
    Observó mi reacción. Ignoro que conclusión sacaría porque lo cierto es que pensé en Daniela y en sus semejanzas como un acto reflejo. Esperé a que continuara.
    —De lujo —especificó, como si aquel cuerpo delicioso no mereciera otro tratamiento—. Tuve un problema con un cliente, sufrió un amago de infarto y tuve que llamar a una ambulancia. Él se recuperó y a mí me fichó la policía.
    —El encargo de tu marido no está relacionado con tu pasado —dije.
    —Lo sé. Si Blas hubiera sido de otra manera no se lo habría ocultado, pero es celoso, más parecido a un macho ibérico que a un hombre sensato. No es como tú —intentó atraparme en la intensidad de su mirada, pero el fuego de sus ojos carecía de calidez.
    —No importa como yo sea —subrayé—. Continúa.
    —Hace unos meses me paró un policía por la calle, quería hablar conmigo. Pasamos a una cafetería y nos sentamos, sabía que nada bueno podía salir de aquella conversación. Creí que iba a pedirme dinero o favores sexuales, pero me equivoqué. Andaban tras Blas por un asunto de blanqueo de dinero y necesitaban mi ayuda. Intenté zafarme, pero sacó a relucir mi pasado y amenazó con contárselo a Blas si no cooperaba.
    Bien, ya sabía que pintaba la gente de Muñoz-Seca en aquella historia. No me sorprendió lo de Blas, el negocio de las tragaperras y el dinero negro siempre hicieron buenas migas.
    —Ahora mismo no me interesa mucho ni tu pasado ni el encargo de tu marido. Ha muerto un empleado mio y quiero saber quien lo mató.
    Echó el cuerpo hacia adelante y golpeó el cigarrillo contra el cenicero de cristal para desprender la ceniza. Su generoso escote se amplió mostrando el encaje de un sujetador negro que enfundaba unos senos turbadores.
    —De eso quería hablarte —precisó.
    Bebí un trago de Jim Beam, dándome tiempo a calibrar la situación. Para nada quería precipitarme.
    — ¿Sabes quién lo hizo? —la pregunta fue inevitable.
    —Sé lo que ocurrió, aunque no presencié su muerte.
    —Cuenta.
    —Ya sabes que mis visitas al chalet tienen que ver con la policía. Ellos alquilaron el chalet de al lado a la propietaria y allí me esperaba Julio, el policía que me abordó en la calle. Nos comunicábamos por el jardín trasero y yo le informaba de cuando iba a producirse la próxima entrega de maletines.
    No quería saber nada de maletines sino estaban relacionados con la muerte de Willy.
    — ¿Y qué pasó esta mañana?
    —Quedé con Julio como otras veces, la cita siguiente se concreta en cada encuentro, no quiere comunicación telefónica.
    Tampoco se necesitaban dos horas para pasar la información. Supuse que el tal julio mezclaba placer y trabajo y de paso que le sacaba la información se la beneficiaba. La bella Laura era toda una tentación.
    —Después de comunicarle la próxima entrega adecentaba el chalet, para justificar mis visitas y por si a Blas se le ocurría aparecer por allí —dijo como si adivinara mis pensamientos—. Julio debía esperar a que yo me fuera para irse, sabía que me vigilabais. Pero esta mañana olvidé unas compras de lencería y regresé al chalet.
    “O te olvidaste las bragas”. Era una burda suposición, pero seguía cabreado, Willy no merecía morir.
    —Sigue —dije.
    —En esos momentos salía Julio del chalet y sorprendí a tu empleado sacando fotografías. Tuve que decírselo, no sabía lo que iba a ocurrir. Julio se había despistado y creyó que ya no habría nadie vigilando. Al fijarse en él  dijo que le conocía, de cuando estuvo destinado en otra brigada, y que necesitaba recuperar las fotos para que la operación no se fuera al traste. Se fue tras él en el coche y quedó en llamarme a un móvil que me entregó.
    — ¿Qué dijo cuando te llamó?
    —Que había sido un accidente, pensó que iba a sacar un arma y disparó. Pero era el móvil lo que iba a sacar. Que había borrado las huellas y tirado el arma, y que mantuviese la boca cerrada.
    Y le había dejado desangrarse sin avisar a una ambulancia. Mal asunto empapelar a un poli, con los antecedentes de Willy Muñoz-Seca no lo iba a permitir. Aunque eso estaba por ver, no si yo podía hacer valer mis recursos. El del 607 aún me debía un favor.
    — ¿Y por qué has venido a contármelo?
    Puso su mano derecha sobre mi pierna.
    —Quiero salir de todo este embrollo. Sabiendo a lo que se dedica Blas no sé cuál puede ser su reacción, tengo miedo. Querías saber quién lo mató y ya lo sabes. Ayúdame.
    —No creo que pueda. Si consigo sacar el homicidio de Willy a la palestra te verás implicada.
    Se echó hacia atrás y cruzó las piernas en un movimiento que se me antojó lento y calculado. Relumbre fugaz de sexo depilado y exhibición de piernas. Quizás no fuera tan descabellada la idea de las braguitas olvidadas y que con las prisas siguieran en el chalet, acaso en su bolso. Sus piernas atrapaban.
    —Lo sé —dijo—. Pero cuando eso ocurra Blas ya estará entre rejas, intervendrán después de la siguiente remesa. ¿Te has enterado de lo de los chinos? ¿La operación emperador?
    —Algo he leído.
    —Pues el que se lleva los maletines es un chino. No ese que han detenido, pero están relacionados. Lo único que te pido es que no informes a Blas de nada. Cobra antes de que le detengan y déjalo estar.
    No difería mucho de lo que pensaba hacer a primera hora de la mañana, antes de que mataran a Willy, pero las circunstancias eran otras. La posible infidelidad de la bella Laura con el policía estaba por confirmar, solo eran suposiciones mías. No pensaba estafar a mi cliente, fuera o no delincuente, pero mientras descubría la verdad nada me costaba conformarla. Siempre es bueno que confíen en uno.
    —Que yo sepa no ha existido infidelidad. Lo del blanqueo es otro asunto y no me concierne, no tengo de qué informar a tu marido —consulté mi reloj, eran las nueve— Y ahora será mejor que nos vayamos, no vaya a ser que llame Blas preguntando por tu paradero —me levanté del sillón—. ¿Aún tienes el móvil que te dio Julio?
    —En la gabardina —dijo mientras se ponía en pie. Luego se acercó  a mí y me besó en los labios—. Gracias por ayudarme—. Su boca siguió allí, esperando mientras su mano acarició mi entrepierna—. Blas viajó a Sevilla por unas licencias, no tengo prisa —susurró.
    Me dejé besar, lo hacía endiabladamente bien, pero me retiré cuando sus dedos empezaron a bajar mi bragueta. La calidez seguía ausente de su mirada.
    —Mejor no mezclar placer con trabajo —me excusé—. Esperemos a que todo acabe.
    Parecía una promesa, no quería disgustarla. Un velo de preocupación ensombreció su visión por breves instantes, para volver después a reverberar con el brillo del deseo. Acarició mi mejilla.
    —Me gustas. Mucho —recalcó antes de abandonar el despacho. En el recibidor me entregó el móvil y desde la puerta de la calle se despidió con una sonrisa cuajada de indicios.
    Sí, se parecía a Daniela en su huida de la miseria y en la lujuria que impregnaba su piel, pero hasta ahí llegaban las semejanzas. Laura era ardiente, pero no cálida. Regresé a mi despacho y enfundé mis manos con guantes de látex. En una bolsa de pruebas guardé la colilla de Camel y en otra el vaso donde había bebido. No tenía motivos para creer que mintiera, pero no estaba de más retener su ADN y sus huellas.
    Antes de acabar la jornada decidí pasarme por el chalet y echar un vistazo. Tenía la llave, Blas me la había entregado, pero hasta entonces no tuve motivo para entrar. Fui directamente a la habitación, a examinar las sábanas. Y allí estaban, las manchas de semen tal como yo sospechaba. Además de información intercambiaban fluidos. Para mi sorpresa también encontré unas braguitas de encaje negro, a juego con el sujetador de la bella Laura. Esto era lo que había regresado a buscar cuando se topo con Willy haciendo las fotos. Entonces, ¿por qué se había marchado sin ellas?
    Cuando llegué a casa de Daniela la encontré adormecida sobre el sofá. Pero espabiló al contacto de mis labios y me llevó hasta la cocina para preparar unas copas. Llevaba un camisón corto de satén negro, sin nada debajo. No pude contenerme, deslicé mi mano entre sus piernas mientras besaba su nuca. Empapé mis dedos en su deseo y doblando su cuerpo hacia adelante la penetré desde atrás, con urgencia. Necesitaba sentir su interior.
    Al terminar se  volvió hacia mí y clavó sus vetas verdes, el lado felino de su mirada, en mis ojos.
    —Ya conociste a la zorra —leyéndome como un libro abierto.
    Tremenda, Daniela. Aquella noche puso especial empeño en borrar cualquier vestigio de los efluvios de la bella Laura. Y vaya si lo consiguió, y encima sin untarme de nata con fresas.