martes, 12 de febrero de 2013

La mujer de rojo (4 de 4)



El entierro de Willy fue a las diez de la mañana. Acudió su familia, una nutrida representación de la Fundación del padre Carralta y Calín junto a sus “conocidos”. Melani, yo, y para mi sorpresa Daniela embutida en un correcto traje negro de un luto suculento. A mí se me había pasado decírselo así que tuvo que ser Melani, ya intuía yo que estaban conchabadas. Me tomó un rato explicarle a la madre de Willy que su hijo no había hecho nada malo, que podía estar orgullosa de él y que su muerte era culpa de un malvado que lo confundió con otro y al que perseguía la policía. Me pareció una buena mentira para no atormentar más a la atribulada mujer. Cuando me di la vuelta ya se habían ido Melani y Daniela, pero Calín esperaba.
    Antes de hablar con ningún testigo quise ver el lugar donde había muerto Willy. Era un patio de cemento accesible a los vehículos con un muelle de carga en el lado izquierdo y un portón de de acceso que permanecía bajado, con una puerta al centro que comunicaba con el mercado. Un par de camiones descargaban mercancía y una señora con carrito accedía al mercado por la puerta trasera. El patio estaba rodeado por una herradura de viviendas de catorce o quince plantas.
    — ¿Cómo es que nadie vio nada? —pregunté a Calín—. No parece un lugar solitario y el patio tiene movimiento de descargas, incluso hay señoras que pasan al mercado por aquí.
    —Le vieron caer, estaba solo. Cuando se acercaron estaba muerto.
    — ¿No le dispararon aquí?
    —No lo sé. El peluquero de la esquina le vio desplomarse, se acercó y vio la sangre, entonces llamó a la policía.
    Localicé la peluquería al otro lado de la calle, en la esquina.
    —Vamos a ver que nos cuenta.
    Una peluquería de barrio, un peluquero cincuentón de la vieja escuela que fumaba un cigarrillo de liar a la puerta. Pregunté.
    —Saqué los potos a la calle para que les diera la luz del día. Él estaba un poco encogido, se buscaba algo en los bolsillos. Me tapó la vista un Audi que paró un momento en la calle y cuando volví a verlo estaba cayendo al suelo.
    — ¿Sabe que modelo de Audi era?
    —Sí, un A-3 azul oscuro,
    ¿El de Laura?
    — ¿Vio quién iba dentro?
    —Pues no me fije mucho porque estaban de espaldas, pero la conductora sí que podía ser la de la foto, de rojo vestía. El acompañante sé que era un hombre, por el pelo, pero más no le puedo decir.
    —Para verlos desde atrás el coche debía dirigirse hacia abajo —la calle era una cuesta pronunciada.
    —Exacto.
    —O sea que la conductora quedaba de lado del hombre que cayó al suelo.
    —Sí.
    — ¿Hizo el acompañante algún movimiento hacia la ventanilla del conductor?
    —No, tenía la ventanilla abierta y el brazo apoyado en la puerta. No le vi moverse.
    — ¿El brazo derecho? ¿Y la mano estaba fuera también?
    —Sí, agarrada al marco.
    — ¿Está seguro?
    —Tengo buena memoria.
    — ¿Y la policía no le interrogó?
    —Sí, pero les dije que solo le vi caer. Me preguntaron si había oído los disparos y les dije que no. Aquí no le dispararon, estoy seguro, hice la mili y sé bien el ruido que hace un arma.
    —Muchas gracias, quizás vuelva la policía a preguntarle, cuénteles lo del coche.
    Salimos y traté de interpretar lo que acababa de oír. A no ser que Julio fuera zurdo la autora de los disparos era Laura, usando silenciador. Suponiendo que no estuviese ya herido y la detención del Audi y su caída fuesen acontecimientos cruzados, que ya me extrañaba. De haberle disparado en otra parte habría quedado un rastro de sangre, diluido entre la lluvia pertinaz e irrastreable por otra parte.
    — ¿Quién más los vio? —le pregunté a Calín.
    —El de la tienda de maría se fijó en la rubia, que curioseaba el escaparate. Dos o tres más se fijaron en ella. Está muy buena y con ese vestido llamaba mucho la atención. Al tipo le vio golpeando a Willy y robándole la cartera un gitano que vende flores. Dice que le dio una hostia y un puñetazo en el estómago, le preguntaba por las fotos. Luego le quitó la cartera, el móvil y las llaves, y se marchó.
    ¡Las llaves del Saxo! Ya me había olvidado de él.
    — ¿Y no fue a socorrerlo?
    —Es gitano —dijo Calín como si eso lo explicara, y ante mi gesto de interrogación añadió—. Que luego se llevan las culpas.
    — ¿Está por aquí el gitano?
    —No va a hablar contigo ni con la policía. Tiene antecedentes y no quiere líos, lo que quieras saber se lo pregunto yo.
    —A ver si nos apañamos con lo que te contó. ¿Estaba bien Willy después que le golpeara?
    —Sí, el gitano dice que se fue andando hacia el mercado. Tampoco fue una paliza.
    — ¿Y en que sitio le atacó?
    —Vamos, está ahí mismo.
    Cruzamos al otro lado, allí los edificios eran de cuatro plantas y estrechas las calles que los separaban. El lugar al que me condujo Calín estaba escondido, una de aquellas calles angostas con una par de locales con el cierre echado, por encima y como techo el suelo del balcón del primer piso. Un sitio perfecto para golpear a Willy sin que se enterara nadie. Nada pintaba allí un gitano vendiendo flores, quizás fuera de paso, o lo atisbara todo desde alguna de las ventanas cercanas. Pero ahora podía establecer una secuencia de los hechos. Willy debió sacarles distancia cuando salió zumbando con el Saxo, ellos le siguieron en el Audi de Laura. Le dio tiempo a pasarse por el ciber de Calín para transferirle las fotografías y luego intentó llegar a su casa. Julio sabía donde vivía y le esperó por allí. No encontró las fotos pero le quitó todo lo que tenía, quizás esperando encontrarlas en el móvil o en una tarjeta de memoria escondida en la cartera. Cuando se reunió con Laura esta decidió que era mejor matar a Willy. ¿Pero por qué? No tenía sentido. Le siguieron con el coche y junto al mercado le dispararon. ¿De quién era la pistola con silenciador, de Julio o de Laura? Iban en el coche de ella, el silenciador suele llevarse aparte de la pistola y solo se coloca cuando se va a utilizar. Tenía más lógica que estuviera en el coche de ella que en el bolsillo de Julio, aunque no entendía que motivo tenía para llevar una pistola con silenciador en el auto. Tendría que preguntárselo.
    — ¿Vais a pillarlos? —preguntó Calín, sacándome de mis pensamientos.
    —Los pillaremos gracias a tu ayuda. Puedes estar tranquilo, acabas de pagar la deuda que tenías con Willy.
    Esbozó una sonrisa triste
    —Hubiese preferido seguir debiéndole y que estuviese vivo.
    —Lo sé —dije abrazándole el hombro—, pero al menos nos has ayudado a descubrir a los culpables. Seguro que Willy te lo agradece, allá donde esté.
    Se quedó algo más conforme. Yo no tanto, dudaba de que Willy estuviera en parte alguna. Se había ido. Me despedí de Calín y llamé al inspector Rojas preguntándole por mi Saxo. Me dijo que lo tenían en el depósito municipal, que le llamara cuando estuviera allí.
    — ¿Encontraron alguna bala en la pared? —le pregunté a continuación.
    —Una. Se hicieron tres disparos, dos acertaron en el cuerpo de la víctima y otra se incrustó en la pared.
    Le di las gracias y me despedí. Aquello confirmaba mis suposiciones, le habían disparado desde el coche y a menos que Julio fuera zurdo, cosa que dudaba, la autora de los disparos había sido Laura. Sabiendo como las gastaba saqué mi Beretta del doble fondo del coche y me coloqué la funda sobaquera. Quería averiguar por qué había disparado a Willy.
    No la encontré en el chalet. Llamé a Melani, por si había llamado a la oficina, pero nones. Cuando llegué a su casa estaba la policía, Muñoz-seca controlaba el registro.
    — ¿Cómo va todo?
    —Una operación redonda. Hemos pillado sesenta y cinco millones y van apareciendo más.
    — ¿Está aquí su mujer?
    —No había nadie cuando llegamos, abrimos con las llaves de Blas Ortega. ¿También te la quieres beneficiar?
    — ¡Qué va! Fue ella la que disparó a Willy, Julio solo la acompañaba. Utilizó una pistola con silenciador, posiblemente una PPK.
    — ¿Y por qué iba a encubrirla Alcocer?
    —Encoñamiento, supongo.
    — ¿Ese? —sonrió con suficiencia—. Para nada, es de los del colmillo retorcido.
    —Pues ya me dirás. Tendrás que apretarle las clavijas y que lo confiese todo, a ver si nos enteramos de que va la cosa. Willy no representaba ningún peligro.
    — ¿Estás seguro de que fue ella?
    —El noventa y cinco por ciento de las papeletas.
    —Emitiré una orden de búsqueda. La hemos llamado esta mañana al móvil que le entregó Alcocer pero no ha contestado. El teléfono sigue aquí, en la casa, está controlado por GPS, pero ella no.
    —De pronto desaparece, que curioso. ¿Tenéis a Blas en vuestras oficinas?
    —Sí, lo llevaremos al juzgado a primera hora de la tarde y de ahí a prisión.
    —Me gustaría hablar con él, serán solo unos minutos.
    —Pásate por la UDEF, yo aún tengo para rato. Este bobo tenía todos los datos escritos en papel.
    —Ya me fijé que no usaba ordenador.
    —Les aviso que vas para allá y emito la orden para Laura —teléfono en mano.
    Camino de la UDEF. Quizás el marido supiera algo.
    No estaba de humor Blas Ortega, pero nos sentaron en una habitación frente a frente, algo tenía que decir.
    — ¿Que haces aquí? ¿Ahora eres policía?
    —No, pero tengo amigos. Me enteré de tu detención y vine a verte. Aunque no traigo buenas noticias. ¿Sabes dónde está tu mujer?
    Me clavó sus ojillos marrones.
    — ¿No se supone que eso deberías saberlo tú? ¡Menudo detective estás hecho! ¿No la han detenido?
    — ¿Y por qué iban a detenerla?
    —Fue ella la que me presentó al chino. Algo de culpa tendrá, digo yo. ¡En mala hora la conocí!
    Joder con la bella Laura.
    —La detendrán si formó parte de vuestro negocio, yo en eso ni entro ni salgo. Vine a verte porque me confirmaron lo de las manchas de semen. Sé que no vas a poder pagarme, pero me gusta terminar los trabajos para los que me contratan.
    —O sea que llevaba yo razón.
    —Sí.
    — ¡Hija de la gran puta! —exclamó dando un puñetazo en la mesa.
    Los guardas se asomaron, pero les hice un gesto con la mano para que salieran.
    —No creo que se escape de rositas. ¿Sabes si tenía una pistola con silenciador?
    — ¿Y a qué viene esa pregunta —preguntó desconfiado.
    —A que cuando mi empleado descubrió a tu mujer y a su amante a ella no se le ocurrió otra cosa que pegarle dos tiros.
    —Te estás quedando conmigo.
    —No.
    —Anoche no me comentaste nada.
    —No sabía aún quién lo había matado, pero esta mañana un testigo la identificó. ¿Tiene ella esa pistola?
    —Sí, una PPK. A una amiga suya la metieron en chirona por matar a un tipo que intentó violarla. Dice que si su amiga hubiese tenido silenciador nadie se habría enterado de nada.
    — ¿Y a ti te parecía normal?
    —Tiene sus manías, la zorra. Pero no veas como folla.
    —Ya, pues en la cárcel tendrá que practicar las tijeritas. ¿Sabes dónde puede estar?
    —Ni idea. En el chalet, en casa de mi hermana... O se habrá escondido si sabe que la buscáis. A mi ya me da igual, me ha puesto los cuernos, que la jodan ¿Tienes tabaco?
    —No, pero puedo hacer que te pasen un paquete cuando salga.
    —Vale, Oye, no sé como va a terminar esto, pero te pagaré en cuanto pueda.
    —Ahora tienes otras preocupaciones. Pero si se te ocurre donde puede haber ido lo tendrán en cuenta a la hora de las acusaciones. El marrón gordo se lo comerá el chino.
    — ¿Estos? ¡Pero si son unos chorizos! Me traje setenta kilos de Sevilla y ahora dicen que solo había sesenta y cinco.
    Mis alertas se activaron
    — ¿Estás seguro de que trajiste setenta?
    —Hostia, los conté en Sevilla y otra vez al llegar a casa. Setenta kilazos.
    — ¿Y la policía dice que sesenta y cinco? Cinco millones de euros es un pastón.
    —Pues eso dicen. Alguno los ha trincado.
    — ¿Contaste el dinero esta mañana antes de salir?
    —No, lo había contado por la noche, para qué iba a contarlo otra vez.
    —Pues es raro que hayan desaparecido a la vez los cinco millones y Laura. ¿A ti no te perece raro?
    — ¡No me jodas! — con la intuición de haber sido engañado por partida doble.
    —Es que conozco al Inspector Jefe que ha llevado la operación y me extraña que nadie de su equipo haya tocado el dinero.
    — ¿Pero tú tienes algo que ver en esto?
    —Que no, joder. Le llamé cuando supe que te había detenido la UDEF. Ha salido en televisión. Yo andaba detrás de tu mujer, sospechaba que estuviese involucrada en la muerte de mi empleado. Que casualidad que cuando la voy a pillar desaparecen ella y los cinco millones.
    — ¡Será zorra!
    Le dejé con sus lamentaciones. Ahora sí tenía respuestas a mis preguntas. Sabía que la vigilaba y temía que su marido se enterase de su asunto con Julio antes de poder meterle mano al dinero. La muerte de Willy había sido una distracción para alejar mi atención hacia otra parte, para ganar unas horas mientras llegaba la pasta.

    No la encontramos. Julio Alcocer había callado respecto a la muerte de Willy porque ella le había prometido la mitad del dinero. Cuando le presionó Muñoz-Seca y supo que había testigos hizo un trato y lo confesó todo. Ella pasó a ser una de las tantas fichas de la Interpol, se la tragó la tierra. Dos días después de la redada me presenté en casa de Daniela.
    — ¿Te la has follado? —preguntó
    —No. La he acusado de asesinato.
    Se acercó hasta mí y me besó.
    —Cada día me gustas más —dijo mientras se desabrochaba los vaqueros.

    Había pasado una semana y nada se sabía de Laura. Cinco millones de euros eran muchos, los suficientes para desaparecer sin dejar rastro. La memoria de Willy me pedía justicia y yo no se la podía dar. Estaba en la agencia, melancólico por mi impotencia. Podía entender que la vida de Laura había sido dura, podía entender que se sintiese mercancía junto a Blas Ortega y podía entender que quisiera desaparecer con los cinco millones. ¡Ole sus ovarios! Pero no comprendía la indiferencia con que había segado la vida de Willy, sin pararse a pensar si suponía algún tipo de amenaza para sus planes. Trataba de justificarla a ella y a su acto trayendo excusas de sus vivencias, intentando ponerme en su piel. Hurgué en su pasado y en su miseria, que tuvo mucha, y entendí que quisiera alejarse de ese mundo en el que estaba inmersa. Pero no a cualquier precio, ni a costa de la vida de una persona. No podemos ser ajenos a nuestros actos. Y en las mismas circunstancias que Laura otras mujeres habían adoptado decisiones valientes plantándole cara a la vida, como hizo el mismo Willy. Concluí que no podía permitir que asesinaran a un empleado mio y que su muerte quedara impune, no era de recibo.
    Contraté a un traductor de chino y lo llevé conmigo a la penitenciaría de Soto de Real. Me entrevisté con el chino y le expliqué el papel delator de Laura en la operación que había terminado con sus huesos en prisión. No me dijo que pensaba hacer, con la misma frialdad que me recibió me despidió. No hubo sonrisas ni apretones de mano.
    Dos meses más tarde, acercándose la navidad, encontraron el cuerpo de Laura flotando junto a la playa de una isla del Pacífico. Chinos hay muchos, y en todas partes. Me lo notificó Muñoz-Seca en persona. Nos miramos y comprendimos. Era una pena, a él también le caía bien Laura.
    —Sé que estuviste en Soto del Real con el chino. No voy a remover la mierda, pero ya solo te debo una —me dijo antes de irse.
    Como una semana después recibí un sobre con cien mil euros. Dinero manchado de sangre, de la de Laura y de la de Willy. No me pertenecía, se lo entregué a la Fundación del padre Carralta. Hay veces en que se tome la decisión que se tome ninguna de las opciones nos va a satisfacer. Así me pasó respecto a Laura y no estoy orgulloso de mi proceder, pero en idénticas circunstancias volvería a hacer lo mismo. Ahora tengo otro chófer, igualmente reclutado entre los pupilos del padre Carralta. Paco se llama.
    Daniela ha convencido a Melani de que se venga a celebrar el fin de año con nosotros. También dice que quiere presentarme a sus padres, pero eso ya no me convence tanto, huele a trampa. Aunque me temo que terminaré cediendo porque Daniela es mucha Daniela.

viernes, 1 de febrero de 2013

La mujer de rojo (3 de 4)



Tenía café en la cafetera, solo tuve que calentarlo. Añadí a la bandeja dos vasos para el whisky y las tarrinas de tiramisú. Laura escenificaba pose en el sofá, las piernas cruzadas sin terminar de enseñar pero mostrando más de lo que ocultaban y los labios rojos entreabiertos. Coloqué la bandeja en la mesita y serví dos medidas cortas de whisky, quedaba mucha tarde por delante y ya habían caído dos copas de vino. Mensaje en el móvil. Me senté frente a Laura y lo leí mientras ella goloseaba con el tiramisú como si fuera otra cosa lo que se traía entre labios. “La chica estuvo por aquí, a él todavía no lo han reconocido. Seguimos buscando”. Era de Calín, y vaya si se había dado prisa en movilizar a sus “conocidos”.
    —No era este el postre que yo imaginaba —susurró Laura—. Quiero eso que tenías para mí —dijo con la mirada fija en mi entrepierna.
    Saqué de mi bolsillo las bragas rojas y las deposité sobre la mesita.
    —Te las dejaste en el chalet —dije.
    Su pose de gata en celo se fue al garete en un instante, su mirada se tornó recelosa. La atajé antes de que me endilgara otra milonga.
    —Te voy a decir como pasó. Julio y tú erais amantes, de paso que hacíais vuestros deberes le dabais gusto al cuerpo. Regresabas al chalet por las bragas cuando sorprendiste a Willy haciendo las fotos. Debe ser normal en ti ir sin ellas, sino no las habrías olvidado. Pero eso es lo de menos, el caso es que alertaste a Julio sobre Willy y salisteis juntos en su persecución, por eso se quedaron las bragas en la habitación. La autopsia de Willy revela que le dieron una bofetada y un puñetazo, no gran cosa, pero algo debió decir que hizo que Julio perdiera los nervios y le metiera dos balazos. Y tú estabas delante. Quizás hasta sepas dónde tiró el arma y los casquillos.
    Se podría decir que la pillé en bragas, pero estaba acostumbrada a lidiar en esa indumentaria y tenía muchas tablas.
    —Pensaba decírtelo cuando todo pasara y hubieran detenido a Blas. Es cierto que fui con Julio pero no vi como pasó, me quedé en el coche. Él se fue tras Willy.
    — ¿No saliste del coche para nada?
    —Curioseé los escaparates. Había una tienda que vendía semillas de marihuana y más adelante una inmobiliaria. Julio regresó y me contó lo que te dije anoche.
    — ¿Escuchaste los disparos?
    —No.
    —Que extraño, los disparos hacen un ruido considerable. La única manera de amortiguar el ruido es usando un silenciador. Eso desmontaría la historia de Julio, eso de que disparó pensando que Willy iba a sacar un arma. El uso de silenciador indica premeditación, fue a por Willy con la intención de matarlo. Pero me cuesta creer que fuera solo por las fotos, al no encontrarlas lo lógico es que hubiese tratado de averiguar dónde estaban.
    —Solo sé lo que él me dijo. Tenía miedo a que me interrogara la policía y Blas se enterase, por eso te mentí sobre mi presencia.
    — ¿Le viste tirar los casquillos?
    —No —encendió un cigarrillo.
    No iba a ser tan tonto como para tener testigos cuando los tirase, de Perogrullo. Apuré el tiramisú y endulcé el café. ¿Tendría Julio un pasado oscuro y temió que Willy lo sacara a la luz? ¿Un pasado corrupto? No encontraba otra explicación. Las fotografías solo lo mostraban saliendo del chalet contiguo al de Laura, solo servían para aventurar conjeturas, nada definitivo. Y aunque hubiesen mostrado a los amantes en alguna actitud comprometida debió intentar recuperarlas, ninguno de los dos posibles justificaba la ejecución de Willy.
    Laura recomponía sus gestos, seductora en sus posturas, felina en sus movimientos.
    — ¿Y el whisky? —había vaciado su vaso de un trago.
    Señalé con el dedo a mis espaldas. Todo un espectáculo verla desplazarse, la costura de las medias acentuando con su línea erótica la sensualidad de unas piernas subyugantes. Regresó con la botella de Jim Beam en una mano y el vestido en la otra, la ropa interior realzando cada uno de sus encantos. Pero sus ademanes carecían de naturalidad, como si repitiera una secuencia que irremediablemente tuviera que conducirnos hacia donde ella quería. Dejé que me besara y aferré sus nalgas, miel en mis manos. Luego la miré a los ojos.
    —Ponte ese vestido que trajiste en el bolso. Tenemos que irnos.
    Hizo un mohín de disgusto.
    —Es la segunda vez que me niegas —pero obedeció y fue a ponerse el vestido.
    Me contemplé en el espejo del hall diciéndome que no me reconocía en el rechazo, que no era el mismo. Laura se puso la gabardina y le entregué el teléfono para que se comunicara con Julio. Se retocó los labios antes de salir, mi boca aún guardaba el sabor de su beso y de su carmín.
    —Tú te lo pierdes, detective —me dijo antes de irse.
    Regresé al salón y llamé al inspector Rojas. Solícito nuevamente.
    — ¿Se sabe que munición utilizaron?
    —Nueve milímetros corto. ¿Por qué quiere saberlo?
    —No se escucharon los disparos, se me ocurrió que quizás usaran silenciador.
    —Dígaselo a su amigo Muñoz-Seca, se ha hecho cargo del caso.
    —Gracias de todas formas —colgué
    Podría tratarse de una Walter PPK con silenciador, o de una Bersa Thunder 380 argentina. Convendría averiguar si Julio Alcocer poseía alguna, pero no podría preguntar a Muñoz-Seca hasta que concluyese la operación. Solo quedaba un día, podía esperar. Tampoco tenia manera de saber si Laura decía la verdad, ya me había mentido una vez. Ignoraba su pasado pero lo suponía duro, seguramente tendría miedo de actuar de testigo en la acusación de un policía. De sentido común era, con sus antecedentes como prostituta la defensa de Julio pondría en tela de juicio su declaración. Habría que indagar en el pasado de Julio en busca de conductas corruptas, siguiendo el rastro que siempre dejan. Muñoz-Seca sería el primer interesado en establecer la inocencia o culpabilidad de su subordinado.
    Ya había pasado un tiempo prudencial, podía largarme. Entonces las vi, sobre el sofá, se había dejado las bragas. Volví a guardarlas en mi bolsillo.
    Llamé a Daniela y luego me pasé por la agencia para recoger el material necesario para instalar los micrófonos en el chalet de Fuente del Berro, una grabación afortunada podría condenar a Julio. Cuando intenté guardar las bragas junto al vaso y la colilla caí en la cuenta de que estaban en la caja del banco, volvieron a mi bolsillo. Pasé las siguientes tres horas sembrando micrófonos, tanto en la casa como en el patio trasero por donde se comunicaban, poniendo especial empeño en que no se notaran. Cuando salí a la calle comenzaba a llover de nuevo, el tráfico era intenso y no quería llegar tarde a mi cita con Blas Ortega. Estaba claro que después de aquel cobro no iba a volver a ver su dinero, pocas ganancias iba a sacarle al caso de la bella Laura. En el trayecto me llamó Melani diciendo que se marchaba a casa y que había llamado la madre de Willy para decir que el entierro sería al día siguiente. Pobre mujer, absorbido por los acontecimientos se me había olvidado llamarla para darle el pésame. Tampoco me había llamado ella para preguntar por las circunstancias de la muerte de su hijo, debía pensar que como había ocurrido en su barrio tenía que ver con el pasado de Willy, que estaba enganchado de nuevo. No podía mitigar su dolor de madre ante la pérdida de su hijo, pero al menos hablaría con ella para que se pudiera despedir estando orgullosa de él.
    Blas Ortega no era un tipo pretencioso, residía por Arturo Soria y su chalet no era de los mas lujosos de la zona. Estaba amueblado con funcionalidad, sin detalles superfluos. Su despacho tenía un aire de rancia oficina, con ficheros grises y paredes desnudas de cualquier adorno excepto por un reloj redondo con publicidad de su empresa. Hasta la vieja mesa de madera que soportaba el teléfono y el fax (no tenía ordenador), parecía rescatada de algún resto de segunda mano. Me hizo sentar y cerró la puerta, cerciorándose de que su mujer no estuviera en las inmediaciones. No tenía pinta de mala gente ni de estafador. Estatura mediana, escasez de pelo, barriga cervecera, tan solo los ojillos vivarachos delataban su astucia.
    — ¿Y bien? —preguntó interesado.
    —De momento pruebas no hay, no la hemos visto en compañía de nadie —una mentira que pensaba rectificar en su momento—. Pero sus visitas al chale de Fuente del Berro me tienen escamado. Si existe algún amante es muy discreta, entra de alguna manera que nosotros no descubrimos. Como es el único lugar en el que permanece el tiempo suficiente para mantener una relación creo que lo mejor será hacer una prueba a las sábanas, si el amante existe habrá restos de semen en ellas y el laboratorio nos lo dirá. En caso de que sea negativa demostrará la inocencia de su esposa, al menos desde que establecimos la vigilancia.
    Blas Ortega se quedó pensando mientras tamborileaba los dedos sobre la superficie de madera, la vista perdida en algún lugar de la pared. Tras sacar sus conclusiones extrajo un abultado sobre del cajón de su mesa y me lo entregó.
    —Está bien, casi apostaría a que me ha puesto los cuernos, pero no voy a dudar de su profesionalidad. Esa prueba nos sacará de dudas.
    Me acompañó hasta la salida, pero había un A-3 obstaculizando el paso de mi vehículo.
    —Es el coche de Laura —se excusó Blas Ortega—. Me dijo que salía por tabaco, ahora le digo que venga a quitarlo —estrecho mi mano y se despidió, dejando abierta la puerta de la calle—. ¡Lauraaa!
    Apareció vestida de blanco, con un vestido idéntico al de Marilyn en la película en que se le vuela el vestido sobre la rejilla de aire caliente.
    —A Blas le gusto así —dijo como si tuviera que justificarse.
    Miró hacia atrás asegurándose de que su marido no nos vigilaba y metió una tarjeta en el bolsillo de mi chaqueta.
    —Es la dirección de la entrega.
    —No es eso en lo que quedamos —protesté.
    —Se hará mañana por la mañana, lo han adelantado, no hay tiempo para quedar con Julio. Pásaselo a la policía.
    Montó en el Audi y arrancó, luego abrió la ventanilla.
    —¿Es que ha ocurrido algo? —pregunté
    Echó el coche hacia atrás.
    —Blas está que bufa por tener el dinero aquí, no le gusta, ya te lo dije. Llamó al chino y adelantó la entrega.
    El camino estaba libre, nada justificaba mi presencia allí. Laura salió del Audi y estrechó mi mano.
    —Vete, nos está mirando.
    No volví la cabeza para comprobarlo. Monté en el coche y arranqué. Me detuve dos calles más arriba, cabreado. Todo el trabajo con los micrófonos al carajo. Llamé a Muñoz-Seca, y tuve que interrumpir algo porque me contestó con un gruñido.
    —Peña al aparato. Tengo que verte, ahora. Muy urgente.
    Sabía que no le llamaría sin un buen motivo, pero quiso asegurarse.
    — ¿No puede esperar?
    —Yo, sí. Tú, no.
    —Me paso por tu oficina —dijo.
    —Mejor no, tuve anoche visita y no sé si dejaron algún regalo curiosón.
    —Entiendo. ¿Tomamos café entonces?
    —Sí, en el mismo sitio. Date prisa.
    La cafetería junto a la casa de Daniela me venía de perlas, a ella quería verla después.
    Cuando llegué ya estaba allí Muñoz-Seca, los polis pueden usar lucecitas y sirenas que los detectives no.
    — ¿De qué se trata? —espetó mientras me acercaba.
    —Han adelantado la entrega, se hará mañana por la mañana —le tendí la tarjeta—. En esa dirección.
    — ¿Y tú  cómo te has enterado?
    —Fui a casa de Blas a por un anticipo y la bella Laura me pasó el dato, no tenía tiempo de avisar a Julio. Ya te dije que la conocí anoche. Y eso que me pasé toda la tarde instalando micrófonos.
    Muñoz-Seca bufó.
    — ¡La leche! Y tenemos que montar todo el operativo. Salgo pitando —y con el móvil ya en la mano, mientras se alejaba— ¡Te debo una, Peña!
    — ¡Dos, con esta me debes dos! —que llevara bien las cuentas.
    Aunque la auténtica sorpresa del día me esperaba en casa de Daniela. Cierto que llegué un tanto desbocado, no era para menos después de las exhibiciones de Laura, pero ella también puso su granito de arena recibiéndome con aquel negligé transparente. En lo mejor del beso se separó de mí y me miro a los ojos igualito que yo había mirado a la bella Laura.
    —No soy segundo plato de nadie, ni estoy para saciar los calentones que otras provocan. Fóllatela de una vez y luego hablamos —y me señaló la puerta.
    No era mi día, me fui con el rabo entre las piernas. ¿Os he dicho alguna vez que Daniela  es tremenda?


lunes, 7 de enero de 2013

La mujer de rojo (2 de 4)



    Daniela decidió despertarme al día siguiente de la manera más grata posible, gozaba yo de su boca cuando el Inspector Jefe Muñoz-Seca decidió llamarme, fiel a su costumbre de interrumpir nuestras libaciones. Y, como no, me esperaba en la puerta de la calle. Me adecenté lo más rápido que pude y bajé a recibirlo.
    —Aunque nuestros caminos se bifurquen terminan por rencontrarse —dije a modo de saludo mientras estrechaba su mano.
    —No por mi gusto, Peña. Lamento la muerte de tu chófer pero tenemos que hablar.
    No me pareció adecuado discutir nuestros asuntos en el domicilio de Daniela.
    —Tomemos un café entonces. Ahí en la esquina lo preparan bueno y podremos sentarnos —caminamos—. Así que Inspector Jefe, nada menos.
    —No me quejo —seguía pareciéndose a Rock Hudson pero con alguna cana más sobre el cuero cabelludo.
    Pedimos dos cafés solos y fuimos a sentarnos a una mesa del fondo, fuera de oídos indiscretos.
    —Tenemos un problema —dije mientras removía el azucarillo—. Uno de tus hombres es de gatillo fácil y se le fue la mano, mató a un inocente.
    Su gesto imperturbable reflejó por breves instantes la sorpresa ante mi acusación.
    —Ignoro quien ha acabado con la vida de Luciano Fernandez, pero puedo asegurarte que no fue Julio Alcocer. Algún sopapo que otro le atizó buscando las fotos, pero cuando le dejó asegura que estaba vivo.
    —Conflicto de intereses —objeté—. Lo mejor será que Asuntos Internos se ocupe del caso. Eres su jefe y como tal tengo que dudar de tu objetividad.
    —No me jodas, Peña.
    —Willy estaba limpio, te lo dirá la autopsia. Llevaba una vida normalizada y no tenía cuentas pendientes, me lo hubiera dicho. Fotografió a tu hombre saliendo del chalet y creo que ambos se reconocieron, de cuando tu inspector militaba en otra Brigada. Willy salió pitando y tu hombre tras él. Sabía que yo no estaba en la agencia y decidió refugiarse en su barrio, posiblemente pensando que allí le sería más fácil despistar al policía. Tuvo tiempo de pasar las fotos que me envió antes de que Julio le metiera dos balazos. Esa es mi versión y todas las circunstancias la apoyan. No se trata solo del caso que estáis montando en torno a Blas Ortega, ese dato no bastaría para explicar la conducta de tu inspector, pero resulta que se está tirando a la mujer de mi cliente y eso lo convierte en personal. Anoche tuve el placer de hablar con ella y se le da muy bien ronronear a la espera de un caballero que la rescate.
    No le dije que ella corroboraba mis suposiciones porque no estaba seguro de que a la hora de la verdad mantuviera la versión. Muñoz-Seca no se quedó de piedra porque tenía oficio, pero le acababa de marcar un tanto.
    — ¿Tienes pruebas o solo son suposiciones? —por si acaso era un farol.
    —Las sábanas de la dama están impregnadas del ADN de tu inspector. Tengo llave y permiso del propietario, antes de que lo preguntes —me estaba despachando a gusto.
    —Siguen siendo suposiciones, eso no demuestra que Julio lo matara —dijo Muñoz-Seca, aunque ya sin su convicción anterior.
    —Willy debió sorprender a los tortolitos haciéndose arrumacos, la dama solicitó la intervención de su caballero y este decidió que muerto el perro se acabó la rabia. Total, un ex-convicto más o menos a nadie iba a importarle. Solo que se equivocó. A mí sí me importa, y mucho.
    Le vi dudar.
    —Disculpa un momento —salió a la calle y habló durante unos minutos por el móvil, después regresó—. He retirado al inspector Alcocer del caso hasta que todo se aclare, pero no puedo pedir una orden para el chalet hasta cerrar el caso de Ortega. Una vez me pediste veinticuatro horas y te las concedí. Yo necesito cuatro días, seis como mucho.
    —Supuse que me saldrías por peteneras, como si fuera más importante tu caso de blanqueo que la vida de Willy. Por eso me tomé la libertad de coger la sábana como prueba de la infidelidad de la esposa de mi cliente, entra dentro de mis competencias. Más adelante me la requisarás como prueba en un caso de homicidio.
    —Ya veo que piensas en todo —dijo tras apurar el café.
    —La sábana solo es una prueba circunstancial. Necesitamos los casquillos y el arma, o algún testigo presencial. No creo que investigar eso afecte a tu caso, Ortega ni siquiera conoce a Willy y nada le he dicho de su muerte. Creo que fue a Sevilla.
    —Sí, allí está. Contra él tenemos pruebas suficientes, pero ha convencido a otros empresarios del sector para que blanqueen dinero a través del chino y algunos han accedido. Ortega fue a Sevilla a por el importe de esa remesa, la más importante hasta ahora. Cuando el chino acuda a recogerla los detendremos a todos.
    Muñoz-Seca sincerándose acerca de la operación, no lo podía creer.
    —O sea, que falta un último encuentro entre el inspector Julio Alcocer y la bella Laura —aventuré.
    —Enviaremos a otro inspector —dijo Muñoz-Seca.
    —No, que vaya Julio, que se confíen. Dudo que encontréis el arma o los casquillos, se habrá deshecho de ellos, y la presencia de un testigo es una cuestión de azar. Pongamos micrófonos en el chalet, mismo procedimiento que con la sábana. Yo los colocó y luego requisáis las grabaciones como prueba de homicidio, si es que grabamos algo sustancial —consulté mi reloj, eran las nueve y media—. Y ahora tengo que acudir a la comisaría de Vallecas para firmar una declaración, el inspector Rojas me está esperando.
    — ¿Quieres que le llame? —se ofreció Muñoz-Seca.
    —Para nada, es un tipo que me divierte mucho.
    Nos despedimos y yo caminé al encuentro de mi auto. El techo gris prometía lluvia y hacía frío. No es que tuviera ganas de encontrarme con Rojas pero me pillaba de paso, tenía la intención de inspeccionar la escena del crimen. No había arrancado el coche cuando me llamó Melani.
    —Darío, nos han entrado esta noche. Te has quedado sin portátil.
    Vaya, los tentáculos del inspector Alcocer se movían deprisa.
    — ¿Se llevaron algo más? —pregunté
    Me respondió un sollozo.
    — ¡Está todo revuelto! —añadió compungida.
    —No te preocupes, ordénalo poco a poco, sin prisas. No había nada importante que pudieran robar. Buscaban las fotos que nos trajo ayer el amigo de Willy y las tengo en mi poder.
    — ¡Y se han bebido el whisky! —hipaba
    —No, es que anoche la señora Ortega y yo le dimos un tiento.
    —Que no, que han abierto la botella nueva y solo han dejado un culín.
    —Si es que ya no quedan ladrones como los de antes, corazón. Anda, tómate ese culín que queda y ya verás como se te pasa el hipo. Y no te apures, tampoco es para tanto.
    —También se han meado en la alfombra.
    —Chao guapa, que no puedo hablar ahora —colgué antes de que me dijera que nos habían robado los muebles. Luego llamé al inspector Rojas diciéndole que me retrasaría y me pasé por el banco para depositar las pruebas en mi caja de seguridad. Solo me quedé las bragas y el teléfono.
    El inspector Rojas me recibió solícito y servicial, Muñoz-Seca no se había resistido a la tentación de ejercer su autoridad y lo había llamado. Incluso me brindó acceso al expediente de la autopsia. Tal como yo esperaba, Willy estaba limpio. Tenía señales de una bofetada en la cara y de un golpe en el estómago, seguramente un puñetazo. En la escena no se habían encontrado ni los casquillos ni el arma. Órdenes de dejar la investigación hasta nuevo aviso. Era de esperar, Muñoz-Seca querría lavar los trapos sucios en casa.
    Llovía cuando abandoné la comisaría. Siempre me ha gustado caminar bajo la lluvia, pero con paraguas. Cogí el que llevaba en el coche y paseé. Había dos aspectos del caso que no terminaban de encajarme, ¿Por qué había reconocido el inspector Julio Alcocer haber estado en la escena del crimen? Solo se me ocurría que algún testigo pudiera ubicarlo en el lugar. También me intrigaba el asunto de las braguitas. Si Laura había regresado a por ellas, ¿por qué después de marcharse Julio tras Willy no las había recuperado? Pudiera ser  que en realidad regresase a por lencería recién comprada  y lo de las bragas fuera un hecho circunstancial que había coincidido con mis suposiciones, pero... No, que va, nada de pajas mentales. Había regresado a por su prenda íntima y finalmente no la recogió. Acaso entrara en pánico cuando Julio fue a por Willy y salió pitando de allí. Era una explicación más plausible aunque tomada con pinzas. No, eran dos piezas que no encajaban en el puzzle y punto, y eso quería decir que el diseño de las piezas era defectuoso, alguien mentía. Pensé en interrogar a Julio Alcocer, pero en su terreno poco iba a conseguir y fuera de él no lo permitiría. La policía no iba a colaborar y la única posibilidad real pasaba porque algún testigo lo identificara. A él o a la bella Laura. Muy bien pudo acompañarlo en su persecución, explicaría que hubiese dejado las bragas en la habitación del chalet. Ella como testigo presencial del homicidio, que callaba por miedo a Ortega o para proteger a su amante. Con ella como testigo Julio no se salvaría, pero alegando la historia que me había endilgado la noche anterior no se sostendría como acusación porque era su palabra contra la de él. O sea que podían ser hasta cómplices. Pero a ella nadie me impedía apretarle las tuercas. Y si bien no disponía de efectivos para peinar la zona en busca de un testigo si que conocía a quien podía ayudarme, el amigo de Willy. Conozco gente, me había dicho. Pues era hora de que echaran una mano.
    Tenía el pie derecho mojado cuando regresé al vehículo. No sabía si por haber pisado un charco o porque el zapato estuviera roto. Arreciaba la lluvia y en las depresiones del asfalto se acumulaba el agua. Las once y media y un montón de cosas por hacer. Al sentarme al volante la pernera del pantalón se me pegó a la pierna, también estaba húmeda. Constipado a la vista, porque no podía ir a cambiarme aún. Llamé a Calín, así se llamaba el amigo de Willy, y quedé con él, el ciber estaba cerca. Antes de guardar las pruebas en la caja del banco había imprimido las fotografías del inspector Julio Alcocer en una copistería, y de las que tenía de Laura elegí una en la que aparecía con el vestido rojo. Vestido rojo, zapatos rojos, labios rojos, una rubia así queda en la retina de cualquiera. Le expliqué a Calín lo que pretendía y le entregué las fotografías junto con cincuenta euros para que sacara copias. También le pasé el número de mi móvil, que no importaba a la hora que me llamase. Después enfilé hacia la oficina, necesitaba cambiarme.
    Melani había puesto orden en los destrozos de la agencia y apenas se notaba nada. Me jodía lo del portátil pero se lo pensaba cargar a Ortega, al que por cierto me interesaba cobrar la mayor cantidad posible antes de que le trincaran. Tendría que exhibir algún cebo para que soltara la pasta. Le llamé, estaba en la estación del AVE de Sevilla, de regreso a casa. Debía estar pletórico y con las maletas repletas porque accedió a desprenderse de un suculento anticipo que cubriera los gastos y las pruebas de ADN de la sábana que le propuse, pruebas que en todo caso iba a realizar la policía y cuyo coste no saldría de mi bolsillo. Quedé en pasarme a última hora de la tarde. Antes tenía que ver a su mujer, aunque eso no se lo dije. Sonó el teléfono.
    —La señora de Ortega al teléfono —dijo Melani.
    Hablando de la reina de Roma...
    —Diga.
    —Hola detective. Tenemos que vernos.
    — ¿Y eso?
    —Necesito ponerme en contacto con la policía, la entrega será mañana.
    — ¿Desde dónde llamas?
    —Desde un bar.
    — ¿Te apetece que comamos juntos?
    — ¿Y si alguien nos reconoce?
    — ¿Qué tal en mi casa?
    —Dame la dirección.
    Se la di y nos despedimos. Tendría que pasarme por el mercado.

    Esta vez se presentó de negro, un vestido corto de vuelo que más bien parecía un camisoncito, dejaba al descubierto uno de los hombros y tenía un escote en forma de uve que exhibía no solo el nacimiento de los senos, sino también su pubertad. Un diminuto sujetador de encaje negro con lacitos rojos los mantenía enhiestos. Medias de rejilla y liguero que asomaba por debajo del vestido,  con tacones de aguja.
    — ¿Así vas por la calle? —pregunté mientras colgaba su gabardina en el perchero y cerraba la puerta.
    —Tengo un vestido en el bolso para ponerme cuando me vaya, pero quería que apreciaras lo que te estás perdiendo.
    —Ya te dije que cuando todo esto termine, ahora tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos. ¿Te gusta el cordero? He traído unas chuletas de lechal y unas setas de cardo, que se hacen en un momento.
    —Otra cosa me apetece comerme —se acercó, lasciva.
    Retiré su mano de mi entrepierna.
    — ¿A qué vienen tantas prisas? Me refiero a la entrega del dinero.
    —Esta vez es mucho y no es de Blas, sino de sus amigos. Quiere desprenderse de él cuanto antes,  en esta operación solo se lleva una comisión. Ha quedado mañana por la tarde con el chino.
    — ¿Y cómo lo sabes? He hablado hace un rato con tu marido y estaba en la estación de Sevilla esperando el tren.
    —Yo también hablé con él, Blas me lo cuenta todo.
    — ¿Irá a tu casa el chino por el dinero?
    —No, llamará a última hora de la tarde para concertar el encuentro, como siempre.
    Preparé una plancha y una sartén en el fuego y piqué unos ajos. En la plancha eché un poco de sal gorda y un chorro de aceite de oliva virgen, cuando calentó coloqué las chuletas. Otro chorro de oliva fue a parar a la sartén.
    —Te he traído el teléfono para que te pongas en contacto con Julio.
    — ¿No lo van a detener?
    —Sin arma ni casquillos va a ser difícil de probar. Me jode mucho pero estuve hablando con su jefe y el asunto de los maletines es una operación muy importante para la policía. Cuando concluya veremos que se puede hacer. Pero antes de que tu marido y el chino estén entre rejas no van a mover un dedo. Me toca esperar, aunque por lo que me cuentas no será mucho.
    En la sartén eché unos ajos para que se dorasen.
    —Me da miedo encontrarme a solas con Julio —objetó Laura.
    —No eres ningún peligro para él. Aunque testificaras sería tu palabra contra la suya acerca de una conversación telefónica. No es lo mismo que si lo hubieses presenciado —añadí las setas y tomándola del talle la miré a los ojos. Oscuros, fogosos, pero desamparados— ¿Lo presenciaste?
    —No, ya te conté como pasó —mentía.
    Di la vuelta a las chuletas y removí las setas.
    — ¿Tienes vino? —preguntó
    Señalé un mueble.
    —En la puerta de abajo. Saca una botella de Hacienda Monasterio, es un Rivera muy rico. En ese cajón de ahí está el sacacorchos.
    En vez de agacharse dobló la cintura, el vestido subió y disfruté de unas vistas preciosas, unas braguitas negras de encaje adornando un culo fabuloso. Me vino una erección y centré la atención en la comida. Salé las setas y añadí medio vaso de jerez, luego tapé la sartén. Me debatía entre la obligación y el placer, solo el recuerdo de Daniela me contenía, aunque ninguno de los dos habíamos prometido fidelidad. Sirvió dos copas de vino y yo preparé la mesa de la cocina, menos tentadora que la del salón. Pero que tonterías estaba pensando, con la travesuras que nos montábamos Daniela y yo en la cocina. La comida ya estaba lista, serví los platos.
    —Tengo algo tuyo —dije.
    —Pues dámelo.
    —Luego. Ahora come, que se enfría.
    —Pero luego quiero postre.
    Obvié la indirecta.
    — ¿Qué piensas hacer cuando detengan a tu marido? Seguramente embargarán todas sus cuentas.
    —Lo sé. Tengo algo ahorrado, aguantaré hasta que salga algo.
    Treinta y pocos le calculé, con aquel cuerpo no le costaría encontrar otro primo.
    —Blas te habrá presentado a mucha gente, no te faltarán pretendientes.
    — ¿Me estás juzgando, detective? No sabes nada de mi vida —me clavó sus ojos negros, esta vez gélidos.
    —Para nada —volví a llenar las copas de vino—. Me limitaba a constatar un hecho, sin emitir juicio alguno. Eres hermosa.
    —Gracias. ¿Y por qué no te paso la dirección de la entrega a ti y tú se la pasas a la policía? Me pondré nerviosa cuando vea a Julio y me lo notará.
    —Ya es un riesgo habernos encontrado aquí, como lo fue que ayer te presentaras en la agencia. No sabemos quién vigila a quién. Es la última entrega, hasta ahora todo fue bien, haz lo que hiciste las otras veces y no tientes a la suerte.
    —Como quieras —me guiñó un ojo.
    No dejó de coquetear mientras terminábamos de comer. Saqué unos tiramisús del congelador.
    —En el sofá —me dijo—. Está más blandito. ¿Tienes whisky?
    —Tras el postre café, sin café no soy persona. Espera en el salón mientras lo preparo todo.
    Se alejó contoneándose, prendidos mis ojos en su figura. Estaba tremenda.